Apariciones

POR Óscar Garduño Nájera
Así era Emiliano. Entre las mujeres del pueblo se corría el rumor de que Isabel, su esposa, lo había abandonado por borracho y por llevar pescado apestoso a la casa

Hasta el día de hoy, escucha que hablan del mar y recuerda el Leviatán como una estampa que sigue dolorosamente real. Entonces se vuelve a ver al lado de Emiliano en sus largas caminatas nocturnas a la orilla de la playa, rodeados del suave bisbiseo de las olas y ese viento tropical que parecía traer siempre buenos augurios.

Una, dos, tres y Emiliano con la vista fija en la noche cuenta las estrellas, cuatro, cinco, seis, al mismo tiempo que sus pies se hunden en la arena, dejan rastros de sus andanzas, mientras su amigo suelta una carcajada y dice:
—¡No jodas, hermano!, ¿cuándo chingaos crees que vas a acabar de contar?
—No te creas, no te creas… siete, ocho, nueve…
Repentinamente, Emiliano dejaba de contar, guardaba silencio y perdía su mirada allá, al fondo, donde areolas de espuma parecían entumecer la noche. Tras dar unos cuantos pasos más, los dos amigos se sentaban sobre la arena a fumar, hundidos en el crepúsculo y acaso jugueteando con uno que otro perro que les hacía compañía.
Cierta noche, Emiliano llegó todo cadavérico:
—Así, por ésta que me ha de llevar, cuando nos despedimos pasó frente a mí una de las mujeres más hermosas que he visto, carajo… ¡te lo juro! Y la seguí hasta que se hizo invisible y me estrellé contra una palmera.
Así era Emiliano. Entre las mujeres del pueblo se corría el rumor de que Isabel, su esposa, lo había abandonado por borracho y por llevar pescado apestoso a la casa.
—Envuelta en una sábana blanquísima… y parecía que en lugar de caminar flotaba sobre la arena…
—Mejor vente, Emiliano, vamos a caminar y te ayudo a contar las estrellas, igual y en una de ésas acabamos…
Algo ocurría en el mar porque los pescados cada día escaseaban, o al menos los comibles, porque Emiliano se empecinaba en tragar pescado apestoso, y cuando todos en el Leviatán pensaban que se iba a enfermar, llegaba campante al día siguiente, feliz porque ya iba por las 100 o 150 estrellas. Así era Emiliano.
Una mañana, el grito de un pescador despertó al pueblo.
—¡Los pescados, los pescados!, están de regreso… yo solito acabo de agarrar más de diez… ¡por mi madre!
Y la tripulación del Leviatán se emocionó.
Un tremolante mar que cede por momentos su consistencia al paso del Leviatán: monta cada una de sus olas, parece atravesarlas furiosamente, y desciende en picada para volver a cabalgar sobre el agua; y si bien en el cielo se aprecia una pequeña nube negruzca, Pepe Martínez, el capitán de la embarcación, sabe que cuentan con el tiempo suficiente.
Uno de los tripulantes se pasa un pescado por la nariz:
—¡Huele, huele, Emiliano!, pescado fresco…
Despistado, absorto en el ritmo imposible del mar, Emiliano pregunta:
—¿Será que hoy en la noche contamos estrellas?
Y expele el aire tras jalar con fuerzas de la red.
—¡Ayer la vi de nuevo!
El Leviatán columpiándose entre las olas y en la bolsa trasera del pantalón de Emiliano asoma el destello de una anforita de mezcal.
—Como que le da un parecido a Isabel…
Corría el mes de octubre y aunque se esperaban huracanes, éstos habían tardado en llegar. Hasta que se escuchó el anuncio por la radio.

Cuenta la historia porque siempre hay algún curioso interesado en saberla. Y en esta parte siempre hacen la misma pregunta: ¿se hundió el Leviatán?, pues ignoran que Pepe Martínez era avezado en los mares, que había hendido varios huracanes y que incluso sobrevivió a varias catástrofes marítimas sostenido tan sólo a un pedazo de la embarcación (un pedazo de mierda, decía él). Y cuando responde es como si se le volviera a aparecer Emiliano que…
Toma uno de los pescados y lo avienta; en ese momento pierde el equilibrio, da dos pasos hacia atrás y su amigo reclama:
—¡No la chingues, Emiliano!
—¿Tú crees que sea Isabel?, a lo mejor ahora que llegue con pescado fresco al fin regresa, ¿no?
La lluvia comenzó ligera; no obstante, pasados unos minutos, ya era un látigo sobre la espalda del mar. Pepe Martínez, sin embargo, mantenía con firmeza el control del Leviatán.
Una impetuosa ola golpea la proa de la embarcación, Emiliano resbala y tira varias de las cubetas: quedan pescados tiritando por el suelo.
—¡Andale, Emiliano, levántate!
Una densa cortina de lluvia al frente y ese mar que parece alzar aún más cada una de las embravecidas olas.
—¡Ahí está!, la acabo de ver… sí, es Adela.
Dicen que el mar lo deglutió, que lo aventó a otra playa; otros dicen que se salvó de puro milagro, que anda de briago, tragando pescado apestoso. Lo cierto es que él relata la historia, y cuando cae la noche alza la cabeza y observa las estrellas, como si deseara llegar por fin a una cuenta final al lado de su amigo.