El morral

Por Óscar Garduño Nájera

Gritos.
Una vez más.
Y Armando está solo… en medio de esa humilde vivienda.
Pero es como si estuviera al lado de cientos, quizás miles de personas.

Y es como si todos gritaran al mismo tiempo que él, o como si a un primer grito se sumara otro que parece venir de lejos hasta conformar un coro que lo mantiene inmóvil.

Mira a través de la ventana. Afuera, en el patio de la vecindad, la tarde apacible cae mientras la conserje limpia el piso con estricto ahínco, agua y jabón.
Sucede: aparece por el otro lado de la ventana, frente al cristal sucio, el rostro de un niño. Debe tener entre siete y nueve años. Saca una rojiza lengua. Desaparece. Armando se sorprende y se acerca, hasta que el reflejo de la ventana desciende por su amplia frente. Entonces otra vez aparece el niño, él grita ¡buuu! y ahora el niño se asusta, pega una carrera y llega al barandal de las escaleras que conducen al segundo nivel. Desde allá, los dos se miran. Quiebra su mirada el ruido que se escucha, insistente, afuera, en la calle. La conserje se congela por unos cuantos segundos con escoba y trapo en mano. El niño lo hace al pie de los primeros escalones. Armando lo hace frente a la ventana, centímetros atrás del reflejo de su frente.
Pero hacia fuera del zaguán de la entrada a la vecindad:
¡No están solos!
¡No están solos!
Gritan con entusiasmo. Y avanzan.
Ahora Armando está frente al zaguán abierto a pesar de que la conserje insiste en que se quite de ahí. Mira: personas que pasan frente a él proyectan largas sombras en el patio de la vecindad. Recuerda las palabras de su papá cuando por la mañana le advirtió acerca de una manifestación por los estudiantes detenidos una semana antes.
Seguramente son ellos.
Jóvenes con mantas y pedazos de cartulina en brazos que, alzados, semejan torres de carne. Lentes de pasta en rostros que se adivinan aún inocentes.
Vuelven a gritar.
¡No están solos!
¡No están solos!
Y el niño pega la carrera, llega hasta él y pregunta:
—¿Qué pasa?
Vuelve a recordar las palabras de papá y las repite como si fuera una grabación ultra secreta.
—Es la manifestación.
El niño mueve la cabeza, chasquea la lengua, quizás chupa el labio inferior.
—¿Qué es una manifestación?
Buena pregunta, sin duda. El contingente es grande. Ahí van. Y al no encontrar respuesta (al menos que un silencio lo sea), el niño vuelve a la carga:
—Te pregunte qué es una manifestación… sord-di-to.
Inmóvil y fijo en el caminar de los estudiantes, en las pancartas, en el bullicio. Muchos ríen. Algunos van en pareja; otros fuman y es como si el humo protegiera parte de la manifestación, ¿qué es?
—Es el humo… eso es una manifestación.

Un muchacho detiene su andar frente a Armando. Camisa amarilla de manga corta, pantalón café y un morral cuelga de su hombro. Las dos miradas se encuentran por un segundo; intenta sacar algo del morral y continúa luego de escuchar una voz que parece de ultratumba en un megáfono. A lo lejos. Una voz que asusta al niño, quien se pega a él y se agarra de su pierna.
Hay que recordar que parece de ultratumba: es importante.
Anuncia:
—En caso de seguir avanzando tenemos órdenes precisas de replegar la manifestación…
¿Qué es una manifestación?
—Por su propia seguridad, repito: por su propia seguridad.
Suenan disparos que estrellan la tarde. Seguramente al aire aunque, la verdad, nadie puede asegurar en esos momentos que así fue.
El niño ahora no sólo se agarra a la pierna sino también a la cintura, al cinturón. La conserje corre al zaguán e intenta cerrarlo de golpe. Un brazo lleno de sangre la detiene. Aparece el cuerpo. Un joven con facha de estudiante. Se queja. La conserje intenta sacarlo y lo empuja metiendo el palo de la escoba en su abdomen. Afuera, mientras tanto, todo es desorden y muchos corren en distintas direcciones, incluso chocan entre sí al hacer un trazado de alocadas líneas. Logra entrar.
Y se desmaya.
Congelados, Armando y el niño miran la escena. El niño quiere cerrar los ojos y no puede; él quiere acercarse y sus piernas tardan en responder. Sin embargo…
Se mueven.
Llega hasta el joven y escucha tras de sí la voz de la conserje:
—¡Ni lo toque!, se puede meter en problemas.
Y lo toca. Es más: lo sujeta. Es más: ya lo lleva a rastras en dirección a su morada. Los dos pasan delante del niño. Congelado. Mira el camino sanguinolento que deja por el piso y de alguna manera presiente que la conserje se molestará cuando tenga que limpiar nuevamente.
Mientras tanto.

Afuera continúa el desorden y es como si una  cámara aérea se acercara a un enorme campo de cuerpos que chocan, se golpean, juegan a las carreras, gritan. Humo serpentea desde lo que parece ser un auto en llamas. Policías corren por donde los jóvenes intentan escapar. La cámara enfoca y toda la pantalla queda a oscuras, como si de un momento a otro fuese a aparecer la palabra FIN.
Lo recuesta en una desvencijada cama. Mira sus ropas ensangrentadas y presiente que lo primero por saber es de dónde proviene la sangre. Un rozón de bala en el tobillo derecho. Dobla su pantalón. Parece un rasguño, pero de ahí emana mucha sangre, o al menos mucha sangre para el niño que, congelado, mira desde atrás. Está inconsciente. Armando no sabe qué hacer, actúa más por intuición que por otra cosa. Es así como llega con la conserje y le pregunta si tiene vendas. Es así como la conserje le dice que sí después de volverle a advertir que se está metiendo en problemas.
Cuando regresa y entra al cuarto, un joven despierto y asustado lo espera. Deja caer las vendas al suelo y una de ellas se desenreda, parece correr al mismo ritmo que las personas de afuera: la punta queda frente al joven que intenta ponerse de pie. Tiembla. Frente perlada de sudor y labios agrietados: una mirada donde no hace mucho hubo lágrimas. Camisa amarillenta de manga corta embarrada de sangre. Pantalón café.
—¡Mi morral, mi morral!
Parece que los ojos se le saldrán de un momento a otro mientras agita todo su cuerpo y hace el tercer intento por levantarse; él, por su parte, recoge la venda y lo empuja, le dice que se tranquilice, que está con buenas personas, pide permiso para colocarle la venda y asegura que así dejará de sangrar.
—En mi morral traigo… algo que puede comprometer a muchos… a los dirigentes.
¿Qué es una manifestación?, insiste en preguntar el niño con la mirada. Afuera, la oscuridad.

El niño camina despacio por el patio y busca. Algunos tanques de gas pegados a las paredes, macetas y una bicicleta que incluso parece invitarlo a mandar todo al diablo y jugar carreritas. Sin embargo, le han encomendado otra misión. Toca a la puerta del cuarto que ocupa la conserje, pero ésta ha cerrado con seguro, amarró las cortinas bien estiradas sobre la pequeña ventana y desde adentro contesta, con una voz poblada de miedo, que no hay nadie, que no estén chingando. Regresa a los cuadros del patio y busca el morral. Incluso se acerca al zaguán, el cual está cerrado con un polín atrabancado detrás. Mira cómo las sombras de las personas se filtran por debajo, cómo corren presurosas acompañando a los gritos, palabras altisonantes, golpes y marcha arrítmica de lo que parecen sombras de soldados, con sus escopetitas detrás, como las que él fabrica con la ayuda de palos de madera, corcholatas y ligas. El niño se pone de rodillas y con su mano toca un cuadro donde aparece una de las sombras. La luz da en su rostro y queda otra vez congelado.
Tocan (toc-toc) a la puerta. Y una voz femenina súplica auxilio. Nuevamente ruido. El niño cree reconocer los disparos y piensa que en nada se parecen al sonido que hacen las pistolas en las televisiones de las tiendas departamentales. Frente al zaguán descubre por fin el morral: unos cuantos papeles que parecen escapar. Por fin. Sus manitas lo toman y otra vez escucha los gritos de la mujer. Nada le cuesta abrir ahora que está tan cerca del zaguán. Cuelga el morral de su hombro y estira su bracito para quitar el polín.
El polín cae al suelo y la mitad del cuerpo de la mujer aparece en la entrada; el niño se asusta mientras la otra mitad queda fuera, en la calle, recargado en la lámina del zaguán. Una a una, las sombras adquieren consistencia hasta que se transforman en personas que corren frente a su mirada, ante los soldados que las persiguen.
Tan sólo un disparo que no es al aire y que sale de quién sabe dónde. Tal vez dirigido a la mujer. Antes de que la bala se incruste en su estomaguito, cierra los ojos y piensa que esas pistolas hacen más daño que las corcholatas; luego de escuchar a la mujer que grita, él aparece y también grita, mientras los papeles del morral ahora sí quedan esparcidos por la imperfecta simetría del patio, por la imperfecta simetría de nuestra historia.