Wade Frankum: diez minutos de demencia

POR José Luis Durán King
 Años de odio contra el mundo se condensaron en la masacre de la estación Strathfield, cuando un individuo solitario decidió que el tiempo de ajustar cuentas había llegado
La tarde del 17 de agosto de 1991, Bo Armstrong, de 15 años, platicaba con su amiga en la cafetería Pot de la estación Strathfield, en Sidney, Australia. Cerca de las 15 horas, un hombre con una bolsa deportiva entró al local y pidió el primero de varios cafés que consumiría en menos de media hora. A Bo y su amiga les llamó la atención la conducta del hombre, quien hablaba y gesticulaba con un interlocutor que no existía.

Antes de sentarse a beber café, Wade Frankum, de 33 años, había llegado a la estación con una misión. Al caminar en busca de un espacio donde pudiera desbocar sus pensamientos, el individuo se encontró con un conocido, al que le dijo sin detenerse a conversar: “Sería mejor que te fueras a casa”.
Cuando el reloj del establecimiento marcaba las 15:30 horas, Frankum pidió la cuenta de todos los cafés que había bebido y se agachó a hurgar en su equipaje. Bo y su amiga respiraron con alivio al ver que el individuo de comportamiento extraño estaba a punto de marcharse. Las dos adolescentes habían comentado durante su charla que Frankum parecía estar loco. Le habían atinado: el hombre padecía de sus facultades mentales.
Wade Frankum eran un solterón solitario, con un gusto peculiar por las películas gore, el porno duro y las armas, una combinación letal presente en varios asesinos tanto masivos como seriales. El hombre había sido un niño depresivo, al que sus padres habían dado más regaños que afecto. Con sobrepeso, en la escuela era la burla de sus compañeros, quienes lo apodaban Piggy (Cerdito). Para evitar enfrentarse a una realidad que lo aporreaba, Frankum se refugiaba en la biblioteca del colegio, lo mismo para leer libros o para no entrar a clases. A los 16 años finalmente fue expulsado a causa de su reiterado ausentismo.
Sin haber terminado siquiera la high school, lo mejor que le pudo suceder a Frankum fue conseguir un empleo en una tintorería, a la que dedicó todo su empeño. Sin embargo, una semana antes de visitar la estación de Strathfield fue despedido, cuando su patrón descubrió que el tímido individuo robaba prendas de los clientes. Antes de decidir qué iba a hacer con su vida, Frankum se encerró a piedra y lodo en su departamento, atestándose de películas porno y revistas de guerra. Cuando abandonó su guarida, todo en él era odio contra el mundo.
Sin pagar la cuenta

El mesero de la cafetería Pot nunca alcanzó a entregar la cuenta a Wade Frankum, quien extrajo de su bolsa deportiva una navaja militar. Con el arma en la mano, de pie, el hombre hizo un rápido recorrido visual por el local. En el ambiente de la conversación, nadie puso atención en la masacre que estaba a punto de comenzar. Frankum eligió la opción más fácil: en la mesa de al lado estaban las dos amigas adolescentes. Bo supo que era atacada hasta que sintió que la hoja de metal entraba en su espalda. Además del impacto, el agresor recorrió la navaja varios centímetros por la superficie herida. La gente estaba petrificada, nadie se atrevió a defender a Bo, quien gritaba de dolor y hacía esfuerzos desesperados por zafarse de su agresor. Cuando sus gemidos fueron acompañados por escupitajos de sangre, sus pulmones estaban reventando en su interior.
El dueño de cafetería, George Mavis, intentó asistir a la muchacha. Frankum, para entonces, ya tenía en la mano un rifle automático. Mavis fue recibido de un balazo en el rostro, muriendo instantáneamente. Después una ráfaga acabó con la vida de un matrimonio de tercera edad. Antes de salir de la cafetería, el asesino disparó contra otras mesas, donde una madre tuvo tiempo de proteger con su cuerpo a sus dos hijos, salvándolos de una muerte agendada.
Wade Frankum sabía que alguien en la estación había llamado a la policía, así que se dispuso a huir, disparando indistintamente. Detrás de él había dejado seis personas muertas; una más moriría horas después en el hospital.
Al llegar al estacionamiento, el individuo se sentó en el asiento de copiloto del auto de Catherine Noyce, a quien le ordenó que manejara. La mujer obedeció sin chistar, sobre todo porque el hombre alcanzó a musitar que había matado a varias personas. Cuadras después, Frankum pidió a la mujer que detuviera el auto y le alcanzó a decir: “Lo siento”. Noyce se alejó, pero pudo ver cómo Frankum se hincó a mitad de la calle, colocó el rifle debajo de su barbilla y jaló el gatillo.
En la masacre de Strathfield, Wade Frankum invirtió diez minutos de su tiempo, disparó 50 balas, contando la que utilizó para suicidarse, y dejó un saldo final de siete muertos.