¿Le reprochan la sonrisa, el abrazo, el escapulario?

POR Alfredo C. Villeda
Como la dramaturga Amérika Moreschi y el colega Julio Hernández López, censuran ya el proceder de Sicilia. Ella vio tibieza. Él, una faena presidencial de la que Calderón salió intacto. Quizá no sea ocioso recordar que el mandatario es un político profesional y el otro un ciudadano involucrado en estas lides por la tragedia

Diálogo, una palabra que procede del latín y, en su origen primario, del griego, es también invocada como arma en la filosofía, la narrativa y la poesía. Así la concebían Platón, Balzac y Solyenitzin. Con esa voz en plural se intitula una obra capital del pensador ateniense; con esa voz el novelista francés decía emprender una conquista al estilo de Napoleón con su espada, y con esa voz el poeta ruso alegaba que ningún país que echara mano de ella será conquistado. Diálogo.

Otro poeta, neoactivista, quien siempre ha recurrido a la palabra escrita para dar a conocer sus puntos de vista de forma pública, emplazó a diálogo al presidente Felipe Calderón. Después de dos caravanas, una de Cuernavaca a la Ciudad de México y otra de la propia capital morelense a El Paso, Texas, y pese a algunos desencuentros verbales a través de los medios de comunicación, la cita se concretó el jueves pasado en el Castillo de Chapultepec.
La víspera de la reunión Javier Sicilia llamó a sus acompañantes a proceder con “cordura”, una vez que se trataba de un diálogo, es decir, en el mejor español, una plática entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos. No estaba preparado como el mitin del Zócalo, en el que el escritor improvisó y pidió el cese de Genaro García Luna, titular de Seguridad Pública federal, como demostración de que el mandatario los había escuchado.
El encuentro mantuvo un tono respetuoso en el que se pasó de la solemnidad al tuteo del Presidente a Javier, y acabó con twitts en tiempo real, una interrupción para fumar, la entrega de un escapulario y un rosario, sonrisas y un abrazo, además de algunos compromisos. Queridos amigos del fusilero, como la dramaturga Amérika Moreschi y el colega Julio Hernández López, censuran ya el proceder de Sicilia. Ella vio tibieza. Él, una faena presidencial de la que Calderón salió intacto. Quizá no sea ocioso recordar que el mandatario es un político profesional y el otro un ciudadano involucrado en estas lides por la tragedia.
Pero quizá más allá de los dos camaradas citados, otros esperaban un tono diferente. Reclamar a Calderón, por ejemplo, que adelantara el epílogo de su gestión cuando dijo que en el recuento de daños saldrá mal parado “de forma injusta”, sabedor de que será recordado como el presidente de los 40 mil muertos. Él, que otrora prometió ser el gobernante “del empleo”, después presumió a medio camino ser “el de la salud” y terminó reconociendo el jueves, resignado, su sino salpicado de sangre.
Otros se quedaron con las ganas de que Sicilia se levantara de su lugar, airado, y exigiera “nombres, nombres”, cuando el mandatario reveló que sabía de jueces que están en las nóminas del crimen, pero no tiene las pruebas para llevarlos a la cárcel. Esperaban, acaso, que se le censurara soltar la especie de que los juzgadores son corruptos y él no ha hecho nada para impedirlo, ni siquiera ha puesto una denuncia, él, que junto con su equipo llaman a la población a dar a conocer ante la autoridad competente los delitos de los que son víctimas.
O desearon un manotazo, una expresión de encono, una vez que Calderón incurrió en la enésima contradicción: reconoció no haber sido informado del fallido operativo Xoloitzcuintle, por lo que ya aplicó el “correctivo” correspondiente, y acto seguido llamó “raza de víboras” a los obispos de Ecatepec y Mexicali, eso sí, todo amparado en el respeto irrestricto de la división de poderes. ¿Por fin? Si el Poder Judicial tiene autonomía, ¿por qué se queja de no haber sido enterado? Menos si fue en flagrancia. Y si Jorge Hank Rhon la libró a partir de la evidencia, ¿por qué insultar a sus poderosos amigos integrantes del clero?
En el desenlace, pues, Sicilia se ciñó al guión, hizo sus reclamos con civilidad y cumplió con su deseo de concretar un encuentro en el que privara la cordura y expusiera sus ideas al mandatario en público. Si en ese periplo el Presidente se lo chamaqueó con fines políticos, hay que recordar que el poeta es el nuevo en el barrio, como en su momento sucedió con Alejandro Martí y Nelson Vargas.
¿Debería el poeta haber gritoneado a su interlocutor, como aquella pobre mujer en Ciudad Juárez, o haberle dado un zape, como al entonces secretario de Gobernación en esa victimizada urbe fronteriza, para llevarse las palmas de un sector específico de la población? Nunca se planteó un encuentro así, y es obvio que nadie en sus cabales la habría aceptado. El acuerdo fue un diálogo, y con esa arma, como Platón, Balzac y Solyenitzin, acudió el escritor que perdió a su hijo a manos del crimen organizado.
¿Le reprochan la sonrisa, el abrazo, el tuteo imprevisto, los regalos que no son un look? ¿De plano?