Y me reflejo

POR Óscar Garduño Nájera
Admirable es que una mujer consiga transgredir la rutina para hacer uso de los espejos bajo las circunstancias más extrañas, y la humanidad bien se puede ir a la mierda mientras los dedos femeninos danzan sobre el maquillaje

Esta podría ser la historia de tu cuerpo. Y también la historia de los espejos en tu habitación. Nosotros frente a ellos hasta que una buena tarde desapareciste en esas superficies donde otros se reían de nosotros y de nuestras intenciones de perpetuar un amor que a la larga vino a ser pasajero aun en contra de nuestra voluntad.

Ahora ahí están, ocultos tras poderosos simbolismos acaso indescifrables, los espejos, arquitectura que se construye a sí misma con luz y sombra, y donde incluso tiernas vanidades, remedios caseros de belleza, perecen al ser traspasados por los alfileres del tiempo. Estoy frente a uno y lo toco: en cuanto resbalo los dedos por encima, las yemas de mis dedos parecen hundirse: una gelatina con mi figura al centro. Ahí también las pesadillas de Borges, quien no duda en expresar el horror que siente ante ellos, acaso consciente de que ese falso paraíso tras de sus murallas es sumamente peligroso, pues al estrellarse divide una realidad paralela en mil pedazos, extiende su imperio, consigue recortarnos y hacer rompecabezas acá, en esta realidad que nosotros damos por auténtica, cuando, quizás, no somos más que el resultado del dolor que otros se infligen por las noches desde sus camas. Es como entrar por una ventana que está abierta. Del otro lado no hay nada: páramo inhóspito donde prevalece un desconsolador silencio.


Espejos de distintos tamaños y formas consiguen equilibrarse entre los trapecios del circo que representa cualquier mujer: un acto supremo de magia es apreciar cómo transforman su rostro para obsequiar instantes de belleza, instantes que se esmeran en derribar las murallas de ese imperio que bien puede caber en cualquier bolso de mano, que se disfraza de exactas formas geométricas; admirable es que una mujer consiga transgredir la rutina para hacer uso de los espejos bajo las circunstancias más extrañas, y la humanidad bien se puede ir a la mierda mientras los dedos femeninos danzan sobre el maquillaje, el labial, etcétera, como samuráis que en lugar de sable ejecutan con el mortífero arte de permanecer siempre bellas, poéticamente bellas.
También son muchas las parejas que acuden a hoteles de paso donde los espejos atestiguan comportamientos eróticos desde techos y paredes. Una vez dentro de la habitación, cuando se han cumplido con todos los requerimientos previos, hay un murmullo que escapa de las superficies amortajadas de luz para provocar, incesante, esa escalofriante sensación de vacío que el enfrentarnos contra nosotros mismos nos puede dejar, así, sin vacilaciones, rostro contra rostro, cuerpo contra cuerpo, años contra años, porque los espejos también suman el tiempo y nos arrojan el resultado una buena mañana de invierno, cuando las cuentas ya no resultan como queríamos. Otros, por el contrario, rechazan cualquier enfrentamiento y prefieren huir de la contienda a expensas de una vanidad insatisfecha. Evitan los espejos a toda costa, como aquella amiga que, al entrar a la habitación, jalaba la sábana de la cama para cubrir el único espejo; sin embargo, cuando me percaté que el de la regadera resultaría imposible de tapar, me invadió la curiosidad: ahí estaba mi amiga, bajo el chorro de agua, de espaldas, por supuesto, y el espejo frente a ella parecía lanzarle maldiciones, parecía lanzarnos maldiciones cuando por fin nos atrapó el reflejo entre agua y gemidos.

También sirven como espías que retratan lo que nosotros no alcanzamos a ver, y esto cualquier voyerista lo sabe: los espejos atestiguan una pasajera permanencia, pero también atestiguan los distintos recovecos de ese santuario del que seremos dueños por tan sólo unas cuantas horas. Y si el entusiasmo los lleva a estar desnudos frente a un espejo, comprobarán que nadie puede ser el mismo una vez que se enfrenta a tal práctica: no sólo las imperfecciones físicas brincarán para consolidar nuestra hazaña de mortales sino que al estar cuatro personas en la habitación (dos de ficción) perdura la tenue melancolía de quien repentinamente descubre que nada, por bello que sea, habrá de ser eterno, que incluso el amor tan bien forjado terminará por derrumbarse con el paso de los días, empolvando no solo las primigenias ilusiones sino un futuro que a partir de ese momento se adivinará anodino, y cada una de las promesas que se jodieron, y los sueños en cualquier cesto de basura, y lo que pensamos sería de nuestra vida tras entregarnos sin consuelo a la fugacidad de las oscuras pasiones y adivinar nuestra figura en otra mirada. Terminará todo y, desde allá, tras esas murallas acaso pobladas de trincheras que se incendian en una guerra eterna, estará la misma pareja que dejamos al cerrar la puerta, cuando lo más sencillo era enfrentarse a la vida (sin saber que esta nos vendría a hacer trizas), burlándose a carcajada abierta de los que acá, bajo el peso de nuestras ensoñaciones, viven como si todo fuese eterno, como si los espejos fueran tan sólo artículos ornamentales donde muere nuestra juventud.