Flaubert y Nightingale: las tentaciones del Nilo

POR Geoffrey Wall
Dos viajeros en Egipto: una mujer inglesa y un hombre francés, ambos en sus treinta y tantos años, son profundamente infelices. Uno será famoso años adelante al escribir Madame Bovary, la otra por salvar heridos en la Guerra de Crimea

Las mejores biografías, como algunas de las mejores novelas, rebosan de subjuntivos. Están vivas con un sentido persistente, apagado, de lo que pudo haber sido.

La vida de las cultas e imaginativas mujeres de clase media de mediados del siglo XIX estuvo a menudo trágicamente llena de subjuntivos. Excluidas de la esfera pública, estas damas estaban constreñidas además por un corsé matrimonial apenas figurativo y de los preceptos patriarcales que tan amorosamente apretaban. Sujeta a dichas restricciones crónicas, una joven podía refugiarse en la ficción romántica o en la enfermedad y, las más audaces, en el adulterio y el suicidio. Emma Bovary, esa extremista de pueblo pequeño, agotó ambas posibilidades. Para las más afortunadas que ella, podía haber una excursión cuidadosamente escoltada a un lugar lejano, a Egipto, por ejemplo.
A Winter On the Nile de Anthony Sattin narra la historia de un viaje excepcional en el siglo XIX. El libro es en parte un relato de viaje, una historia cultural también y una biografía. Es una mezcla deliciosa, hábilmente entretejida. Hay dos viajeros: una mujer inglesa y un hombre francés, ambos en sus treinta y tantos años. Son elocuentemente autoconscientes y profundamente infelices. Ambos tienen la esperanza de encontrar un nuevo propósito en sus vidas. Llegan a Egipto en noviembre de 1849, uno a los pocos días del otro. Se quedan en hoteles adyacentes. Viajan a lo largo del mismo río, y visitan los mismos lugares en la misma temporada del año. Confían sus secretos a sus diarios. Escriben cartas vívidas a casa. Durante dos días caminan por la parte superior y la cubierta inferior de la misma nave de vapor, viajando por la parte baja del Nilo de Alejandría a El Cairo.
Un viaje transformador

Estos dos jóvenes viajeros, tan delicadamente ajenos el uno del otro, son Florence Nightingale y Gustave Flaubert. En los siguientes siete años después de su viaje a lo largo del Nilo ambos serán famosos, ella como salvadora de los soldados heridos de la Guerra de Crimea, él como autor de Madame Bovary. Su novela será la descripción clásica de la sujeción de la mujer. La misión de ella en la Guerra de Crimea prefigura la emancipación femenina. En ese momento de sus vidas, sin embargo, sus energías creativas primarias están paralizadas. Egipto puede transformarlas.
Ese es el gran placer de este libro. Conocemos su futuro, pero ellos no. Los vemos que caminan hacia él. A medida que leemos, disfrutamos de una compasiva ironía biográfica, urgiéndolos a ambos, como papás orgullosos, hacia la grandeza que les espera. Esta es la unidad narrativa propia de una biografía parcial, la de “un año en la vida”. La forma compacta permite al biógrafo una libertad para experimentar, ignorar muchas convenciones en 400 páginas, un artilugio conscientemente cronológico. Uno dispensa los preliminares ceremoniosos y no está obligado a quedarse hasta el día del funeral. Puede uno crear un fuerte enfoque dramático en el momento de la transformación. La historia de fondo puede ser esbozada. La secuela puede ser rápidamente selectiva.
Polvo sagrado

Para mostrar cómo se hace, aquí está un ejemplo de la parte que le corresponde a Florence Nightingale en la historia. Es tarde en el viaje, y la fiesta incluye el trayecto de Florence por el Nilo, hacia el norte. Visita el templo de Osiris en la isla de Philae, cerca de Asuán. Gracias a su infancia unitaria liberal es maravillosamente receptiva a las intimaciones de lo sagrado más allá de la autorizada experiencia cristiana. La cámara alta de ese templo, donde la resurrección de Osiris fue alguna vez celebrada, es un lugar que Florence adora, por razones que son demasiado privadas para compartir con sus ortodoxos compañeros británicos de viaje.
Este es el relato de Sattin sobre el adiós de Florence Nightingale a Osiris:
“Temprano por la mañana, ella había visitado sola el templo, caminando por los patios exteriores, hasta llegar a las escaleras de piedra gastada y luego fue directamente a la cámara de Osiris, donde se arrodilló, como lo había hecho tantas veces en otros lugares y en otros domingos. Pero en vez de cerrar los ojos, comenzó a rayar ‘el polvo sagrado’ para cavar un agujero. En él enterró el crucifijo que había traído con ella desde su casa. Mientras lo hacía, imaginaba a Jesús y a Osiris vinculados en la tierra, como lo había construido en sus pensamientos. Después rellenó el agujero y, tras cubrir completamente su rastro, pasó un tiempo en oración, saboreando ese momento único de claridad espiritual.”
Burdeles y construcción espiritual

La audacia privada, simbólica, del gesto de enterrar el crucifijo en “el polvo sagrado”, la relación apasionada de Osiris y Jesús en la mente de esa joven mujer joven inglesa, es una escena que enriquece y complica mi idea de lo que los victorianos hacían, de lo que ellos podían hacer, en privado, con la desintegración rápida de sus creencias religiosas.
El Egipto de Florence Nightingale es un lugar de autoconstrucción espiritual. El de Gustave Flaubert es algo diferente. Fue un gran lugar para comprar sexo. Sus cartas a los compañeros de colegio describen detalladamente una procesión de envidiables y memorables eyaculaciones sin higiene, todas finamente bañadas por una inteligente melancolía de después de la mañana. Las cartas desde el burdel de Flaubert son a la vez esplendorosas y explícitamente conscientes de sí mismas. Están libres de censura, encapsulan las conversaciones masculinas que nunca llegaron a la ficción realista de la época. Sattin resuelve el problema sobre cómo representar este material suculento hurgando más en la melancolía que en la carnalidad.
Cielo de estrellas brillantes

Cuando cita las cartas de Flaubert, coloca en primer plano la acción interna. Aquí está Flaubert en Esna, pasando la noche en la casa de la cortesana Kuchuk Hanem:
“Nos tumbamos en la cama de hojas de palma, la mecha arde en una lámpara de diseño antiguo que cuelga de la pared. Su pequeño perro dormía sobre mi chaqueta de seda. Estaba cansada después de bailar, y tenía frío. La cubrí con mi túnica de piel y se quedó dormida con sus dedos acariciando mi cuerpo. Pero no cerré los ojos: pasé la noche en una ensoñación infinitamente intensa –por eso me quedé— para  ver dormir a esa hermosa criatura, que roncaba con la cabeza sobre mi brazo. Recordé mis noches en el burdel en París –toda una serie de recuerdos de otras— y de ella, de su baile, de su voz que cantaba canciones que no tenían sentido, ni una palabra que yo pudiera distinguir. Aquello continuó toda la noche. A las tres de la mañana me levanté y salí a orinar en la calle, las estrellas brillaban.”
Esa conjunción de Flaubert es perfecta, esa doble verdad: orinando en la calle y el cielo de estrellas brillantes.
Imaginación histórica

Sattin tiene el rango y la energía imaginativa para hacer justicia a sus dos viajeros. Sus diferencias elaboran  una rica línea narrativa. Hay un episodio maravilloso post-egipcio en el que la madre de Florence Nightingale, Fanny, escribe a su hija descarriada, aceptando a regañadientes la necesidad de la hija de establecer su independencia. Aquí está el recuento de Sattin sobre aquel angustiado cambio de corazón:
“Las cartas pasaban regularmente entre ellos… transportando palabras que ninguno de ellos había sido capaz de hablar hasta el momento. Y, conforme el verano transcurría, el tono de las cartas se hizo más conciliador. El señor Nightingale… fue el catalizador de este cambio: escribió a su mujer que no se opusiera a Florence… tal vez por temor a que la joven se negara a volver con ellos. La correspondencia llegó a su punto culminante el 7 de septiembre de 1851, cuando Fanny Nightingale escribió la que debió ser la carta más difícil de su vida, pues en ella reconoce el deseo de su hija de separarse de ellos y la necesidad de que la madre bendijera esa decisión. ‘Sí, querida’, escribió Fanny, ‘tómate un tiempo y ten fe, incluso considera el camino que te alejará de todos nosotros… Haré mi mejor esfuerzo, que de hecho así será, para pensar bien, y permitir seguir al hombre que quieres’. Pero Fanni Nightingale termina con una advertencia, o un ruego: que Florence sea misericordiosa. ‘No debes poner sobre nosotros más de lo que podemos cargar.’”
La generosidad triste de las palabras de la madre resuena en la mente. Con dicho material a su disposición, Sattin ha escrito un experimento biográfico brillantemente sustentado, un triunfo de la imaginación histórica. Convincentemente investigado, informado por un conocimiento de primera mano de los lugares de Egipto, hábil y discreto en la escritura, la historia completa está iluminada por el delicado sentido perceptivo del biógrafo de los personajes en acción.
Anthony Sattin. A Winter On the Nile: Florence Nightingale, Gustave Flaubert and the Temptations of Egypt. (Hutchinson 402pp).
Tomado de: Literary Review.
Traducción: José Luis Durán King.