La cerveza de Jesucristo

POR Óscar Garduño

Primera escena:
—Andale, cabrón, vamos…
—Te digo que mañana es el mero día.
—Ah, chinga, nada más una… celebremos ese gol, carajo.
—Pero una, ¿eh?

Un incesante ir y venir sobre un piso que parece de cartón: en cualquier momento reventará y él se irá hasta el fondo, o hasta el más allá, pues bajo las circunstancias en las que se encuentra es lo mismo. Justo en ese momento le colocan la cruz sobre la espalda. Se lamenta: de no ser porque el equipo ganó (aun cuando el árbitro se había vendido) no estaría en tales condiciones, pero, claro, los carnales quisieron ir a echar cerveza y él que no, carajo, mañana es el día, luego nada más una, bueno, otra, y muchas risas, desmadre, y al final no supo cómo había llegado a su casa, quién demonios lo había acompañado; lo que es peor: quién le había quitado la ropa, porque si fue el Arturo, “ese cabrón afeminado que hasta se depila las piernas, según pa’ lucirlas más estéticas, ¡mis huevos!”, repite en sus pensamientos, mientras la cruz parece arrancarle el aire.
Casi se dobla: flexiona las rodillas, y en cuanto intenta enderezar la espalda, el peso de la cruz parece ganarle. Una bolita a lo lejos se mueve de prisa, más bien se tambalea, llega hasta él y grita moviendo exageradamente las manos en el aire. Viste una playera blanca con la imagen de Jesucristo, un pants gris y unas botas industriales llenas de lodo. Figura redonda de gruesa papada y pelo envaselinado hacia atrás, simulando un falso John Travolta. Es Bryan Hernández, el cura del pueblo.
—¿Es este el compromiso que tienes con nuestro señor?, fíjate bien…
Mesa sus negros cabellos hacia atrás y queda su regordeta mano embarrada de grasa; la limpia en las barbas de Jesucristo.
—¡Fíjate bien! Eres la personificación, nada más y nada menos, que de nuestro salvador, mira, mira…
Señala su playera: Jesucristo luce con las mejillas inflamadas por un vientre generoso y con las barbas llenas de vaselina. Luego se dirige a dos hombres enclenques: soldados romanos que comparten un vaso de agua de horchata.
—A ver, ustedes, par de flojos: vuelvan a cargar la cruz.
Seguro: dará tres pasos, cinco si se esmera, y caerá rendido con la cruz encima. Un inmisericorde sol quema su rostro poblado de cicatrices de acné, cambia el sudor por pegamento y comienza a exprimir su garganta para provocarle una sed espantosa de labios fracturados. Da un paso y arrastra, cual víctima de guerra, la otra pierna. Viéndolo bien, la cruz no pesa tanto, es a él al que le hacen falta las fuerzas. Y es que luego de la patada que le soltó el Chango en la espinilla, “¡falta segura!, y el árbitro, que según estaba viendo a la portería, si bien que no le quitaba los ojos a la hermana del Chipocles”.
Se arrepiente de haberse ofrecido y aparece el gesto agridulce de Matilde, su esposa. Recuerda con cuánta insistencia lo animó para que se presentara en la iglesia. Cierto: es muy poco su parecido con Jesús (de hecho, por barba tiene tres pelitos en la barbilla), pero Matilde dijo que no importa, todos se disfrazan. Luego vino lo de los kilos: con cuánto esmero le ayudó a cuidar su alimentación. Durante las semanas previas lo trajo a frutas, verduras y vegetales con tal de que diera la talla, con tal de que se pareciera a ese otro Jesucristo, el famoso, el que sale cada año en las películas. Y él sufre, pues con todo gusto se hubiera tragado dos tortas de milanesa por la mañana, igual y hasta acompañadas de una caguama.

Al comienzo todo fue sencillo. Barbas postizas, una sábana vieja, descalzo, algo de maquillaje y repetir las líneas tantas veces actuadas frente a Matilde; si se llegaba a equivocar, y ocurrió en cuatro ocasiones, uno de los soldados romanos le ayudaba. Esto de la cruz es la parte complicada. Debe avanzar por la calle principal, en medio de los tumultos y llegar al lugar donde por fin lo crucificarán.
Se abre paso. Siente el peso de las miradas en él. Otra vez se tambalea y por un instante la vista se le pone borrosa. Ahora es un péndulo bajo la cruz que se va hacia adelante, hacia atrás, ante los susurros de la gente, murmuraciones acerca de quién era su favorito para representar el papel; incluso el rostro de dos fastidiados socorristas asoman por encima de algunos hombros, a la espera de entrar pronto en escena para salvar la obra.
Intenta distraer su sed, su dolor de estómago, piernas y piensa en el ridículo que haría si se derrumba antes de llegar al punto que previamente le han indicado, pues con anteriores Jesucristos ha pasado y días más tarde no los bajan de herejes e irresponsables. A Dios le ha fallado un montón de veces, pero a Matilde no. ¿Cómo es que Jesús pasó por lo mismo con ese cuerpo tan guango?
Parece que le van a marcar el alto. Un hombre de mediana estatura y vestido de soldado romano se abre paso entre la gente y llega hasta él. Quizás es la hora de los latigazos. Los dos rostros se encuentran. Es el Chango.
—¿Cómo te sientes?
Recuerda la patada en la espinilla y quisiera mentarle la madre; no obstante, el cansancio termina por silenciarlo y sólo atina a responder, casi como dejando escapar un suspiro, que bien, se siente bien.
—Acá andamos pa’ lo que se te ofrezca…
Dice el Chango y se pierde junto con los soldados que vienen detrás.
Si acaso Matilde se enterara que su esposo se puso una borrachera un día antes de cargar la cruz, sentiría vergüenza. Tal vez y hasta le hubiera dicho al cura que le dieran el papel al afeminado de Arturo (se imagina las piernas depiladas bajo la sábana). Pero hasta donde alcanza a recordar él disimuló. Y si bien al llegar se tiró al sillón según a repasar sus diálogos (a la primera línea se quedó dormido), jamás supo en qué momento se había quitado la ropa. ¿Y si el Arturo había abusado de él? ¡Qué chinga! Y pensar que se lo iba a encontrar en el siguiente partido: ¿y si repentinamente le guiñaba el ojo o le mandaba un besito? ¿Lo iba a madrear? ¿Le diría a Matilde?
Falta poco para llegar. Es lo que se repite para darse ánimos. Entre la gente busca a su esposa y no la encuentra. Ya ni siquiera siente los músculos de las piernas y sus pasos son mecánicos, como de robot programado para llegar hasta donde duren las pilas. La sed lo está devorando y su estómago se abre como si fuese un volcán a punto de arrojar lava. Y para empeorar, ahora siente ganas de orinar.
Lo amarran a la cruz con cuerdas de plástico. Al fin lo consiguió. Será cuestión de un rato más para que pueda ir a casa a descansar. La gente se acerca y alcanza a distinguir el rostro alegre de Matilde, quien gustosa le muestra, como recompensa divina a su sacrificio, una cerveza de lata entre las manos… él comienza a llorar.