Edición en piel: el tatuaje literario

POR Andrea Mireille
Para José Luis Durán King, por su cumpleaños
Hallar el tatuaje perfecto y verlo impreso en la piel, equivale a cuando uno descubre un libro definitivo en su vida: como cuando sientes por vez primera que esa línea, de ese libro, te salvó la vida. The World Made Flesh, Literary Tattoos es una obra en la que el encuentro entre tatuaje y palabra es como aquella cita de tu autor favorito, aquella con la que sentiste que esos vocablos escritos por alguien muerto hace tanto tiempo o de una región tan lejana, ajena a la tuya y en un idioma desconocido, escribió sólo para ti.

Las palabras marcan. Un insulto puede doler más que un golpe, una palabra puede excitar tanto como una caricia; los vocablos nos ayudan a entender el mundo, a darle una representación, a comunicarnos con él. Al igual que los adornos en la piel, ambos son referentes: muestran el conocimiento, la experiencia y las historias de quien los porta; como la palabra, el tatuaje siempre tiene significado (por más superfluo que éste sea), pero sobre todo, mérito: la persona ha pasado por mucho para que ese decorado llegue a la dermis, pues al igual que una cicatriz –que no es sino una alteración permanente de la apariencia de la piel—, el tatuaje es prueba de que la persona ha sobrevivido a distintas experiencias y ha sido marcado por ellas.

Más que un vestigio en la piel o una inserción de tinta, el tatuaje es una revelación; los sentimientos e ideas se materializan a través de una imagen, del cuerpo. Ese relato, nunca narrado hasta ese momento, adquiere una forma sensible: los sentimientos e historias ocultos bajo la piel emergen con las más diversas formas para crear su propio lenguaje, que pone a la vista los anhelos, sueños, gustos e identidad de quien lo presume; dándonos un indicio de cómo es la persona y su manera de interpretar el mundo.
The World Made Flesh, Literary Tattoos es un recorrido por la unión entre estos elementos. Eva Talmadge y Justin Taylor reúnen en 173 páginas una selección de imágenes en las que tatuaje y palabra se fusionan para adueñarse de la piel y dar paso al llamado tatuaje literario; un desfile de amantes de los libros y la literatura, que han convertido su piel en folios que despliegan ilustraciones de obras, portadas, dibujos, retratos y citas de autores que incluyen a Proust, Beckett, Joyce, Blake; Salinger, Atwood, Dickinson, Bolaño, Neruda, Gogol, Poe y e.e Cummings. Hasta llegar a fragmentos de la Biblia, Harry Potter, Crepúsculo y Donde habitan los monstruos.
Edición en piel

En 2003, la escritora Shelley Jackson lanzó una convocatoria abierta para un nuevo trabajo llamado Skin. La obra consistía en que cada voluntario se tatuaría una palabra elegida al azar en una tipografía clásica. Juntos, los participantes crean un relato, que no ha sido publicado más que en la piel de los implicados y del que está prohibida cualquier tipo de reproducción o adaptación. En un par de semanas, Shelley tenía 10 mil militantes sumados a su causa.
Una vez realizado el tatuaje, las fotografías de los resultados fueron enviadas a la autora. Los participantes recibieron un certificado y una serie de condiciones; la primera es que tras completar los tatuajes, los voluntarios se identificarían entre ellos como words, palabras; tienen estrictamente prohibido alterar los tatuajes o serán “borrados” del relato. Sin importar si se elimina el tatuaje con láser, dermoabrasión, incluso, si se llega a perder el miembro tatuado, la persona seguirá siendo parte de Skin.
De acuerdo con la autora, lo único que concluirá la historia será la muerte de los involucrados; cuando las palabras mueran, la historia cambiará, y cuando la última palabra fallezca, el relato también finalizará. La escritora se ha comprometido a hacer todo lo posible para asistir al funeral de cada uno de los convocados.
En total, mil 436 participantes son parte del proyecto Skin. El participante más joven tiene 22 años, el mayor, 71. Los países participantes de Latinoamérica son Argentina, Brasil y Colombia, mientras que Australia, Canadá y Estados Unidos son los que registran el mayor número de personas; lo cual no es sorprendente, pues de acuerdo con una encuesta del Pew Research Center, 36 por ciento de los estadounidenses entre los 18 y los 25 años tiene por lo menos un tatuaje, cifra que se eleva hasta 40 por ciento entre la población que va de los 26 a los 40. El resto de las palabras provienen de lugares tan distantes como Islandia, Turquía, Sudáfrica, Irlanda, Japón, Nueva Zelanda, Irlanda y Jordania.
El dolor es para siempre

Uno de los aspectos más sobresalientes del tatuaje literario es que ha permitido incluir en su fascinante mundo a gente que parecía antípoda a él, y que, sin embargo, es la más apta para adentrarse en el arte corporal: personas dotadas de sensibilidad, conocimientos, apreciación artística y espíritu creativo. Además, la escritura rebosa de historias de gran belleza, de estilos arriesgados e intricados, pero también pletórica de frustración, enormes dificultades a superar, dolor y sufrimiento; estos  últimos son igualmente componentes determinantes del tatuaje.
El dolor del tatuaje es muy peculiar, apenas puedes sentirlo al comienzo, se incrementa paulatinamente hasta apoderarse de ti. Experimentar el dolor tan intenso y real es una sensación de vida extraordinaria; algo muy fuerte, es volver a tener conciencia de la existencia propia.
Creo profundamente en el carácter ritual del tatuaje: no es sólo producto de un impulso sino de una experiencia personal que traspasa todo tu ser. No debes sentir miedo, tienes que afrontar el dolor y hacerlo parte de ti; sin sacrificio no tendríamos nada. La vida es dolor, y al igual que las palabras y el tatuaje, nos lastima, marca definitivamente. Sin embargo, las heridas que la vida nos inflige no son sublimes como las del tatuaje, que transfigura la aflicción en belleza; la frase, el autor; color, tamaño y diseño importan, pero lo que lo hace personal y único es el dolor, porque es diferente en cada persona. Ni siquiera su belleza lo hace incomparable, pues es efímera; en cambio el dolor –y el aprendizaje que de él se desprende— es para siempre.
Cierto, el tatuaje provoca dolor, pero también lo alivia. Una vez que la piel se regenera expresa lo que la persona jamás ha dicho con palabras, cuenta a los demás historias de su verdad interior; todo lo que no puede manifestarse verbalmente: dirá lo que la persona realmente es.
Si lo pensamos bien, tatuarse y leer son experiencias sumamente similares, ambas brindan la oportunidad de conocerse mejor a uno mismo, de tener sensaciones que no cualquiera es capaz de experimentar. Cuando uno por fin encuentra el tatuaje perfecto y lo ve impreso en la piel punzante y cubierta de sangre, siente lo mismo que cuando descubre un libro definitivo en su vida: como cuando sientes por primera vez que esa línea, de ese libro, te salvó la vida; sacudió tu mundo y te reveló ideas y sentimientos que de otra forma no habrías advertido. El tatuaje es como aquella cita de tu autor favorito, la que te hizo mejor persona, con la que sentiste que esas palabras escritas por alguien muerto hace tanto tiempo o de una región tan lejana, ajena a la tuya y en un idioma desconocido, escribió sólo para ti.
Compromiso irrompible

Ya sea por gusto, como un tributo o por el deseo de apropiarnos de las palabras que han marcado nuestras vidas, el tatuaje literario es una tendencia que cobra cada vez más fuerza: escritores, bibliotecarios y amantes de los libros de todas las edades muestran orgullosos la conexión y el compromiso irrompible que se asume con las palabras una vez que uno decide dedicar su vida a ellas; compromiso puesto a prueba constantemente en un mundo que parece despreciar las humanidades; es entonces cuando el tatuaje interviene. En los lienzos mostrados en The World Made Flesh conviven Shakespeare y Plath, Palahniuk y Kerouac, comparten un mismo cuerpo, al igual que Bukowski, Neruda y Kierkegaard. Después de todo la escritura y los tatuajes ponen a prueba nuestra inteligencia, límites y fortaleza; siempre y cuando uno esté listo para dar el paso, sin deseos de retroceder, y siempre recordando que por más que se nos diga que en la vida no es necesario sufrir, en los hechos es todo lo contrario, lo que recuerda la advertencia del tatuador, quien dice antes de comenzar que una vez que empiece –pese a tu miedo y dolor— no se detendrá. La fuerza de los tatuajes y las palabras es incontenible, y así como un vocablo puede sublimar, ofender y destruir, el tatuaje puede convertir la frustración, las heridas y el sufrimiento de la vida en la más hermosa de las victorias.