Godot tampoco vendrá hoy: el antiteatro de Beckett

POR Andrea Mireille
Cuando Samuel Beckett cuestionó al hombre que lo apuñaló súbitamente el por qué de su acción, éste respondió, “no lo sé, señor”, frase que definiría una de sus máximas obras, una puesta en escena en la que aguardar no tiene recompensa; en la que, al igual que la vida, personajes grotescos y sórdidos se enfrentan al tedio existencial mientras esperan algo que jamás llegará

Todo puede cambiar en un instante. Samuel Beckett tuvo que aprenderlo a la mala: después de pasar la noche con sus amigos, cuando se disponía a volver a casa, fue apuñalado de súbito en plena calle por un desconocido. La historia tiene muchas versiones.

Una dice que se trataba de un vagabundo que pedía limosna, la que Beckett se negó a dar; otros refieren que era un proxeneta llamado Prudent (nótese la ironía) que se molestó cuando el escritor rechazó sus servicios; mientras que algunos afirman que sencillamente era un loco. Lo dicho, todo puede cambiar para siempre en un momento: lesionado de gravedad, el secretario y discípulo de James Joyce estuvo a punto de morir aquel enero de 1938; sin embargo, el incidente que estuvo a punto de quitarle la vida le trajo atención pública, a uno de sus grandes amores, Suzanne Descheveaux-Dumesnil, y la frase elemental de Esperando a Godot, su obra cumbre: “No lo sé, señor”, expresión que el agresor le dijo al autor de Eleutheria y Watt, cuando éste lo visitó en la cárcel y le preguntó por qué lo había herido. Tras la inusual visita, Beckett decidió retirar los cargos para evitar las molestias del proceso y también porque su atacante le pareció una persona agradable.

Lo anterior encaja a la perfección con una de sus frases más célebres –contenida en la aclamada Fin de partida–: “Nada más divertido que la tragedia”, pues el autor recordaba el hecho entre risas, con la alegría que sólo pueden brindar el humor negro y el paso del tiempo. El suceso también influiría –junto con los viajeros y vagabundos que conoció a lo largo de sus travesías– en la creación de sus personajes, vehementes e irracionales.
Vagabundos a la orilla del camino

Esperando a Godot presenta dos vagabundos que permanecen a la orilla del camino. Vladimir y Estragón aguardan a un tal señor Godot, del que no saben nada excepto que, como lo anuncia un joven al final de cada acto, vendrá, aunque no sabe cuándo.
Considerada como la metáfora teatral más importante que se haya escrito sobre la angustia existencial humana, la obra supuso una ruptura con el teatro convencional. Asociada frecuentemente al pesimismo de Schopenhauer y Pessoa, también se le relaciona con el teatro de lo absurdo (Ionesco, Genet). No obstante, las obras de Beckett van más allá, pues poseen las características del antiteatro: piezas que se distiguen por el estatismo, la monotonía; la ausencia de sorpresa y giros en la trama, obras donde apenas y sucede algo pero todo da un vuelco.
Los diálogos son absurdos e inconexos, los protagonistas son seres perdidos, asustados y confundidos; no saben de dónde vienen, ni a dónde van; no hallan sentido a su vida ni entienden por qué deberían vivir en un mundo al que fueron arrojados sin solicitarlo. Sentimiento que acompañó toda la vida al literato, quien llegó a afirmar que tenía recuerdos de su estadía en el vientre materno; experiencia asfixiante y terrible que culminó con el comienzo de una larga, dolorosa y accidentada andanza en un mundo cruel e injusto.
Según declaraciones del autor, Esperando a Godot fue concebida en un período de tres meses con apenas unas cuantas correcciones al manuscrito. Escrita en 1949 en francés, el propio Beckett tradujo la obra al inglés; sin embargo, la puesta no vio la luz sino hasta 1953, tras superar distintos rechazos para ser publicada y numerosos problemas para conseguir su financiamiento.
Así, bajo la dirección de Robert Blin, en un pequeño escenario, ante un público reducido, el mundo conoció la puesta que cambió para siempre la forma de hacer teatro: la drástica reducción del argumento, su sencillez y nulidad impactaron debido a que jamás se había visto algo igual: obras con un número mínimo de personajes, sin vestuario ni efectos espectaculares, en medio de escenarios desnudos y un tedio que termina por cautivar al espectador, que se encontró con situaciones y personajes cercanos a la farsa, al absurdo.
El público vio en ellos no sólo su reflejo sino la impaciencia, el desamparo propio de la existencia humana, siempre en la búsqueda y la espera de algo; esto le dio a la audiencia una posibilidad catártica y la proyección de sus propios miedos e inquietudes a través de los personajes incoherentes, deformes, tan confundidos y vacíos como cualquiera de nosotros.
Los elementos mencionados son los que han permitido que las obras de Samuel Beckett sean de las más puestas en el mundo, ya que no necesitan grandes presupuestos para su montaje; incluso, frecuentemente se afirma que no pasa un año sin que alguna de sus obras sea montada en algún lugar del planeta.
Recibida con entusiasmo por la crítica, la puesta alcanzó las 300 representaciones, Beckett obtuvo reconocimiento y fama mundial; pese a ello, la consagración y el interés que atrajo hacia su persona resultaron terribles para un hombre que más que amar la soledad la necesitaba de manera compulsiva; de hecho, cuando en 1969 recibió el premio Nobel, se exilió en Túnez para evitar a los periodistas, con quienes se reunió con la condición de que no le hicieran preguntas.
Godot llegó… a la prisión

En 1954 el escritor recibió una carta desde la prisión alemana de Luttringhausen, firmada con el seudónimo Prisonner. La misiva decía: “Usted se sorprenderá al recibir una carta acerca de su obra Esperando a Godot proveniente de una prisión donde residen  ladrones, locos y asesinos que viven una vida de espera. ¿Esperar qué? a Godot, quizás”.
El misterioso reo afirmó que cada interno se vio en sus personajes y que, al igual que ellos, esperaban algo que diera sentido a sus vidas: “Su Godot era nuestro Godot”, sentenció.
El texto fue traducido a 18 idiomas y tuvo gran éxito por toda Europa. En México fue montada por Salvador Novo en 1955, y en Argentina se presentó en 1956. Un año después alcanzó su máximo éxito carcelario cuando fue puesta en escena en San Quentin por la Actor’s Workshop de San Francisco, compañía que montó la obra para una audiencia de más de mil 400 presos, para quienes también significó identificación, comprensión: nadie mejor que los convictos para entender a los protagonistas de la obra, quienes permanecen solos en medio de la desolación y el sinsentido, a la espera de un suceso que trastoque sus vidas.
Una respuesta que todos sabemos

El teatro de Beckett ha sido de los más aclamados y discutidos del siglo XX. Obras como Fin de partida, la última cinta de Krapp y Los días felices han suscitado un sinnúmero de estudios, adaptaciones y versiones libres, estas últimas jamás aprobadas por su autor, que aconsejaba al público no acudir si se alteraban la historia y los elementos originales de sus creaciones.
Esperando a Godot no es la excepción, ha sido objeto de diversos análisis e interpretaciones, siendo el más usual que Godot es una referencia a Dios (God), a la espera de un ser supremo, algo que su creador siempre negó rotundamente. Para Beckett no había enigma por descifrar ni secreto qué revelar; para él sólo se trataba de una historia de espera; una obra que describe el tedio de la existencial y el absurdo de la vida, ese teatro lleno de actores angustiados, tristes, los cuales de vez en cuando logran divertirse en medio de situaciones disparatadas. Pero al final la desgracia siempre vuelve, o como dice Estragón, “la luz brilla un instante, luego otra vez la noche”.
¿Cuándo vendrá el señor Godot? La respuesta todos la sabemos y no es mañana (como siempre promete) ni, no lo sé, señor, la respuesta es nunca. Por más que esperemos, todos sabemos que Godot tampoco vendrá hoy, que aquello que con tanto afán aguardamos jamás llegará.