No soy, luego existo

POR Mariana Molina
“La mayoría de la gente logra conservar la cordura
Gracias a que niega y rechaza la idea de una
Existencia débil y raquítica”.
Hakura Murakami.

Todos nos relacionamos con la realidad inconscientemente antes de asegurarnos al despertar si existe eso que llamamos mundo exterior; primero pensamos en la serie de acontecimientos que tendremos que realizar en esa otra constante llamada tiempo.
La premisa de nuestra propia conciencia de ser son las sensaciones. Despertamos a la vida desde una corporalidad dotada de sensibilidad hacia el exterior: sentir frío, calor, temor, dolor físico y excitación son las pruebas de que podemos acceder con algo que está fuera de nosotros, que no podemos controlar las inclemencias del clima o los encuentros con emociones hacia otras personas, como el enojo, alegría, ira, empatía, cariño, amor, miedo o solidaridad.
Reaccionar en automático ante la vida presupone que sabemos que hay una secuencia de eventos que tiene un significado para cada uno de nosotros con respecto a lo que queremos o deseamos como individuos frente a la existencia.
Pero antes, habría que preguntarnos si en realidad existimos fuera de ese engranaje de cotidianidad y rutina que va envolviendo nuestra mente en lo que se llama futuro.
El ser humano, en la búsqueda por la satisfacción y reconocimiento de su ser como individuo ante los demás y el mundo, ha generado una serie de teorías para su realización. Perseguir el éxito, el confort, evitar el fracaso, la enfermedad y la pobreza son básicamente las raíces de procesos estratégicos que se elaboran en cada uno de nosotros a partir de los demás.
Estamos tan preocupados por mantener o conseguir tal o cual estilo de vida que olvidamos cerciorarnos de que en realidad hay una razón para creer, que es real lo que buscamos.
Muchos hemos imaginado lo que sería de nosotros si hubiéramos hecho las cosas de distinta manera. Hay momentos en que podemos lamentar para siempre, otras nos sentimos inmersos en constantes círculos de los que no podemos salir, soñando con que aparezca algo o alguien que nos rescate de esa vorágine de angustia, o hacemos actos puramente instintivos para tratar de bebernos todo aquello que no hicimos por miedo, y creemos que es demasiado tarde.
¿Pero en verdad todo lo que sentimos y pensamos es real? Para cada acción hay una reacción, consecuencia materializada en un eco a nuestro alrededor.
Gracias a que somos seres racionales podemos enfrentarnos ante ese abismo llamado existencia; simplemente lo olvidamos por el aprendizaje genético y ambiental de reaccionar ante la vida y su concepto.
Ya que si nos levantáramos cada día y nos preguntáramos si no es sólo un mero reflejo de lo que yo creo que es la vida, lo que está allá afuera, y yo no soy sino un mero reflejo de lo que otro cree que soy, nos encontraríamos ante un enorme vacío insoportable y terrorífico.
Pero eso es en realidad lo que somos. En la literatura, películas, teatro y otras expresiones artísticas se ha manifestado la preocupación por un mundo alterno al nuestro, un coqueteo existencial y lúdico ante la duda del ser y su profanación en sí misma.
Se ha exagerado en diferentes temáticas, desde los hologramas que no pueden sentir, hasta los personajes que de pronto se dan cuenta que están siendo escritos por otro personaje que, a su vez es otro personaje; o los robots y los clones que dominarán el mundo en el futuro.

Diferentes filósofos a través del tiempo han abordado inquisitivamente nuestras propias preocupaciones empíricas; Descartes, Nietzsche, Kant, Locke y Berkeley, entre otros.
Sin embargo hay quien puede refutar aduciendo que existen niños que se mueren de hambre cada cierto tiempo en el mundo, mujeres y hombres torturados por guerras culturales y económicas, asesinatos sin sentido a la orden del día, violaciones, prostitución de menores, enfermedades incurables, etcétera, todo ese dolor es real y no hay teoría o argumento que lo niegue.
En efecto, ese dolor en carne viva es real y el sufrimiento e indignación por tales hechos son síntoma y sinónimo de humanidad.
Pero el conocimiento del ser va mucho más allá, y a la vez, se halla en esa misma realidad. El mundo alterno del que escapamos cada día al levantarnos está en nuestro interior, no yace en los pensamientos ni en el subconsciente, tampoco en el inconsciente o en los instintos.
Una realidad alterna nos precede desde los inicios de la humanidad y va tan ligada al sentido común que este mismo nos impide verla; es aquello que muchos han llamado espíritu o alma, y que nos une en una no corporalidad con cada una de las realidades alternas de otros, por los que existimos en una especie de imaginario colectivo que nos sostiene en la realidad.
Las teorías más cercanas y aceptadas son las del budismo o las que confluyen con las energías del universo sobre la tierra, y sus efectos sobre la naturaleza humana.
No se trata de ciencia ficción o de teorías new age, de cienciología, o la tan manoseada y maniquea física cuántica de la que se han ejemplificado libros como El secreto o películas como Matrix.
La realidad alterna es esa conversión de nuestra propia experiencia como raza humana almacenada, por usar una analogía, en la genética del alma y del espíritu, por la que reflejamos conocimiento en los sentidos y que usa la corporeidad como mero vehículo de transferencia, es el umbral de lo que no somos, la fragilidad corporal de una existencia sin realidad.

La profundidad de las conexiones con nuestra propia mente y la energía que hemos ido enlazando, para bien o para mal, con nuestro propio espíritu humano, crea ese eco que nadie puede escuchar por la inmensidad del pozo interior, del cual no hemos vaciado el reflejo de la nada para saciar la sed del sufrimiento corporal del otro.
Tocar los centros más insospechados de una existencia llevada hasta las partes racionales aún limitadas pueden llevar a la locura, o en los casos comprobados científicamente de los monjes budistas que levitan, a ese grado de realidad alterna que choca con los prejuicios humanos supuestamente elevados.
Así que cada día al despertar tomemos el riesgo de preguntarnos si existimos realmente como creemos que somos o somos a través del otro para existir en el mundo. La locura o la trascendencia de la realidad alterna aún está en un nivel opaco para muchos, pero en proceso cual quimera, mas no virtualidad, que nos dice a través de los reflejos, que existe otra realidad en interior de otro por el cual no existo.