Basura y besos

Por Óscar Garduño Nájera
Hoy en día pocos son los hombres que realmente disfrutan de los besos. Y es que los horrorosos horarios, las prisas, terminan por joderlo todo y hasta el amor más constante termina devorado por la costumbre para luego pudrirse cual fruta abandonada al sol

Esta tarde fría daría todo por un beso donde el tiempo no corra como en una autopista. Quizás por uno de ésos de los que dicen se llevan siempre y ocasiones hay en que basta cerrar los ojos para deslizarse por el tenue contorno de esos mismos labios que en algún momento vinieron a significar tanto. O por uno arrebatado, como los que se consiguen tras tantas insistencias; repentinamente aparece para confirmar que los milagros todavía son posibles y que la mayoría de las veces llegan gracias a una mujer. Un beso.
Escucho ahora mismo a The Greatest de Cat Power y me llega la noción de que existen besos que se conforman de memoria, de tal suerte que en los recuerdos propios de tardes como la de hoy aparecen labios deliciosos entreabiertos. También están los que nos fueron negados, y los que vemos repartirse entre otros hombres que jamás seremos, sombras de nuestras sombras que se multiplican en mujeres que en algún momento nos rechazaron, que pusieron su otra mejilla cuando lo único que queríamos era un beso.
Hago un breve repaso de los míos y llego a la conclusión de que hoy en día pocos son los hombres que realmente disfrutan de los besos. Y es que los horrorosos horarios, las prisas, terminan por joderlo todo y hasta el amor más constante termina devorado por la costumbre para luego pudrirse cual fruta abandonada al sol. He sido insistente en ello y me disculpo, pero es verdad.
Quisiera aventurar, también, una suerte de vaticinio y hacer apuestas sobre la mujer que pondrá el último beso en mis labios antes de partir, cuando la vida sea ya sólo instantes esquéleticos de lo mejor que nos pudo ocurrir. Confió en que se trate de un ángel que consiga aliviar mis dolores, desesperación y espanto con unos labios abiertos como alas, incendiadas en medio de la habitación donde habré de decir adiós para luego retirarme seguramente al infierno o al cielo, uno nunca sabe.
También pienso en las ocasiones en que los labios se alejaron de acciones impulsadas por el amor. Porque se mienten los que creen que sólo así se disfruta de ellos: nuestras más oscuras pasiones raras veces se adaptan a industriales formalismos y nuestra moralidad se resquebraja en cuanto una buena tentación la pone a prueba.

Con cada beso se puede dar pie al sano ejercicio de la evocación. Sin embargo, hasta nosotros no sólo acudirá la mujer que se apiadó de nuestras necesidades (y de las suyas), sino que también vendrán las circuntancias de aquellos instantes donde ella nos pedía cerrar los ojos y uno hacía lo contrario, temeroso de que tras de esa oscuridad repentina se escondiera el inicio del tedio de lo que viene a ser el amor con el paso de los días, ahí donde los besos pierden su sabor y lo mismo da sin nos dan tres o cien.
Pronto descubre uno que basta un beso para perder la cabeza e irnos a pique; basta con encontrar los besos al lado de otros extraños placeres que acaso vienen a dulcificar nuestra breve estancia en esta tierra donde disfrutar de un beso cuesta tanto.
Por la intensidad y crítica especializada deduzco que no soy tan mal besador y confieso que todo se lo debo a mis primeras maestras, aquellas que didácticamente me instruían en el siempre difícil arte de besar. Porque son muchos hombres que creen que la cosa es sencilla: basta con que dos bocas se encuentren de frente y ya. No obstante, bien harían en aceptar que si así lo creen es porque en realidad son malos exponentes de los besos, y lo que es peor: muchas mujeres fingen frente a ellos no ya por lástima, que quizás sería lo adecuado, sino para tener tema de burla cuando el fin de semana toque reunión con las amigas. Entonces una voz se escuchará en la mesa del café: ¡y el imbécil creía que besaba a las mil maravillas! Ahora que lo pienso, tal vez en esa misma mesa se encuentren mis maestras.
Supongo que no todos corremos con la misma suerte y ocasiones hay (buenas fuentes femeninas me informan) que hay hombres desesperados que ven en un beso el preámbulo para el agasaje o el acostón, lo cual, por otra parte, se me hace una pérdida de tiempo, toda vez que se puede ir directo al punto de lo que se desea sin representar un interés acartonado y ridículo frente a una mujer que prefiere la honestidad, ¿cuesta entenderlo? Pues, aunque usted no lo crea, sí, cuesta, y tal parece que en esto resulta complicado que la mujer y el hombre se pongan de acuerdo. Tal vez por eso un beso también puede conducir a batallas campales o a separaciones definitivas, pues no hay que engañarnos: no se puede seguir con alguien que besa mal.

También he visto hombres, sobre todo oficinistas y señores cuarentones, que parecen presumir con bombo y platillo el beso, y en su breve duración quisieran que se encendieran sobre ellos poderosos reflectores y que una multitud irrumpiera en aplausos y felicitaciones, celebrándole una fanfanorrería de la cual la primera en enterarse es la mujer, quien lamenta el momento en que aceptó que ese payaso exhibicionista se le viniera encima.
Y otros parecen esmerarse en bailar a un son distinto, pues mientras la mujer insiste en besar de manera suave, lo cual por otro parte es un ejercicio erótico de autorreconocimiento, ellos quieren tocar danzón con sus necias lenguas, las cuales van de la barbilla a la mejilla, de la oreja al cuello, de la boca a la nariz, en un tour espectacular que sería la envidia de cualquiera que se dedique a poner mascarillas faciales.
Quienes consiguen recordar su primer beso son afortunados; yo, en cambio, prefiero mentirme acerca de tal suceso y contarme una romántica historia donde participa un hombre que nada tiene que ver conmigo y una mujer que no es real. Eso sí: recuerdo besos cicatrizados de dicha a altas horas de la noche. También algunos empapados en alcohol. Y besos punzantes de dolor, como cuando besé a esa mujer al decirle adiós y goteras de ojitos caían sobre nuestros labios, acaso para indicarnos que pocas cosas en verdad consiguen permanecer encendidas y que entre éstas los besos destacan, y vienen desde ese lejano rumor de un tiempo en una tarde como la de hoy en que bien tiraría este texto a la basura por un beso.