A 50 años de su muerte. Céline: Dios y los hombres, una moneda devaluada

POR Opera Mundi
Viaje al fin de la noche, novela de este autor francés que cumple 50 años de muerto, es considerada una obra de destrucción, un evangelio de odio. El nihilismo de la desesperación contenida en la producción de Céline adquiere relevancia y actualidad en una época como la nuestra, que se ha caracterizado por una violencia extrema

La portera parisina, “esa mujer abrumada, pobre mártir, consumida por tanta verdad”, tiene en las páginas de Viaje al fin de la noche un lugar especial, pues a través de ellas logró acceder, como institución francesa, a la inmortalidad. No es de extrañar, por lo mismo, que una de esas porteras exclamara a propósito de la presencia de Elizabeth Craig, amante de Louis-Ferdinand Céline de 1926 a 1933, que “esa mujer no caminaba, ¡volaba!”

Hombre con una marcada predilección por las bailarinas, pues, según decía, su gracia contrastaba con la fealdad del mundo, Céline tuvo en esas artistas dos grandes amores: Lucette Almanzor y Elizabeth Craig. Ambas compartieron, aun sin conocerse personalmente, los secretos de un novelista que, aunque etiquetado como maldito, resulta, para malestar de sus detractores, clave en la literatura contemporánea.
De Lucette Almanzor –con quien el escritor vivió 25 años– todavía de repente se tienen noticias, sobre todo después de la negativa de una parte de la intelectualidad francesa de dar categoría de monumento histórico a la casa donde Céline pasó sus últimos años.
Elizabeth Craig, siempre escurridiza, mantuvo una discreción estoica por varias décadas y se preocupó muy poco por recordar a su ilustre y excéntrico compañero de andanzas.
No obstante, si se ven un poco más de cerca los pormenores que rodearon a la pareja Céline-Craig, desde que trabaron amistad hasta que la terminaron, quizá pueda comprenderse mejor el anonimato autoimpuesto de Elizabeth Craig.
La amiga americana
Elizabeth Craig
El 27 de junio de 1924, el doctor Louis Destouches –nombre verdadero de Céline– firmó contrato con la Sociedad de Naciones, con sede en Ginebra, Suiza. El compromiso como médico de la Sección de Higiene clase B le aseguraba un trabajo de tres años con un sueldo mensual de mil francos suizos. Pese a las ventajas aparentes de esa aventura laboral, el desencanto pronto llegó para el joven médico, al encomendársele la redacción de informes la guía de determinados colegas invitados por la Sociedad, quienes acudían a conocer los logros que el Servicio de Higiene presentaba como modelos a seguir.
Sin embargo, la disposición, aplicación y sumisión mostradas por Destouches fueron insuficientes para hacer de él un buen administrador, que era precisamente en lo que querían que se convirtiera. Al finalizar 1926, un año antes de que concluyera su contrato, se le comunicó que quedaba desligado de la Sociedad de Naciones. Sin importar que desde un principio esa incursión por Suiza estuviera condenada al fracaso, Destouches soportó con estoicismo las labores que tenía encomendadas.
¿Qué hizo que el doctor francés continuará vinculado a tareas que a todas luces aborrecía? La razón tenía nombre y rostro: Elizabeth Craig, joven de 24 años, nacida en Los Ángeles, Estados Unidos, que visitaba Europa en compañía de sus padres.
La vocación fue un eslabón poderoso entre los futuros amantes, ya que uno –Destouches– deseaba ser una eminencia médica al nivel de Semmelweis, el médico húngaro que descubrió el origen de la fiebre puerperal y los procedimientos para hacerla desaparecer, y la otra –Craig– soñaba con ser una afamada bailarina matriculada en las prestigiosas escuelas de Europa. No obstante, al momento de iniciar sus relaciones amistosas, Destouches estaba plenamente convencido de que la burocracia no era para él, mientras que, por el contrario, Elizabeth Craig viajaba en línea recta y sin escalas al encuentro con su destino.
Como consecuencia de estos dos sucesos –la experiencia en la Sociedad de las Naciones y el encuentro con Elizabeth Craig–, Céline irrumpió en la literatura, con dos primeras obras de ficción, L´Eglise y Progrès, trabajos que han recibido un desdén continuo por parte de críticos e investigadores. Sin embargo, L´Eglise debe analizarse con mayor detenimiento, puesto que puede definirse como un bosquejo de Viaje al fin de la noche, al esbozar episodios que habrían de crecer sorprendentemente en el Viaje…, amén de distinguirse por su furibunda rebelión contra el colonialismo y el humanitarismo, hermanas siamesas de la Francia de entonces, pero cuyos espasmos alcanzaron los últimos años del siglo XX.
¿Chivo expiatorio?

En el juicio sumario que la historia francesa construyó tan pacientemente alrededor de Céline, L´Eglise es recordado no por ser un antecedente inmediato de la obra literaria más importante del autor y una de las más trascendentes de las letras galas del siglo XX sino porque en ella pueden apreciarse manifestaciones incipientes del antisemitismo del escritor, un detalle que, aunque en su momento pasó prácticamente desapercibido, a la luz de los acontecimientos trágicos que después ensombrecieron la historia europea, fue fundamental en la fabricación del chivo expiatorio de aquella pesadilla colectiva. Céline fue uno más entre muchos personajes públicos que, por mostrar simpatía o adhesión al régimen que sojuzgó a Francia, pasó a la historia como informante del Tercer Reich.
Colocar en el banquillo de los acusados una obra escrita en 1927, como es el caso de L´Eglise, con el propósito de ceñirla a los intereses vindicativos de una sociedad horrorizada con sus propios excesos resulta a todas luces una insensatez, sobre todo si se recuerda que todavía en 1932 Céline intentaba mantenerse lo más lejos posible del huevo de la serpiente que el viejo continente tan entusiastamente había empollado. Lo anterior puede constatarse en una carta del escritor dirigida a su amiga judío-alemana Erika Irrgang, donde se lee la siguiente advertencia: “Con el hitlerismo debes ser seria. No mariposees con él para distraerte. Son cosas que no deben hacerse a ningún precio”.
En cuanto a la trayectoria del autor, en L´Eglise y en Progrès ya pueden atisbarse los recursos estilísticos que harían posteriormente de Louis-Ferdinand Céline un escritor clave en la literatura moderna. Caricatura y símbolo, Molière y Aristófanes, toda la comedia del presente y del pasado por el mismo boleto y, en el centro de la trama, un joven médico medio lelo obsesionado por las imágenes, a punto de entrar a bayoneta calada al panteón de los creadores, de inventar el francés después de Rabelais, de rescatar para la altura el lenguaje coloquial que no se habla, de introducir el argot como arma de defensa contra la fantochería intelectual.
La música oculta del rigodón

Aún con el aire de Ginebra a cuestas, el doctor Destouches se instaló en noviembre de 1927 en un departamento de la plaza de Clichy, donde, arriba de una carnicería, abrió un consultorio que, no obstante le producía mensualmente alrededor de 2 mil francos, resultaba insuficiente para la forma de vida a la que el médico estaba acostumbrado. Por ello solicitó nuevamente la ayuda de la Sociedad de Naciones para realizar los viajes al extranjero que, aparte de permitirle profundizar en sus estudios sobre “medicina de masas y profilaxis venérea”, le ofrecían todo tipo de ventajas, como, por ejemplo, reunirse con sus amigos en Londres o Suecia y, por qué no, visitar de vez en cuando a Karen-Marie Jansen, amante tanto del doctor Destouches como de Elizabeth Craig.
De esas premisas inmediatas pueden desprenderse algunas consideraciones. Una de ellas –que posiblemente engloba la personalidad del médico-escritor– es que Destouches ya desde entonces buscaba el protagonismo público, cosa que muy difícilmente podría haber obtenido de su modesto consultorio de Clichy. También puede considerarse la capacidad de movimiento que el escritor en ciernes desplegaba con sólo proponérselo.
Asimismo, en el plano profesional resalta el gusto por la medicina preventiva más que por la consulta directa con el enfermo. Y, también en el mismo terreno, destaca el buen concepto que tenía de la medicina, pues nunca quiso que se mezclara aquella sólida profesión con el siempre escandaloso oficio de escritor. A esto último –si hemos de buscar razones– se debe la utilización del seudónimo “Céline”, nombre tomado de la abuela, una anciana autoritaria e independiente a la que el médico siempre adoró, rindió tributo y, casi sin proponérselo, inmortalizó y llenó de controversia.
Tales imágenes, sin embargo, no concuerdan con las que Céline más adelante presentará en su Viaje al fin de la noche, donde las escenas del dispensario para enfermos pobres son granguiñolescas: “Enfermos no faltaban, pero no había muchos que pudieran o quisiesen pagar. La medicina es un oficio ingrato. Cuando los ricos te honran, pareces un criado; con los pobres, un ladrón. `Honorarios´. ¡Bonita palabra! Ya no tienen bastante para jalar ni para ir al cine, ¿y aún vas a cogerles pasta para hacer unos `honorarios´? Sobre todo en el preciso momento en que la cascan. No es fácil. Lo dejas pasar. Te vuelves bueno. Y te arruinas”.
“Mujeres bellas y lesbianas”

No, en definitiva, no era el médico de los pobres que creía ser, por lo menos no todavía. Todo lo contrario: era un profesionista joven que cumplía con un horario y con los mandatos de la naturaleza. De manera no ortodoxa, pero los cumplía. Este médico de suburbio, vecino de Clichy, apenas iniciada la noche y finalizadas sus respetables tareas se colocaba otro disfraz, uno quizá más sórdido pero acorde con la iconoclasia que ya despuntaba en él.
Henri Mahé, amigo de Céline, recuerda que este último abandonaba su departamento de Clichy para refugiarse de inmediato en una casa de la rue Lepic, que Mahé describe de la forma siguiente: “… armarios bretones pintados al encauste, brillantes, sillas de estilo, amplio diván, alto biombo tapizado, alfombras bien distribuidas por el suelo”. ¿A quién pertenecía tal joya aristocrática? A quién si no a la temible Elizabeth Craig, la bailarina que compartía generosamente su espacio con Céline y con un pequeño y exclusivo séquito de amigas, a las que favorecía con su repertorio de perversiones sexuales.
Tal era uno de los divertimentos favoritos del doctor Destouches, un pasatiempo que no sólo no escondía sino que se ufanaba de él, según puede apreciarse en la carta que el doctor envió a su corresponsal norteamericano, Milton Hindus, cuya lectura aún posee el suficiente poder de echarnos a volar la imaginación: “A mí me ha gustado siempre que las mujeres fueran bellas y lesbianas. Muy agradables de contemplar y sin fatigarme con sus apetencias sexuales. Que se lo pasen bien, que se meneen, que se devoren –mientras yo hago de voyeur–, ¡eso me chifla, una barbaridad y desde siempre! Así que soy desde luego un voyeur y consumidor entusiasta, vaya, bastante, pero muy discreto”.
Muy discreto no ha de haber sido, pues como potencial personaje público se antoja difícil que las cartas de Céline fueran olvidadas así porque sí. La correspondencia que abarca 1931 y 1932, si bien no es vasta por lo menos es lo suficientemente franca como para que el lector se entere que Elizabeth Craig era el tipo de femme fatale que sin esfuerzo alguno se convierte tarde o temprano en musa de escritores: esbelta, cruel, pelirroja, un “setter irlandés”, como gustaba llamarle Céline. Pues bien, este setter era, además, un buen cazador, un personaje sexualmente insaciable cuya rapacidad se centraba en modelos que perseguían la fama, bailarinas principiantes, jóvenes debutantes, todas ellas casi niñas con más esperanzas que talento, quienes, con tal de escalar posición, caían en las garras de Elizabeth, siempre, claro está, con la complicidad y el beneplácito de Céline.
Mujer de bajo gangsterismo

La década de los 30 inició el dueto Céline-Craig de manera vertiginosa. Nada parecía empeñar el horizonte. La guerra, si es que alguien su hubiese atrevido a vaticinarla, todavía estaba muy lejos, y la Depresión de finales de los años 20 era para estos singulares amantes una noticia más de los vespertinos parisinos.
¿Por qué entonces se separó este sólido “matrimonio”? La hipótesis más frágil señala que Elizabeth no compartía el gusto de Céline por escribir. Por lo menos así lo deja entrever Estelle Reed, amiga de Craig, a quien esta última le confió que “Louis se había vuelto insoportable desde que contrajo la manía de escribir”. Otra tesis es que Elizabeth acompañaba cada vez con mayor frecuencia sus orgías sexuales con cantidades de alcohol considerables y, según refiere Françoise Gibault, con algunas drogas.
El caso es que en 1947, Milton Hundus recibió una carta de Céline donde le confiaba parte de su pasado: “Ella [Elizabeth Craig] vivía en una nube de alcohol, de tabaco, de policía y de bajo gangsterismo con un tal Ben Tenkle, sin duda bien conocido de los servicios especiales, Carolina Island, etcétera. Es un fantasma, pero uno al que le debo mucho. ¡Qué genio el de esa mujer! Yo nunca hubiese sido nada sin ella. ¡Qué talento! ¡Qué sagacidad!… Qué panteísmo doloroso y a la vez travieso. Qué poesía… Qué misterio… Lo comprendía todo antes de que se le hubiese dicho una sola palabra. Son realmente raras las mujeres que no son unas vacas o unas marmotas, pero entonces resultan unas brujas encantadoras”.
Hay, no obstante, una tercera posibilidad para intentar explicar la ruptura: la misantropía de Céline, que para la época a la que nos referimos ya ha dado muestras de su existencia a través de la decepción por todo, de su vida burguesa, de su desarrollo profesional, de su culto al concepto de nación. Sólo la insolencia y el cinismo lograrían sacarlo ulteriormente a flote. Mientras tanto, quizá en el proceso, cuando la mariposa de la juventud se matamorfosea en gusano, Elizabeth Craig tuvo que ser sacrificada.
Sean las razones que fueren, lo cierto es que para 1934 la época de excesos sexuales de Louis-Ferdinand Céline había culminado. Años más tarde, no muy convencido aunque sí resuelto, el escritor suspiraría ante sus propios recuerdos: “Yo había comido hasta hartarme nalgas y maravillosas. El día en que hubiese sido preciso, me habría contentado con morir… He devorado el infinito…”
Una obra de arte criminal

Los comentarios de escritores y críticos se polarizaron. Elie Faure, por ejemplo, la llamó “la obra de un hombre que ha perdido el respeto a todo lo que ha dejado de ser respetable”. León Trotski, justificando la misantropía que toda anarquía contiene en sí, también se dejó impresionar por la obra que tenía en sus manos, argumentando: “Aunque Céline no crea que algo bueno pueda salir del hombre, la intensidad de su pesimismo conlleva en sí un antídoto. Un revolucionario de la novela”. Paul Valéry, amigo de Céline, simple y sencillamente fue paralizado por el miedo de “Una obra de arte criminal”, como denominó a la creación del médico-escritor. Y el matrimonio formado por Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre reconociendo, por fin, una obra literaria que a decir de ello rezumaba el espíritu del existencialismo, recibió con bombo y platillos el libro de Céline; a Beauvoir corresponden las palabras siguientes: “Su anarquismo nos parecía cercano al nuestro. Atacaba la guerra, el colonialismo, la mediocridad, los lugares comunes, la sociedad, en un estilo, con un tono que nos subyugaban… Sartre lo tomó como modelo”.
Viaje al fin de la noche se publicó en 1932, ya con el seudónimo de Céline y con dedicatoria a Elizabeth Craig. El nombre del libro por sí mismo ya indica un desplazamiento, un cambio. No importando dónde se esté, el que viaja recorre los claroscuros del alma humana. Para Céline, dueño de una óptica peculiar, el tránsito no es sino una danza macabra de miseria humana, el verdadero rostro del sufrimiento, la exploración de un testigo, con alma casi de niño montañés, en el interior de los hombres.
En una extraña mezcla de novela populista con relato clásico, Viaje al fin de la noche retoma aquellos ingredientes de las novelas populistas con sus sórdidos suburbios, paredes patinadas cubiertas de musgo, personajes avasallados por la desgracia y la infelicidad, comediantes pese a ellos mismos, cuya vida transcurre con más pena que gloria. Sin embargo, el espertentismo llevado hasta sus últimas consecuencias será una de las grandes aportaciones de Céline a la literatura francesa, aspecto que, también, representa una novedad en el género populista.
A la manera de un Ulises un poco cagueta, acompañamos en su viaje a un hombre que puede ver con el ojo humano, a través de páginas y descripciones atroces que dan “un aspecto teatral al desastre”. Viaje al fin de la noche es la navegación simbólica del eterno náufrago que no encuentra el paraíso perdido. En su trajinar se detiene a contemplar, en medio de la fascinación del horror, la isla de la guerra, la isla de la colonización, la isla demencial de Estados Unidos y, finalmente, la isla donde toda nave se hunde: la del amor.
Aunque las locaciones “exteriores” y la noche figuran en el reparto, es el hombre el verdadero protagonista de Viaje al fin de la noche. Bardamu, el personaje que se encarga de presentar por medio de su visión y sus reflexiones cada uno de los cuadros del impresionante desfile, es quizá el único ser vivo aprisionado en una pesadilla. En medio del sopor producto del trauma de la guerra intenta prevenir sin saber que a aquellos a los que desea aconsejar son los mismos que se matan sin piedad y explicaciones de por medio en el momento justo en que las autoridades han declarado el estado de guerra: “Se los aseguro, pobres desgraciados, jodidos, apaleados, explotados, los sudorosos de siempre, los prevengo: cuando los grandes de este mundo se ponen a darles muestras de amor, es que quieren convertirlos en salchichones de guerra… Es la señal… Es infalible”, advierte.
Un hombre de jeta desdeñosa

Tras el denuesto del que fuera objeto Céline al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando incluso su gloria literaria que le pertenecía por derecho propio pretendieron arrebatársela, los especialistas en torno a la obra de este escritor francés han logrado reunir un copioso archivo que bien puede considerarse como uno de los más completos y puntillosos en torno a un autor del siglo XX. Y mediante tal documentación que ahora existe la posibilidad de reconstruir la gestación de una obra de las dimensiones de Viaje al fin de la noche.
Aunque el propio Céline se empecinó en restar importancia al libro que había escrito gracias a la idea de su amigo Eugène Dabit, la obra nació en medio de la controversia y los mejores augurios, puesto que hizo su presentación en sociedad casi exigiendo el prestigioso premio Goncourt.
Tras su redacción, el manuscrito inicialmente fue proporcionado a dos editores, primero a Bossard y, posteriormente, a Eugène Figuière, quienes, sin ponerse de acuerdo entre sí, se ofrecieron publicarlo a expensas del autor. Por supuesto, Céline no se dio por aludido y llevó su legajo a Robert Denoël, quien aceptó ese paquete que no traía siquiera la dirección del autor. Al leerlo sólo recordaba que el borrador se lo había dado un hombre “de jeta desdeñosa, mal vestido como un tendero en vacaciones”, que firmaba con el seudónimo de Céline para no perjudicar su prestigio de médico. Fuertemente impresionado por el contenido se citó con el autor y Denoël tuvo la oportunidad de conversar con un tipo que tenía los más excéntricos puntos de vista sobre la naturaleza del mundo, un personaje al que le agradaban los gatos por el simple hecho de que tenían piojos como la humanidad.
Pese a aquella primera impresión, Denoël se fajó los pantalones y decidió publicar el libro, el cual fue anunciado como un verdadero evento literario. La prensa estaba a la expectativa y de inmediato Viaje al fin de la noche fue situada entre las novelas candidatas a llevarse el premio Goncourt. Céline, por su parte, que aseguraba haber escrito el libro casi como un pasatiempo, acudió el 7 de diciembre de 1932, en compañía de su madre y hecho un manojo de nervios, a la ceremonia de premiación. Su libro era el favorito; sin embargo, en medio de un escándalo, la novela Les loups de Guy de Mazeline obtuvo el galardón.
Los periódicos hicieron su parte y el agravio favoreció enormemente al autor. Así, Céline y su libro, ilustres desconocidos todavía durante la entrega del premio Goncourt, se hicieron famosos en cuestión de días. Y no podía ser de otra manera: Viaje al fin de la noche era, por donde se viera, una obra de destrucción, un evangelio de odio, y Céline era su profeta. Lo primero que destruía este iconoclasta era la sintaxis. El sacrilegio causó estupor, pero más inquietud provocó reconocer que la señal estaba dada y que el mundo entraba a una época de paroxismo que sólo podía anunciar la inminente descomposición del siglo XX.
Nada queda en pie, todo es demolido. Al caer la civilización, lo único que prevalece, por ser basamento, es el engaño, la mentira, la difamación. La úlcera en las entrañas es mostrada al ser humano y, al hacerlo, le hace comprender la vida, le ayuda a seguir por un camino recorrido millones de veces.
Las páginas de Viaje al fin de la noche indudablemente son atroces, aunque el dolor que causa su lectura radica en que pueden ser ensambladas en cualquier momento, época y lugar. Queda en la boca del que se aproxima al texto un sabor amargo, sobre todo cuando se descubre que la verdadera historia del ser humano no es más que la parte de la mentira que les correspondió interpretar, sacando provecho, en el colmo de la hediondez, de la desgracia para investirse de una importancia de la que siempre han adolecido.
Viaje al fin de la noche se erige como una muestra única de odio creador y perfeccionista. Novela filosófica donde el hombre se atreve a acusar el lado fraudulento de la existencia. Tal impugnación sólo la podía lanzar un hombre, un escritor que tiene el valor de plasmar sentencias como la siguiente: “Así son las cosas. Se trata del amor del que seguimos atreviéndonos a hablar en este infierno, como si se pudiera componer sonetos en un matadero”.
Sin poderse sacudir su significación política, el “nihilismo de la desesperación” contenido en la obra de Céline, tal y como lo apuntó Máximo Gorky, adquiere relevancia y actualidad en una época como la nuestra, que se ha caracterizado por una violencia extrema, caída y levantamiento de viejos y nuevos valores morales y humanistas, trastocamiento de funciones, usos y abusos de los aparatos burocráticos, avances de nacionalismos feroces, crueldad absoluta hacia nuestros congéneres.
En el fondo de la historia es menester buscar la fascinación que despierta la obra de Céline, sobre todo cuando Dios, la esperanza y la piedad de los hombres se han vuelto moneda devaluada ante nosotros mismos. Si la misión de este misántropo no ha servido para reconocernos en el brillante lodo del infierno, habrá que buscar nuestra imagen en el punto más profundo de la noche.