Yo, Churchill

POR Alfredo C. Villeda
¿Qué no fue el propio Presidente el que vetó el término “guerra” para la lucha antinarco? De hecho, su ofensiva es más parecida a la colombiana e italiana,
comparación de la que reniega

Cuando se cocinaba la edición de Milenio Diario del 14 de mayo pasado, el fusilero leyó con detenimiento el discurso del presidente Felipe Calderón frente a delegados federales, ante quienes evocó la batalla que dio Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial no sólo contra el enemigo nazi, sino contra sus críticos internos, a los que llamó “corriente de opinión titubeante”.

Y dijo que como el primer ministro británico en su momento, él también saldrá victorioso de su lucha contra el crimen.

La tentación de acudir a Jean-Paul Sartre en tal momento es inevitable. La imaginación, decía el filósofo francés, es en esencia un acto consciente, como la percepción. Pero no hay que ir tan profundo. Baste la segunda acepción en el diccionario de la Real Academia Española para entender muchas cosas: “Imaginación: aprensión falsa o juicio de algo que hay en realidad o no tiene fundamento”.
Entre el poder y la literatura, otros tres franceses invocaban su eventual singularidad. “El Estado soy yo”, clamaba Luis XIV; “Yo es otro”, escribió Arthur Rimbaud; “Madame Bovary soy yo”, decía Gustave Flaubert. Entre ese acto consciente, con la fórmula sartreana, y el juicio contaminado de la estricta definición, surge una comparación en los genios de la Presidencia que pasa de la tragedia que representó el conflicto bélico del siglo XX con la hora calamitosa que atraviesa ahora la nación mexicana.
Dios nos libre de ser comparados con Colombia. El pataleo provoca incluso que la secretaria de Estado de Obama, Hillary Clinton, se retracte. Horror que se nos iguale con ciudades de Brasil, como Río de Janeiro, o Washington, la capital estadounidense, con más homicidios por cada 100 mil habitantes. Menos aún es tolerable que alguien ose catalogar al país como un Estado fallido. Pero, sorpresa, sí hay espacio para el símil, en el mismo discurso, con uno de los héroes de la victoria contra el nazismo, también Premio Nobel de Literatura, por cierto, y con un héroe del emparrillado, quizá Mark Sánchez, ahora que estamos “en la pausa de los dos minutos” de su sexenio. Touchdown!

En una conversación de años atrás en la redacción de Milenio, el fusilero le comentaba a Ciro Gómez Leyva que nada, nada que haya ocurrido en este país desde que existe registro (incluidos los códices) tiene comparación con el Holocausto. Eran los años en que no faltaban los denuestos, la calumnia, el rencor poselectoral. Cuando algunos con voluntaria ligereza hallaban rasgos hitlerianos en Andrés Manuel López Obrador.
Pero las matanzas mexicanas del día a día tampoco tienen relación alguna con algún episodio de Eichmann y sus hornos de la solución final contra los judíos. No toda masacre es un genocidio, aunque todo genocidio implique una masacre. Porque la dramática primero, trágica después alza de muertes hasta llegar a más de 40 mil en lo que va del gobierno de Calderón no tiene modo de ligarse con Ruanda, con Sbrenica, con Auschwitz. Como tampoco hay nexo alguno entre el combate a la delincuencia organizada con una confrontación internacional frente al régimen nazi. ¿Qué no fue el propio Presidente el que vetó el término “guerra” para la lucha antinarco? De hecho, su ofensiva es más parecida a la colombiana e italiana, comparación de la que reniega.
Es la hora de la imaginación desbordada, en los términos de la segunda acepción del diccionario de la Real Academia, pero también de la pausa de los dos minutos, si hay que atenerse al discurso presidencial de ayer. El problema de este momento, por lo menos en el futbol americano, es que requiere de estrategas como Roger Staubach, Joe Montana, John Elway y Tom Brady, cuatro mariscales de campo legendarios. Y encima hay que confiar en que en este caso la imaginación, como lo proponía Sartre, sea un acto en esencia consciente. ¿Yo, Churchill?

1 thought on “Yo, Churchill

  1. ¿Yo Churchill?… este artículo de Alfredo Villeda, nos recuerda que frecuentemente la soberbia oculta la estupidéz…
    Eduardo Martínez Rosas.

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