John Eric Armstrong: una muerte en cada puerto

POR José Luis Durán King
El hallazgo de cuatro mujeres arrojadas al lado de unas vías condujo a la policía de Detroit a la detención de un homicida serial cuyo ejercicio lo desarrolló dentro
y fuera de Estados Unidos

La noche del 10 de abril de 2000, la policía de Detroit recibió una llamada en la que le reportaban el hallazgo de tres mujeres muertas al lado de unas vías. La investigación determinó que los cuerpos correspondían a tres prostitutas, asesinadas cada una de ellas en diferentes fechas, esto, de acuerdo con los estados de descomposición que presentaban los cadáveres. La auscultación se prolongó hasta la madrugada, debido a que cerca del lugar los uniformados hallaron un cuarto cuerpo.
El reporte forense indicó que uno de los cadáveres había sido arrojado tres semanas antes; otro llevaba ahí un mes, y uno más quizá no pasaba de las 12 horas. De la cuarta mujer no hay mayores datos. Lo cierto es que cuatro cadáveres de mujeres arrojadas en un mismo lugar, con diferentes fechas de sacrificio, sólo indicaban una cosa: la policía de Detroit estaba enfrentando a un asesino serial, y eso lo sabían los agentes con mayor experiencia.
Entre 1991 y 1992, en un periodo de nueve meses, las autoridades se las vieron con un predador que violó y mató a 11 mujeres, todas ellas prostitutas con antecedentes de drogadicción. Varias de las víctimas fueron abandonadas en habitaciones de moteles y en edificios solitarios cercanos a la Avenida Woodward y a Highland Park, en Detroit.
Al ser arrestado, el criminal dijo llamarse Benjamin Atkins, de 29 años. Confesó que mataba prostitutas porque las odiaba.
Con base en esa experiencia se formó una fuerza de diferentes jurisdicciones para atrapar al nuevo homicida reiterativo: Unidad de Crímenes Sexuales de Detroit, Fuerza de Tarea de Crímenes Violentos, FBI, Policía Estatal de Michigan, Policía del Ferrocarril de Conrail y la Oficina de Exámenes Médicos del Condado Wayne.
Los investigadores reunieron reportes policiacos de diferentes fechas, interrogaron a mujeres y travestis que decían haber escapado con vida de las intenciones de un violento individuo que manejaba una Jeep Wrangler, compararon muestras de ADN con todo tipo de examen que hubiera en los reportes policiacos y patrullaron los lugares donde se ejercía la prostitución, entre ellas la Avenida Michigan.
Fue en esta arteria, su coto preferido de caza, donde un individuo de 27 años fue detenido a bordo de su Jeep Wrangler para ser interrogado.
Error costoso

Meses antes, el 2 de enero de 2000, un hombre llamó a la policía para informar que el cuerpo de una mujer flotaba en el río Rouge, en Dearborn Heights, un área industrial de Detroit. Cuando llegaron los agentes, el informante les dijo que mientras caminaba en esa zona sintió ganas de vomitar, por lo que se inclinó sobre un puente, haciendo el hallazgo.
Los investigadores preguntaron el nombre al individuo y esté respondió: John Eric Armstrong. Las autoridades percibieron varias lagunas en el testimonio del hombre, por lo que fue detenido para ampliar el interrogatorio. Armstrong dijo a los agentes: “Oigan yo soy la persona que llamé a la policía”. El sospechoso fue liberado debido a que no había nada consistente aún para retenerlo. El error de la policía en ese momento fue incorporar la investigación en una dinámica burocrática. De haber agilizado el trámite se hubieran evitado cuatro muertes más de mujeres, las que fueron tiradas al lado de las vías.

Cuando finalmente fue detenido a bordo de su Jeep e interrogado nuevamente por agentes con más experiencia, Armstrong se derrumbó y entre sollozos confesó el asesinato de Wendy Jordan, la mujer rescatada en el río.
Sin embargo, el sospechoso después confesó otro homicidio, y otro más y más. La policía comenzó a sacudir los expedientes y llegó a la conclusión de que el marinero John Eric Armstrong, esposo ejemplar y padre de dos hijos, quien había viajado por varias partes del mundo en un portaviones, había asesinado, además de Estados Unidos, en diferentes países, entre otros, Tailandia, Singapur, Corea, Israel y Hong Kong. La lista alcanzó la cifra de 30 mujeres ultimadas, y un hombre.
En su confesión dijo que odiaba a las prostitutas porque en ellas veía el rostro de su padre, quien lo violó desde niño y por muchos años.
La gente que lo conocía dudó en un principio que ese joven alto, corpulento, medio amanerado y educado fuera uno de los peores homicidas seriales de Estados Unidos. Pero Armstrong era lo que era, y en demasía. Alcohólico, sufría de alucinaciones, depresión crónica, desorden de personalidad y era un sádico que le gustaba gozar sintiendo que tenía el poder en todas las situaciones, de ahí que había llamado a la policía para informar sobre un homicidio que él mismo había cometido. Es decir, gozaba practicando el juego del gato y el ratón. Fue condenado a prisión de por vida.