Maléfico póster de Carlos Fuentes

POR Óscar Garduño Nájera
Roberto pasa por una etapa de infertilidad y decide dejar el cuento de Homero por un rato, mientras se va a pasar mejores momentos con la siempre fiel “Susana” y sus nalgas inspiradoras

Primero un ejercicio con el cual decía entretener la soledad y el tedio de sus días tras la ruptura en plena librería con su novia. Y Roberto escribió una palabra, luego otra. Se detuvo un momento y se reprochó no haber sido condescendiente con ella en cuestiones de literatura, tal vez y hasta haberle comprado la nueva de Murakami o de Auster. “¡Por Dios!, preferir eso a Fuentes”, se repite. Vinieron más palabras. Luego llegó un párrafo. Después vino un punto y aparte. Entonces su novia se hizo polvo.

Una idea bien expuesta según los procedimientos técnicos, quizás algo de Montaigne, y ya: frente a él tenía una libreta donde aparecían enlaces tipográficos que seguramente tenían un significado. ¿Cuál? No lo sabía, pero siguió con otra palabra y luego se puso de pie, llamó “puta” a su novia, caminó hasta llegar al pequeño espejo que colgaba al lado de su póster de Carlos Fuentes y leyó en voz alta: “aquí hay algo, aquí hay algo”.
Acordó la cita por la tarde en una cafetería del Centro. Ahí llegó y dio la libreta a un profesor de español de la secundaria, quien después de examinar minuciosamente, abrir la boca, decir “ah, ah, ah”, y beber a sorbos su taza de capuchino, dictaminó que eso era un cuento de la manera tradicional, si se quiere, ya que el profesor únicamente conocía esa estructura, pues cuando estudió aún no se sabía nada de minificciones, estructuralistas o textos por el estilo, todos eran cuentos y punto.
 Sus lentes de pasta se movieron ligeramente cuando alzó su cansada mirada, lo vio como extraterrestre:
—¿Usted lo escribió?
Robertó dudó antes de contestar. Si decía que sí, quizás iba a quedar marcado de por vida, algo así como un leproso del medievo a quien la gente señala y dice: “Ese pobre infeliz escribe cuentos” (exemplas, para ser más precisos); si decía que no, el profesor tendría la impresión de que Roberto era un chismoso, además de ladrón, ladrón de libretas con cuentos, pero vulgar ladrón. Dejó caer su rostro, se hundió en la silla y…
A partir de ese momento, Roberto comenzó su carrera literaria. Motivado por las palabras del profesor, quien habló de las mil y una noches, de caperucita y de los tres cochinitos, al regresar a casa agarró nuevamente la libreta y dejó que la mano, junto con el bolígrafo como pareja de baile, emprendiera su danza en medio de la pista blancuzca. Entonces llegó un personaje que bautizó como Homero y que escribe poesía, e incluso cuando sus poemas son malísimos (se entiende, no tiene un profesor de español a la mano) se empeña en escribir, pues según él es una necesidad, algo así como cuando el médico te dice “debe dejar el cigarro o se nos muere”; todos están de acuerdo: es una necesidad que pondrá a salvo tu vida, o al menos es lo que piensa Homero o Roberto.

Homero tiene muchos poemas (cortos, defensores a ultranza del verso libre) en libretas de pasta blanda y cuadro chico. Prefiere la marca Odisea porque son las que tienen el arillo metálico más resistente.
Cierta tarde, Homero sale a caminar después de comer y al dar vuelta en una calle choca con Menelao, quien fue su profesor de literatura universal en la secundaria. Sin percatarse de ello, Homero se disculpa y, al hacerlo, se da cuenta que una de sus libretas fue a dar al piso; Menelao la recoge, lee un poco y pregunta:
—¿Usted los escribe?
Como característica psicológica de Homero tenemos que es tímido y mueve la cabeza de arriba abajo en un tip que le dejaron los partidos de tenis por televisión. Menelao vuelve a abrir la libreta Odisea y lee en voz alta.
(Aquí Roberto hace un paréntesis y dice que los poemas de Homero son muy malos, intentos de poemas escritos así, sin ton ni son, cojos de metro, trolebús y camión, como melodías silbaditas mientras se espera a la novia, al novio o a la amante, uno nunca sabe).
Menelao se ofrece para asesorar a Homero luego de contarle que hace algunos años hizo, junto con algunos compañeros de la universidad (“hombres, principalmente, pues no aceptábamos mujeres. por muy buenas que fueran o estuvieran”), una revista literaria que se llamó Caballo Verde, o rojo, los colores le cuestan ahora que tiene daltonismo. Dice que no era una revista tan buena y que sólo sacaron cinco números (aquí Homero se imagina las portadas), porque al sexto se les acabó el dinero y los colaboradores ya no querían escribir de a gratis. A muchos de ellos les había llegado la fama desde los dos primeros números y ahora eran aclamados en conferencias (una de ellas titulada: Los lugares comunes en la literatura mexicana) y en cantinas con nombres literarios (El Gallo de Oro, por ejemplo), en fin, Menelao tampoco se quiere hacer el chillón y dice, engrosando una voz más bien tierna, que lo primero por aprender en poesía es el ritmo.

—¿Conoce El manual de métrica española de Tomás Navarro Tomás?
Roberto sabe bien que Homero no lo conoce, y lo sabe porque a él le da mucha flojera acercarse a sus más de 400 páginas en un español que parece de Marte, si es que allá se habla español. Prepara la respuesta de Homero y se le viene a la mente El arco y la lira de Octavio Paz.
—Ni siquiera sé quién chingaos es Tomás Navarro Tomás.
Para estas alturas los dos ya se volvieron amiguísimos; pasa el tiempo, digamos unos cuantos días, y nuestra cámara narrativa aterriza sobre la mesa de una cafetería; son, tal vez, las cuatro de la tarde, aunque en eso de los horarios Roberto prefiere que sean las cinco, ya que sabe que esa hora es ideal para el café. Poca gente. Una canción ranchera sale de alguna parte.
—¿Conoce usted el libro El arco y la lira?
Por supuesto que Roberto conoce el libro, y puesto que consejo básico es escribir acerca de lo que uno conoce, prepara nuevamente la respuesta de Homero.
—Sí lo conozco, y aunque algunos capítulos son francamente de hueva, el que está dedicado al ritmo fue el que más me gustó.
A Homero, piensa Roberto, yo en realidad amo todo Paz.
Homero finaliza su primer libro de poemas (mediocre, si se quiere, pero libro a fin de cuentas) y lo titula Caballo verde. Menelao acepta presentarlo en la cantina El Gallo de Oro, con unas cuantas cervezas y botanas de honor.
Roberto muestra los avances de un cuento que parece novela a su maestro de español, y luego de pelar los ojos, éste dice que le hace falta más fuerza (punch, decía Cortázar), una adversidad en la trama, según Poe, y que las muertes de los personajes principales siempre ayudan, y si mueren en circunstancias trágicas mucho mejor (desde el Quijote, pasando por Dorian Gray, Ana Karenina, Pito Pérez, Pedro Infante, etcétera).
A una semana de que sea la presentación del libro de poemas de Homero, Menelao fallece de un paro cardiaco fulminante mientras da sus últimos suspiros al lado de una puta en un hotel de paso cercano a la cafetería. Roberto en esta parte se acuerda de las nalgas de la “Susana” y piensa en una probable dedicatoria para su cuento.

El profesor de español enfurece, parece sacar humo de las orejas y le dice a Roberto que es una tontería, además de una incongruencia, que a alguien le publiquen poemas mediocres, pues en México casi nunca sucede (luego da una cátedra acerca de los procesos editoriales).
Una vez que sale a la venta Caballo verde, Homero recibe elogios por parte de la crítica especializada y en menos de un mes ya se perfila como uno de los mejores poetas del siglo XXI de la llamada generación Equina; no obstante, en lugar de sentirse “la divina garza”, Homero es humilde y durante una entrevista por televisión afirma que él no sabe nada de literatura ni de personajes y de géneros, que él es un ignorante de las letras (acepta no haber leído El manual de métrica española de Tomás Navarro Tomás) y que si escribe es por un impulso casi mágico que le llega por las noches:
—Es como si una voz atrás de mí, o a un lado, me dictara lo que tengo que pasar a las libretas Odisea.
Roberto no tiene la menor idea de cómo diablos concluir el cuento ahora que Homero es un poeta medianamente consagrado.
Homero gana dos premios de poesía locales; al año siguiente gana uno de los premios internacionales más importantes. Ahora tiene algo de dinero y fama: se para en la fila del cine y lo reconocen: muchachitas despeinadas corren hacia él para que les dedique esa edición de pasta dura con fotografía de cuerpo completo en la cuarta de forros.
Roberto pasa por una etapa de infertilidad y decide dejar el cuento de Homero por un rato, mientras se va a pasar mejores momentos con la siempre fiel “Susana” y sus nalgas inspiradoras.
Homero se va de viaje a Francia para presentar una traducción de Caballo verde; permanece allá cinco años y aquí no sabemos qué carajos pasa con su vida.
Roberto dice: puff, y respira un poco más tranquilo.
Presa de espantosas pesadillas al lado de Carlos Fuentes, Roberto se levanta sudoroso, enciende un cigarro, jura que al amanecer arrancará el póster de Fuentes y llama por teléfono al profesor de español tras soltar la primera bocanada.
—¡Lo voy a matar!, usted dijo que las muertes siempre ayudan —grita Roberto frente a los oídos adormilados del profesor.
Roberto escribe: 
“Homero está borracho en una popular calle del Barrio Latino e ignora que en cualquier momento puede sufrir un accidente, pues los accidentes son impredecibles.”
Mientras tanto, Homero escribe en una de sus libretas Odisea: “¡No me gusta el Barrio Latino!”
Roberto borra Latino y…
En una calle de lo más negro de París, donde el mismísimo Baudelaire se hubiera asustado…
Homero escribe: un hombre que admira a Carlos Fuentes sufre al concluir un cuento por demás mediocre, y piensa que “Roberto” es un buen nombre para su personaje de esa obra que lo elevará por fin a la cumbre: toda una historia épica con influencias tanto griegas como de la canción ranchera.
Roberto no puede y está desesperado. Ha roto más de cinco hojas y el dinero se le terminó para regresar a las nalgas de la “Susana”.
Homero está desesperado.
Los dos arrancan la hoja, la arrugan, la arrojan al bote de basura.
Muere el profesor de español. Se cree que se suicidó tras enterarse que no lo tomaron en cuenta para el consejo editorial de Caballo verde.
A la semana siguiente el cuento Personajes aparece publicado en el número 6 de Caballo verde, las ventas se vienen a pique, su autor se suicida y la revista desaparece, dejando a sus colaboradores con enormes deudas económicas.