Coger con el corazón caliente: el intenso idilio entre el pene y la literatura

POR Andrea Mireille
Protagonista de las más salvajes fantasías, deseado, envidiado por las mujeres (según Freud), símbolo de placer y poder, pero también de controversia y machismo, el pene está presente en los más diversos ámbitos de la sociedad. Rey del porno por excelencia, ha encontrado en la literatura un refugio perfecto para desatar las más altas, bajas y extrañas pasiones. A continuación un recorrido que va de la Biblia al Kamasutra; de D.H. Lawrence hasta Bukowski y Burroughs, llamado, no sin razón, el chupavergas de la literatura

Conocido con los apelativos más cursis (colita, pilín, pipí) hasta los más vulgares: pito, chile, camote, verga y muchos más, el pene se introdujo con fuerza en la literatura desde tiempos remotos. Puede encontrársele en la Biblia, en el momento del génesis mismo, cuando Dios ordenó la circuncisión para unirse a él en una “alianza que esté en vuestra carne de manera eterna”. Por su parte, el teólogo David Mace escribió: “Este órgano especial se convirtió en colaborador de Dios”, y afirmó que el pene fue escogido por el Señor debido a que es la parte más santa del cuerpo.

Lo que contradice el pecado de fornicación, que incluye al apéndice eréctil en sus páginas. Asimismo, San Agustín de Hipona y Tomás de Aquino tocaron el tema en diversos escritos, especialmente el primero, que culpaba a las mujeres de causar “involuntarias erecciones en los santos varones”. En la cultura india los tratados sobre el sexo y el amor Kamasutra y Ananga Ranga describen minuciosamente los diferentes tipos y tamaños de dicho órgano para llegar a la siguiente conclusión: “El hombre cuya linga es muy larga vivirá miserablemente pobre, si es muy gruesa siempre estará angustiado; si es delgada y seca será siempre dichoso y aquel que la tenga corta será un Rajah”, idea totalmente opuesta a la manejada en la cultura occidental.

Posteriormente, en 1351 Giovanni Bocaccio satirizó la visión católica sobre el sexo –siempre abyecto y pecaminoso para esa religión— en su célebre cuento “El diablo en los infiernos”; incluido en El decamerón relata cómo el Diablo (encarnado en el pene) debe introducirse en el Infierno (la vagina) para ser aplacado. Si bien al principio la joven no disfruta, termina reclamándole al hombre la falta de sexo, y por tanto el servicio a Dios: “Si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila” exclama la desdichada mujer.
Un affaire intenso

Causante de veneración, temor y placer; visto como potenciador del exceso, los vicios, el desenfreno y la ausencia de moralidad, el miembro viril ha sostenido un intenso affaire con la escritura. Autores que van de Charles Bukowski, D.H. Lawrence, Guillaume de Apollinaire, Edward Sellon hasta William S. Burroughs –nombrado en ocasiones el chupavergas de la literatura— conforman una lista que se antoja interminable; ellos y muchos más han convertido en partícipe y personaje central de su obra al órgano en el que los hombres depositan sus más sublimes y oscuros deseos; su identidad, estima propia y valía masculina, lo cual nos recuerda la famosa anécdota entre Fitzgerald y Hemingway.
El autor de El gran Gatsby citó a su amigo Ernest en el café Michaud para pedirle “la más absoluta verdad” sobre algo que lo atormentaba, el tamaño de su pene, pues Zelda Sayre, su mujer le decía que lo tenía demasiado pequeño. Ambos van al baño y el autor de El viejo y el mar le dice “estás perfectamente bien”. Al ver que no está convencido lo lleva al Louvre, a mirar las estatuas griegas para que se relaje. Hemingway comprendía su inseguridad: la disfunción eréctil que tenía debido a una herida de guerra y el significado que tiene el pene para un hombre lo hacía entender. De acuerdo con algunas versiones, ese padecimiento fue el que causó su suicidio. Sin pasar por alto las palabras de François Rabelais, que lo nombró “la primera pieza del armamento de un guerrero” mientras que Michel de Montaigne describía a su pene como ingobernable y desobediente.
Por su parte, Camilo José Cela exploró sus innumerables alias en el Diccionario secreto, para culminar con el libro del colombiano Roberto Palacio F., cuyo intimidante título Sin pene no hay gloria, muestra la importancia del órgano sexual masculino en la sociedad, mientras analiza los deleites y disgustos del falo y reflexiona sobre la masturbación, la felación hasta llegar al crimen sexual, lanzando la siguiente interrogante: ¿Cuántos de los delitos sexuales tipificados en el Código Penal de Colombia se pueden cometer sin el pene? La respuesta es, según su autor, prácticamente ninguno.
El héroe de la revolución sexual

Cada uno de estos autores reveló a su modo las distintas personalidades del pene, que ha sido descrito como un ser sublime o como un vil trozo de carne. Guillaume de Apollinaire lo usó en Las once mil vergas –título original frecuentemente suavizado con la palabra falo— como instrumento de un placer enfermizo, cruento; ahí, la picha, el rábano o cipote, es un elemento de depravación, abuso y tortura; un garrote, nabo salvaje y desasosegado que se excita con la fusión del placer con el dolor, que disfruta por igual con hombres, mujeres, niños y cadáveres. Con ello pretendía trasgredir la moral, criticar los excesos de la guerra y despreciar a la sociedad de la época. En Las proezas de un joven Don Juan, el panorama es distinto pero no por ello menos controversial; la presencia del incesto, el vouyerismo y la masturbación muestran el recorrido del protagonista hacia el despertar sexual y el descubrimiento del placer. En este libro el sexo es algo juguetón, alegre y despreocupado, lleno de descripciones sugerentes, elegantes, que rozan delicadamente la pornografía.
En El nuevo Epicúreo o las delicias del sexo, Edward Sellon, un londinense disoluto que vivió en la era victoriana, recrea por medio del estilo epistolar sus fantasías y experiencias. El indiscutible protagonista es su pene, descrito a menudo como “un elegante bastón con punta de rubí” que siente una irrefrenable atracción por las niñas a las que desvirga de manera frenética; niñas traviesas que sin malicia alguna se meten el pene en la vagina, la boca y el ano a la menor provocación. Considerado por muchos una oda e incluso una apología de la pederastia, filia a la que Sellon  se aficionó en India, la cual le provocó una angustia existencial tal que lo llevó a suicidarse en 1986.
Héroe de la revolución sexual

El pene se convierte en elemento de liberación para Constance Chatterley, una mujer que se entrega con intensa pasión y sin rastros de culpa a un hombre de clase social distinta: el rudo pero sensible Olive Mellors, un guardabosques que trabaja para su marido y para ella. Además de ser un componente libertador, el sexo y el placer no son únicamente una recompensa física, Lawrence deposita en el pene su admiración por lo que definía como deseo auténtico “coger con el corazón caliente” y la ternura enardecida; esto puede apreciarse especialmente en Mellors, que muestra la identidad de un hombre rudo que también es capaz de ser tierno y vulnerable. El arrojo y la entrega de ambos es rematado con la descripción sutil y profundamente erótica del orgasmo, la erección y la adoración de Chatterley por el pene de su amante; todo ello mientras el autor captura el grado de intimidad que alcanzan dos personas en un encuentro sexual,  revelado cuando Constance nombra Lady Jane a su vagina y Mellors nombra Sir John Thomas a su pene, quien junto con el guardabosques esperará paciente el regreso de su amada. Repudiada y tachada de pornográfica al momento de su publicación, la obra se irguió orgullosa en 1960, año en que una versión no autorizada desató un escándalo pocas veces visto que coronó a D.H. Lawrence como héroe de la revolución sexual.

Mostrar a un mujer libre y ansiosa de obtener placer sexual y a un hombre tosco capaz de expresar sus emociones fueron los elementos que consagraron a El amante de Lady Chatterley y a su autor, de quien se dice hizo por ambos sexos (especialmente por el femenino) lo que Lincoln hizo por los esclavos.
Burroughs hizo lo propio con descripciones de sus escarceos con jóvenes en Sudamérica en sus Cartas de la ayahuasca y en algunas escenas del Almuerzo desnudo, donde la homosexualidad y el sexo se mezclan con las drogas para lograr experiencias salvajes y visiones aterradoras. Mientras que en su cuento Una mañana decisiva, Bukowski erige al pene como actor principal: el relato comienza con Barney penetrando el culo de Shirley, para después presumirle su erección “Mira, nena ¡el Everest!”. Sin embargo, en Quince centímetros –título que sería deleite de Freud— va más allá, revolviendo el porno, el gore y la macrofilia, (fetichismo por ser encogido y estar a merced de una mujer de tamaño normal) en una de las historias más bizarras de su repertorio, en la que el personaje central  es  introducido en la vagina de su mujer y utilizado como pene.
Dejad que los penes vengan a mí

Actualmente el pene puede verse en todos lados y en toda clase de publicaciones, está presente en catálogos de moda, pinturas, estatuas, cómics, etcétera. Incluso la editorial Taschen le dedicó el delicioso The Big Penis Book, una colección de imágenes de penes imponentes y los hombres pegados a ellos. Pese a todo lo anterior, la polémica peneana retornó hace poco, cuando en Argentina el periodista Juan Terranova criticó a la organización feminista Hollaback e hizo una defensa a los piropos, para concluir que si viera a Inti María Tidball-Binzla –representante de la organización en ese país— le invitaría un trago para después “romperle el culo a pijazos”. Aunque sumamente vulgar y desproporcionado, si se lee artículo completo, es posible notar la ironía y el juego; pero no todos son capaces de reírse de lo políticamente correcto, en especial las feministas radicales, cuyo sentido del humor y la autocrítica son inexistentes, o en palabras de Terranova: “Pedí disculpas, porque soy una persona educada y me dedico a la comunicación. Igual no sirvió de nada. Hollaback pidió que me disculpara y lo hice, ¿qué pretendían, que me cortara el miembro en la plaza pública?”
La importancia del pene en la literatura y las artes es innegable. Teniendo en cuenta que la lectura es para el cerebro lo que el sexo para el cuerpo, imaginen el resultado cuando ambos se mezclan con lujuria, la pornografía y el pene; que tendrá que seguir acometiendo la estrechez de un mundo que continúa usando torpes eufemismos para referirse a él y sigue ocultando la fascinación que le produce.
A veces celebrado y otras castrado por la censura, el pene seguirá irguiéndose en la literatura y en cuanto lugar se le permita para seguir penetrando en los más diversos ámbitos. Así como las diferencias entre comer y coger son mínimas (apenas una letra), las diferencias entre lectura y sexo también son pocas; después de todo si hay algo mejor que leer sobre el pene es entregarse a él. Cualquiera que lo haya sentido crecer bajo su tacto, en su boca, o perdido en un frenético vaivén al interior de sus laberinticos orificios, sabe de lo que hablo, algo que literariamente podríamos denominar como realismo mágico.