Los falsos confesores

POR José Luis Durán King
Unos mienten, otros engañan, pero pocos de los homicidas seriales dicen la verdad, sobre todo cuando se trata de confesar su cifra de asesinatos

Los años 80 del siglo pasado marcan en Estados Unidos la emergencia de una industria oscura basada en la imagen del homicida serial. Además de un surgimiento considerable de groupies (seguidores a ultranza, hombres y mujeres), de imitadores y aspirantes a ser uno de estos criminales, se creó un mercado con todo tipo de productos con base en estos predadores

: desde la estampa coleccionable, hasta las playeras y los calendarios, además de programas televisivos y primeras planas para estos asesinos y sus hazañas.

En Estados Unidos, los hombres solitarios (el homicidio serial, al menos en EU, se mantiene como monopolio masculino), proscritos y que matan, gozan de una siniestra popularidad, no obstante que muchos de ellos agreden a los sectores más vulnerables de esa sociedad, es decir, niños, mujeres y ancianos. La empatía que logran estos ángeles caídos con una gran parte del público estadounidense es utilizada por los primeros para alcanzar mayor notoriedad, tanta como sea posible, pues algo que caracteriza a los psicópatas (y los asesinos en serie lo son) es, precisamente, solazarse, satisfacer sus deseos (entre ellos el de notoriedad), y no les importa en absoluto que para esto causen el mayor de los dolores a los demás miembros de una comunidad. Por lo mismo, es muy común que, una vez que un predador de esta naturaleza es capturado, no sólo confiese detalladamente sus delitos propios, sino que añada otros (existentes o no) o intente adjudicarse unos más que no cometió y que permanecen sin resolver.
La aseveración anterior no sólo corresponde a criminales de poca monta, sino que incluso multihomicidas prominentes aumentan desmedidamente su bitácora para que, a través del horror y el asombro, escalen posiciones en las Serpientes y Escaleras de la hecatombe serial.
Buenos para mentir

Por ejemplo, en el año 2000 la policía del condado El Paso, en Colorado, fue parte de una extraña correspondencia de un hombre que en primera instancia parecía inspirado por los mensajes del también homicida en serie autodenominado Zodiaco. La misiva decía: “Siete vírgenes sagradas, sepultadas lado a lado, las menos dignas se encuentran dispersas. Si conduces hasta la zona de anotación en un Trans Am negro, el resultado podría ser de 48 a 9”. La carta incluía un mapa dibujado a mano en el que aparecían los nombres de Colorado,
Washington, California, Nuevo México, Texas, Oklahoma, Louisiana, Arkansas y Mississippi, con el número de víctimas escrito al lado de cada estado.
La investigación de las autoridades condujo a Robert Charles Browne, de 38 años, quien, una vez detenido, declaró que asesinaba desde 1970, que lo había hecho en nueve diferentes estados y que acumulaba 48 víctimas. Aunque los investigadores desempolvaron los archivos de casos fríos fueron muy prudentes en el rubro del número de las víctimas, pues sabían de la tendencia de los homicidas reiterativos a amplificar su actividad.
Y así fue: resultó que de los 48 homicidios que se adjudicaba Browne, sólo proporcionó información plausible de 19 y se consideró viable su participación en siete, de los cuales proveyó datos sólidos.
Asimismo, la policía de Colorado descubrió que Browne de alguna manera tenía conocimiento de casos no resueltos, hacía el seguimiento de ellos, se los adjudicaba como de su autoría y daba a la policía información que ésta conocía de antemano.
Entre los falsos confesores más notables destaca H.H. Holmes, quien dijo haber sacrificado a 100 víctimas, aunque la policía sólo pudo comprobarle 27, que, de cualquier forma, es una cantidad espeluznante. Donald Harvey decía que había matado a 80 personas, cuando en realidad acabó con la vida de 37. Glenn Rogers, un playboy de rancho capturado en 1995, conectado con cinco homicidios, se dio el lujo de decir que él había asesinado a Nicole Brown, la esposa de O.J. Simpson.

El mentiroso más notable de los homicidas seriales es Henry Lee Lucas, arrestado en 1983. De acuerdo con sus confesiones iniciales, las autoridades en un principio pensaron que era culpable de más de 350 asesinatos, cifra que había cosechado en su periplo por 27 estados de la Unión Americana. Sin embargo, al frente de un auditorio repleto con representantes de diversos medios, dijo que las autoridades lo habían forzado a confesar decenas de crímenes que no cometió. La cantidad inicial se redujo a cuatro víctimas, entre ellas su madre, por la que ya había purgado condena. Se especula que incluso la víctima denominada Medias Naranjas no fue responsabilidad de Lucas.