Miedo a las alturas

Por Óscar Garduño Nájera
 Para Argelia Villegas
 Tiemblan tus piernas. Es el momento… abres los brazos en forma de cruz. No quieres ver hacia abajo. Cierras con más fuerza los ojos, como si al sellarlos consiguieras sellar también la vida

Déjate ir hacia atrás. Tus ojos bien cerrados (lagrimitas de mar en esos ojos) y tu corazón agolpado por un ritmo cardíaco inestable, prófugo de días más tranquilos, porque de alguna manera sabes que al arrastrar la pierna verás de cerca los ladrillos, después el borde de la ventana, una sombra más en lo alto del edificio, y luego el vacío; y si te decides y abres uno de tus ojos, sólo uno, verás el espectacular de esa pasta dental frente a ti: los rayos de la tarde se reflejan en la enorme sonrisa de una mujer hermosa y de ahí escapa un brillo semejante a la vida cuando recién comienza, cuando todo es un juego y si te equivocas de persona, si lloras, es casi por diversión, para matar el tedio, y si metes las manos al fuego hay siempre agua, y si las lágrimas… eso: las lágrimas.

Entre dientes repites: “No todo está perdido, no todo está perdido”, y cada una de las palabras obliga a las demás para que de una maldita vez por todas abras la boca, así, completa, círculo lleno de muchos colores que se mezclan entre sí, mientras en la campana tilín-talán de tu garganta se acomodan las vocales de una palabra que parece montar en sexo con los signos de exclamación: “¡Auxilio!”.
Ha pasado poco tiempo desde que tomaste la decisión y eres ahora toda una caja de cartón llena de nervios. Un avión pasa en lo alto mientras clava su sable invisible en esa tarde que se parece a cualquiera. También cierras las manos. Aprietas los dedos contra las palmas y piensas en: ¿cómo fue que llegaste ahí tú que siempre has tenido miedo a las alturas? Volvías de España y el avión, volando sobre el vasto océano, apagó sorpresivamente las luces interiores; luego una azafata, visiblemente nerviosa, dijo que en esos momentos atravesaban por una zona de turbulencias. Fueron diez segundos lo que duró la oscuridad, diez segundos en que la vida corrió a jugar con tu garganta cuando pensaste que de un chingadazo así nadie se salva.
Ahora te preguntas por la distancia que hay desde donde te encuentras al suelo. Calculas más de cincuenta metros y de un chingadazo así nadie se salva, ¿verdad?
Sonríes burlonamente y tu cuerpo parece inclinarse aún más. Sabes que, de existir, un Dios se burla de ti a través de esa sonrisa que acabas de hacer, que acaba de dibujar en tu asustado rostro sobre la cobija bordada y transparente de la tarde. Ya está: por fin serás dueña de tus acciones y verás de frente (cuestión de dejarse llevar por esa mano también invisible que parece empujar tu espalda) a los hombres que se hicieron odiar por ti, a los que no supieron que hacer con tu maravillosa vida cuando confiaste en ellos para depositarla en sus manos, a los que dejaron ciega tu casa, ciega tu vida, sin luz, sin tarde. A él, en especial, no piensas verlo, porque él, él: te considerarías demasiado estúpida si segundos antes de azotar tu cuerpo contra el toldo de cualquier automóvil pensarás en él, él por última ocasión.

Tu figura permanece en lo alto y nadie se percata de ello. Parece coronar una parte del edificio y abajo, sobre la banqueta, transcurre el ir y venir de una ciudad que parece olvidarse de todos; unos cuantos automóviles circulan velozmente y sus colores se mezclan como de los de tu boca, excepto que en ellos el sol causa mayores estragos, los va decolorando. Una tarde demasiado quieta para saltar, ¿estás lista?
Tiempo más tarde recordarías el episodio del avión como una anécdota que concluyó con meses y meses de tratamiento con un psicólogo, aunque ellos, los psicólogos, lo sabes ahora, no comprenden muchas cosas de la vida y únicamente saben tomar apuntes, llenar libretas, recetar de vez en cuando pastillas, cuando las circunstancias lo ameritan, cuando observan buena conducta con jarabes de compromisos frente a una individualidad que asquea. Pero eso fue la ocasión anterior, cuando semanas más tarde a lo del avión te sumergiste en una crisis y los médicos conectaron una sonda para obligarte a tragar los alimentos.
Tiemblan tus piernas. Es el momento. Y otro avión atraviesa en lo alto otra nube… abres los brazos en forma de cruz. No quieres ver hacia abajo. Cierras con más fuerza los ojos, como si al sellarlos consiguieras sellar también la vida.
Y regresas. Te recargas en la pared del edificio y lloras. Repentinamente, una paloma detiene su vuelo en otra de las ventanas del edificio y parece que queda frente a ti, como si su decisión fuera permanecer unos segundos de espectadora. Te mira, abre sus alas y lentamente mueve su cabeza, sobrevives, no encuentras respuestas, pero sobrevives al combatir tu miedo a las alturas.