Asesinos que llegaron del frío

POR José Luis Durán King
Los bosques de Canadá han sido escenario de crímenes atroces cometidos por individuos que han puesto en entredicho la ausencia de violencia en uno de los países con mayor calidad de vida

Finales de 2007. Fueron necesarias diez audiencias de narraciones espeluznantes, en las que desfilaron más de 100 testigos, para que un jurado canadiense encontrara culpable de seis asesinatos a Robert Pickton, un criador de cerdos.

Sin embargo, la ausencia de condena para el criminal se debe a que el proceso continúa. Un juicio adicional está a la espera, éste aún más complicado, ya que involucra los casos de otras 20 víctimas de Pickton, la mayoría de ellas prostitutas y drogadictas, o ambas. Aun así, la justicia que se busca es de baja estatura, pues el individuo no mostró empacho en confesar que mató a 49 mujeres y que, de haber un poco más de demora, habría alcanzado el récord que él mismo se impuso: 50 homicidios. De cualquier forma, Robert Pickton detenta el título del peor asesino serial de Canadá.

El extenso territorio de Canadá alberga varias ciudades consideradas con los mejores niveles de vida en el mundo. Sin embargo, ese contexto taxonómico no ha sido un obstáculo para que una legión de predadores seriales haya elegido el frío del norte para conservar mejor sus impulsos. Ya en 1854, 34 años antes de la aparición en Londres de Jack el Destripador, las autoridades canadienses tuvieron que vérselas con un profesional del homicidio. Thomas Neil Cream desembarcó en Montreal proveniente de Escocia con dos ideas firmemente afianzadas en su cabeza: graduarse de médico en la universidad local y asesinar prostitutas. Cream se especializó en la estricnina y el cloroformo, sustancias con las se daba el lujo de prolongar la agonía de sus objetivos, los cuales diseminó en Canadá, Estados Unidos e Inglaterra, siendo en este último país donde fue colgado en 1892 después de ser culpado de la muerte de cuatro prostitutas en Londres. En realidad se desconoce la cifra exacta de asesinatos de este profesionista. Pero lo que ha quedado registrado para la posteridad es que desde el cadalso Cream profirió una sentencia misteriosa: “Yo soy Jack”. Sobra decir que se refería al más prominente de los viscerófilos de occidente.
Bombarderos y mutiladores

El caso del quebequense Albert Guay no se inserta en la categoría de los homicidas reiterativos, pero, la verdad, ni lo necesita. Guay tenía un corazón de condominio, furtivo en cariños, pasajeros algunos, estacionales otros. Pese a que era un estricto feligrés del catolicismo, su carne era débil y llegó el momento en que deseó conocer el espíritu del mal de manera más cercana. Tras enamorarse apasionadamente de una chica de 17 años, para Guay de repente su esposa era un obstáculo del que no sería tan fácil librarse, ya que, por principio de cuentas, en su religión no cabía la idea del divorcio. En 1949 acompañó a su esposa al aeropuerto y en algún momento tuvo tiempo de plantar una bomba en la nave. El artefacto explosivo, que construyó junto con un relojero de nombre Genereux Ruest, mató en el aire a su esposa Rita y a otros 23 pasajeros. Dos semanas duró la nueva soltería de Guay, quien fue colgado en 1951. Sus palabras postreras no tienen desperdicio: “Al fin moriré famoso”.
El crimen paga

El caso de Wayne Boden es didáctico para ilustrar la personalidad de un asesino fetichista y mutilador. El individuo fue bautizado por los medios como El Vampiro Violador. Queda la duda de por qué le llamaban vampiro, pues nunca bebió la sangre de alguna de sus víctimas. Boden tenía una enfermiza obsesión por los senos de las mujeres, por lo que, después de violarlas brutalmente y asesinarlas, procedía a extirparles los senos y llevárselos a casa para continuar la diversión. Fue sentenciado por cuatro muertes y condenado a prisión de por vida en 1972. Murió de cáncer en la piel en 2002.
Otro prodigio del frío fue Clifford Olson. Su sobrenombre La Bestia de Columbia Británica dice mucho de él. Entre 1980 y 1981 paralizó de terror a las familias de su comunidad, ya que eligió como objetos de su placer a jóvenes masculinos. Olson asesinó a 11 de ellos, torturándolos y violándolos antes de enviarlos a descansar de forma definitiva. Al ser aprehendido, el criminal logró un trato jugoso con las autoridades canadienses, que tuvieron que desembolsar 100 mil dólares a la esposa del criminal con tal de que este les enseñara dónde estaban enterrados los cuerpos de sus presas. Olson vive en una prisión de máxima seguridad y la justicia le ha negado en dos ocasiones su libertad bajo palabra.