Van Gogh: la pluma del suicida

POR Alfredo C. Villeda
“En Amberes descubrió la luz… y también la muerte. A causa de ‘ciertas molestias’ fue al médico, que le diagnosticó sífilis avanzada. La idea de reunirse con su hermano, ‘Theo-madre’, como le llamaba en broma, insinuada en cartas anteriores, se hizo obsesiva”

Una noticia venida de la Venecia del Norte, Ámsterdam, recoge un vuelco en la iconografía del gran Van Gogh. Un retrato cuyo personaje, se creía hasta hace unos días, era el propio Vincent, resultó ser Theo, el hermano menor e involuntario agente financiero del genio holandés. La inicial resistencia del pintor al retrato, su pasión por el negro y los grises, su tránsito al color y al paisaje, así como su ocaso y ánimo de tragedia están pincelados no sólo en su inmensa obra, sino en las cartas que envió a su generoso pariente, a quien expresa no sólo sus preocupaciones estéticas, sino también sus pasiones literarias, de Shakespeare a Victor Hugo.

Colección de misivas de 1872 a 1890, autosemblanza entre la locura y la miseria, Vincent van Gogh. Cartas a Theo (Paidós Estética, 2004) es este periplo de un creador que decía tener “una hoguera en el pecho a la que nunca se acerca nadie a calentarse”, y del que Fusilerías comparte algunos fragmentos en estricto orden cronológico.
“Después desayuné un trozo de pan seco y un vaso de cerveza. Es un remedio que Dickens recomienda a los que están a punto de suicidarse, como particularmente indicado para disuadirlos durante un tiempo de su proyecto. Y aunque uno no esté del todo en tal estado de ánimo es bueno aplicarlo de vez en cuando, pensando en el cuadro de Rembrandt Los peregrinos de Emaús (1877).
“Tengo la sensación de hacer toscos esbozos de las innumerables cosas que encuentro en mi camino, pero es preferible resistir tal tentación, porque acaso me desviaría de mi trabajo propiamente dicho. Cuando volví a casa empecé un sermón sobre la ‘higuera estéril’: Lucas XIII, 6-9 (1878).
“Era curioso observar, especialmente en estos días, a la hora del crepúsculo, el efecto sobre la nieve blanca de los mineros regresando a sus casas. Esta gente, cuando sale de las tinieblas de la mina a la luz del día, está enteramente negra, tienen aspecto de deshollinadores (1880).
“Mi querido Theo: te escribo un poco a disgusto, no habiéndolo hecho durante tanto tiempo, y eso por muchas razones. Hasta cierto punto te has convertido para mí en un extraño, y yo lo soy también para ti, tal vez más de lo que piensas. Quizá sería mejor para los dos no continuar así. Posiblemente no te estaría ahora escribiendo si tú no me hubieras puesto en la obligación y necesidad de hacerlo. En Etten me enteré de que habías mandado 50 francos, que acepté, por supuesto a disgusto, y con cierta amargura. Pero estando, como estoy, en una especie de callejón sin salida, o barrizal, ¿qué otra cosa podía hacer? (1880)
“Dios mío, qué hermoso es Shakespeare. ¿Quién es tan misterioso como él? Su palabra y su estilo equivalen a un pincel tembloroso de fiebre y de emoción. Pero hay que aprender a leer, del mismo modo que debe aprenderse a ver y aprender a vivir. De modo que no debes pensar que abjuro de esto o aquello; soy fiel dentro de mi infidelidad y, aunque cambiado, sigo siendo el mismo. Lo único que me atormenta es esto: ¿para qué podría servir? ¿En qué podré llegar a ser útil de algún modo? ¿Cómo lograría saber más y profundizar en tal o cual tema? (1880)
“Decididamente, Theo, no soy un paisajista; si hago paisajes, habrá siempre dentro de ellos trazos de figuras (…) Respecto a la pintura, hay dos maneras de razonar: how not to do it, o sea, con mucho color y poco dibujo, y how to do it, con mucho dibujo y poco color (1882).
“Tanto en la figura como en el paisaje yo quisiera expresar, no un sentimentalismo melancólico, sino un profundo dolor. Por encima de todo, quiero alcanzar un punto en que se diga de mi obra: ese hombre tiene una sensibilidad muy delicada. Pese a mi reconocida torpeza, o a causa de ella, ¿me comprendes? ¿Qué soy yo, a los ojos de la mayoría de la gente? Una nulidad, un tipo excéntrico y desagradable, que no tiene ni tendrá un sitio en la sociedad; poco menos que nada (1882).”
Antonio Rabinad escribe en el epílogo: “En Amberes descubrió la luz… y también la muerte. A causa de ‘ciertas molestias’ fue al médico, que le diagnosticó sífilis avanzada. La idea de reunirse con su hermano, ‘Theo-madre’, como le llamaba en broma, insinuada en cartas anteriores, se hizo obsesiva”.