La alcurnia del canibalismo

POR José Luis Durán King
El canibalismo y sus perpetradores han fascinado a la mente occidental prácticamente desde la era de los grandes descubrimientos

En 1934, el sexagenario Albert Fish escribió una carta a la señora Delia Budd, madre de la niña Grace, que en 1928 fue secuestrada por el ahora remitente. La carta detallaba, por fin, el destino de la pequeña, la cual, de acuerdo con el contenido de la misiva, había sido devorada por su captor.

Fish decía que el gusto por la carne humana lo adquirió de un amigo suyo que estuvo en China, en una época de finales del siglo XIX, cuando esta nación era devastada por una hambruna y la carne humana se cotizaba entre tres y cuatro dólares la libra.

El canibalismo es un fenómeno con varias aristas y ha acompañado al hombre a lo largo de la historia. En algunos pueblos de la antigüedad fue parte de un ritual en el que los guerreros devoraban a sus contrincantes como parte de la conquista y la victoria. Comerse al enemigo era ingerir sus cualidades. En otras sociedades, como algunos aborígenes de Australia, se devoraba a los familiares para mantener vigente la sabiduría de los seres queridos.
El hambre y la supervivencia también han sido factores que desencadenan el canibalismo, como lo ilustran la carta de Fish a la señora Budd y el caso del equipo uruguayo de rugby Old Christians, cuyo avión en el que viajaban a Santiago de Chile se estrelló el 13 de octubre de 1972 en la Cordillera de los Andes. De los 40 pasajeros y cinco tripulantes, sólo 16 lograron sobrevivir un periodo de 72 días en condiciones climáticas adversas gracias a que se alimentaron de las piezas más nutrientes de sus compañeros muertos.
“Incorporación”

Los asesinos seriales que han practicado el canibalismo pertenecen a otra categoría, si bien es cierto que comparten algunos de los rasgos mencionados líneas arriba. En estos casos, el hambre no impulsa sus delitos. Sin embargo, en algunos de ellos –por ejemplo, Jeffrey Dahmer— los especialistas en la conducta han encontrado móviles que los vinculan al canibalismo guerrero. La saga serial de Dahmer se descubrió a principios de los años 90, cuando el concepto “nuevo tribalismo” formaba parte de las tendencias de estudio de la cultura de Estados Unidos. Algunos criminólogos consideraron que el anglosajón Dahmer, al elegir a sus víctimas entre grupos étnicos distintos al de él (orientales, afroamericanos y latinos), repitió el patrón de los guerreros tribales que se apropiaban totalmente del alma y el cuerpo de sus enemigos al devorarlos.
Pero Dahmer tenía otra opinión de sus actos. Él creía en “la incorporación”, es decir, los incorporaba a él desde el momento en que seleccionaba a su presa en bares o baños gay, la convencía de que lo acompañaran a su departamento, donde la drogaba; ya inconsciente, el captor la estrangulaba, generalmente tenía relación con el cuerpo aún tibio y finalmente la descuartizaba; el canibalismo era el epílogo de “la incorporación”.
Metáfora del consumismo capitalista

Algo que distingue a los asesinos seriales caníbales del predador serial tradicional es que los primeros generalmente poseen un historial de violencia superlativa que los conduce no sólo a asesinar y mutilar a sus víctimas, sino a desaparecerlas por completo, en estos casos mediante la ingesta. En cada uno de sus ataques, el asesino serial caníbal libera su furia, una furia que en muchas ocasiones está vinculada al pasado del infractor. Y nadie mejor que Ed Gein para ilustrar esta aseveración. Los psiquiatras que lo analizaron señalan que el robo de cadáveres y los asesinatos de Gein comenzaron poco después de que falleció la madre del solitario individuo en 1945. Los peritos en la mente y sus desvaríos afirman que la relación enferma de Gein con su madre, quien inculcó a sus hijos que el sexo estaba podrido, provocó una gran confusión en Gein, cuyas actividades criminales fueron siempre crípticas: el robo nocturno de cadáveres en los cementerios, la disección de los cuerpos, la elaboración de mobiliario e incluso el consumo de partes, todo fue una actividad intramuros en su granja de Wisconsin.
Para otros enterados del tema, el canibalismo es, asimismo, una metáfora del consumismo capitalista. Desde la era de los grandes descubrimientos en el siglo XVI, el canibalismo ha fascinado la mente de los habitantes de Occidente. Las noticias del asunto, reales o no, provenientes de las zonas descubiertas o conquistadas allende el mar, eran “devoradas” con avidez por aristócratas y cortesanos, al grado que en 1595 el mordaz filósofo Michel de Montaigne invirtió la dinámica en su obra Des Cannibales, al señalar que el “civilizado Occidente” era aún más bárbaro que los primitivos en proceso de sometimiento.