¿Existió Jorge Luis Borges?

POR Alfredo C. Villeda
 Cuenta José Emilio Pacheco que François Mauriac, él ya premiado por la Academia Sueca, leyó el libro de relatos Ficciones y reprochó: “Ah, los autores europeos, aún rumiando en los establos del naturalismo, cuando en América Latina ya existe Borges”

Con la muerte del argentino Ernesto Sabato a los 99 años, hace unas semanas, era inevitable evocar el velorio, décadas atrás, de otra argentina que partió a la misma edad, madre del universal Jorge Luis Borges. Una doliente, también ya entrada en la vejez, se acercó al poeta y le dijo algo así: “Pobrecita, cuando ya iba a cumplir 100 años”. Y le dio un abrazo con sus más sinceras condolencias al célebre deudo, que respondió: “Sólo puedo decirle que usted es una amante del sistema métrico decimal”.

Borges podía recitar de memoria a Shakespeare y a Poe, a Baudelaire y a Mallarmé, pero también dar respuestas como la de los funerales de su madre o la que le dio a su paisano Juan José Saer cuando charlaban sobre la persistencia del poeta a hacer prefacios a ciertos libros de malos autores: “Mi madre me lo pidió”. Acerca de su resistencia a escribir una novela, una forma que presumía obsoleta, no pocas veces expresó que era por simple pereza.
El Premio Nobel fue un tema que lo acompañó desde joven. Su irrupción en Europa lo puso en esa condición desde la medianía de su siglo, el XX. Cuenta José Emilio Pacheco que François Mauriac, él ya premiado por la Academia Sueca, leyó el libro de relatos Ficciones y reprochó: “Ah, los autores europeos, aún rumiando en los establos del naturalismo, cuando en América Latina ya existe Borges”. El naturalismo, hay que recordar, nunca acabó de gozar de gran reputación, sobre todo tratándose de un movimiento y no una corriente literaria.
El poeta, señalado año tras año como candidato, ironizaba: “Yo siempre seré el futuro premio Nobel. Debe ser una tradición escandinava”. A la luz de revelaciones relativamente recientes de Adolfo Bioy Casares, ya nadie puede estar seguro de la seriedad o legitimidad de la campaña borgesiana para promover al regiomontano Alfonso Reyes para la máxima distinción. Borges solía decir que nadie escribía el español como el autor de Visión de Anáhuac. Y conste que a los paisanos no les iba tan bien con el argentino. En “El asesino desinteresado Bill Harrigan”, por ejemplo, alude a las víctimas del pistolero, representadas por las 21 muescas en la cacha del arma, “sin contar mejicanos”.
Bioy cuenta en sus memorias otra versión. Quizá la del otro Borges, fijación ésta del otro yo recurrente en la obra del poeta. Aquí las anécdotas giran en torno del sarcasmo y el desprecio hacia los libros de Reyes. Pero Jorge Luis partió hace 25 años y ya no puede refutar a su amigo. La historia oficial lo deja, entonces, como el impulsor de la candidatura del mexicano al Nobel. Y en una tumba en Ginebra, donde eligió descansar, una vez que el infierno y el paraíso le parecían “desproporcionados, porque los actos de los hombres no merecen tanto”.
Polvo y tiempo y sueño y agonía, como en su verso de “El ajedrez”, son algunos de sus temas obsesivos. También la vista, de la que pronto prescindió en los términos mortales en los que el resto piensa, y los felinos. Algunas personas le preguntaban cómo era ver todo negro, pero él respondía que esa ausencia de color, el negro, era algo que extrañaba, a diferencia del amarillo jaguar. Cuando fue designado director de la biblioteca de Buenos Aires, ya invidente, escribe: “Nadie rebaje a lágrima o reproche /esta declaración de la maestría /de Dios, que con magnífica ironía /me dio a la vez los libros y la noche”.
El sexo, en cambio, era algo apenas insinuado, como en los relatos “La intrusa”, en el que dos hermanos riñen por una mujer, o la violación en “Emma Zunz”. En el poema “Las causas” evoca el paraíso, la tiniebla, el alba, Penélope, el mar abierto, el reloj y otros ecos borgesianos para rematar con estos versos: “Se precisaron todas esas cosas /para que nuestras manos se encontraran”. Acaso sean estas líneas las más atrevidas.
El novelista portugués nacido en Italia Antonio Tabucchi se ha preguntado en un ensayo de mayo de 1999 si Borges de verdad existió. Un cuarto de siglo después de la muerte del poeta, quizá la pregunta aún sea pertinente.