Lecturas de mamá

POR Alfredo C. Villeda

Permítaseme, escasa pero selecta concurrencia, evocar ciertos episodios personales, sólo por esta vez, dadas las extraordinarias circunstancias generadas alrededor de la súbita desaparición de mi madre, quien a regañadientes partió antes del mediodía del jueves 7 de julio, después de torear a su antojo primero a la hipertensión, más o menos una década; después a la diabetes, un lustro, y al final a un enemigo letal que la sentenció a sólo seis meses de vida, estadística oncológica en mano, y al que hizo montar en cólera porque nunca se le arredró y le sostuvo año y medio de ejemplar batalla.

Quizá por el orgullo de rememorar ese espíritu guerrero es que me propongo develar ahora ciertos pasajes que nos unieron en variadas ocasiones en torno de de la lectura. Ahora, después del momento trágico que reunió a familiares, amigos y vecinos en una solidaridad inusitada para quienes somos primerizos en eso de apearse al lado de los deudos, recuerdo con niebla de por medio el primer párrafo de El extranjero, de Albert Camus, quien relata con indiferencia el deceso de su madre. El existencialismo de la primera novela del Nobel francés.
Pero no era Camus uno de los autores que alguna vez nos uniera. Era, sí, Wistawa Szymborska, la polaca a la que descubrí una mañana de principios de siglo XXI cuando mi madre, con su voz fuerte forjada en La Huasteca potosina, leyó el siguiente poema a su hijo, adormilado primero, divertido y muerto de risa al final de la lectura:
La cebolla es otra historia.
No tiene entrañas la
cebolla.
Es cebolla cebolla
de verdad,
hasta el colmo de
la cebollosidad.
Por fuera cebolluda,
cebollina hasta la médula,
podría escrutar su interior
la cebolla sin temor.
(…) Lo de la cebolla, eso sí lo entiendo,
el vientre más bello del mundo
se envuelve a sí mismo en aureolas
para su propia gloria.
En nosotros, grasas,
nervios, venas,
secreciones y secretos.
Y se nos ha negado
la idiotez de lo perfecto.
—Es el peor poema que he escuchado en mi vida —dije después de recuperar al aliento, con pausas por la risa.
—Pues a mí sí me gusta, suena como una canción sobre la cebolla, tiene música —me respondió.
Solía despertarme con el primer libro que tuviera a la mano en mi recámara. A la Nobel polaca yo no la había leído, era para entonces una lectura pendiente que ella me dio a conocer. Pero otras ocasiones hacíamos dueto en el oficio de leer, como cuando aguardábamos su turno en la consulta con la geriatra o el oncólogo.
Recuerdo en especial a ella hurgando Agostino, la novela de Alberto Moravia, y al fusilero pasando un gran momento con hoja tras hoja de La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante. Ella sonriendo con discreción por las peripecias del personaje del narrador italiano, y yo carcajeándome de plano, mi madre apenada en medio de los demás pacientes en espera, con las historias del joven cubano y sus escapes a los cines de la isla precastrista.
Un libro que me comentó con singular entusiasmo fue Estudios sobre el amor, el ensayo de José Ortega y Gasset que le compartí con motivo de un Día de la Amistad de hace no muchos ayeres, aunque disfrutaba más de la poesía por su antigua aplicación a un libro que debemos haber consumido todos en la familia: El galano arte de leer, del que solía declamar de memoria y en voz alta El perro, de su paisano Manuel José Othón: “No temas, mi señor, estoy alerta…”

En la hora trágica del miércoles 7 de julio, en su lecho de muerte, mi madre comentó en voz baja, acompañada con un movimiento circular de mano, que había a su alrededor algo que ella identificó como ángeles. Por la noche, sin conocer el dicho, el oncólogo advirtió que la metástasis había alcanzado el cerebro y quizá la guerrera, que a esa hora peleaba aún, “creería ver cosas”. Pese a mi adscripción al bando del método científico y a mi condena inevitable al Sexto Círculo del Infierno, al de los herejes, quiero pensar que ella, en su trance, de verdad vio lo que reveló de forma verbal y señaló con sus postreros hálitos de vida.
También quiero creer, acto puro de fe, que quizá recordó en ese delicado momento un fragmento de Juan Ramón Jiménez ante la tumba de Platero, episodio que le hizo rodar un par de lágrimas:
“—Platero, amigo —le dije yo a la tierra—; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizás, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mí.
“Y, cual contestando a mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio en lirio.”

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