Fantasmas y apariciones: apuntes para una arqueología del saber

POR Fernando Montoya
 Los muertos, pobres muertos, tienen grandes dolores;
Y cuando, podador de árboles viejos, sopla octubre
Su viento melancólico alrededor de sus mármoles,
Seguro que deben encontrar a los vivos muy ingratos
Al dormir, como hacen, calientes en sus sábanas,
Mientras que, devorados por negros sueños,
Sin compañero de cama, sin buena charla,
Viejos esqueletos helados trabajados por el gusano,
Oyen gotear las nieves del invierno…
Baudelaire, “La Sierva de gran corazón”

Los muertos que regresan tienen una historia.
Cementerios de losas rotas, de capillas en ruinas, abandonados a la luz de la luna, viejas moradas vestidas de penumbra y cuyos postigos gimen al viento, donde crujen los parqués, antiguos castillos encaramados en lo alto de un pico, albergues forestales antaño frecuentados por los bandoleros, tierras pantanosas cubiertas de bruma, caletas azotadas por las olas: en lugares como esos se acostumbra a situar la aparición de los muertos, espectros de sábana ensangrentada, manchada de tierra o que chorrea agua de mar.

Desde que existe el hombre se habla de las sombras de los difuntos, que vienen a turbar a los vivos y crean un clima de inquietud, de terror; son raros, pues, los fantasmas amables e inofensivos. ¿Sabemos que esos difuntos formaban parte de la realidad cotidiana, que antaño ardía toda la noche un cabo de vela colgado de una viga de la vivienda donde a veces convivían hombres y animales? ¿Recordamos que salir de noche para satisfacer una necesidad natural equivalía a exponerse a extraños encuentros, a menudo peligrosos? Cuando veían un rebaño disperso, no era raro encontrar muerto al pastor, horrible visión, con todos los huesos rotos: un aparecido lo había hecho pedazos.

Hoy, fantasmas y aparecidos casi se han desvanecido, pero no han perdido su poder de fascinación, pues están enraizados en nuestro temor inmemorial a los muertos.
Nuestra lengua dispone de varios términos para designar a estos muertos inquietantes, pero en general se les considera sinónimos, mientras que de hecho se refieren a realidades diferentes. Todo el mundo conoce “fantasma”, que evoca una idea de ilusión y de fantasmagoría; “espectro”, al que se atribuye una noción de espanto o de horror, el que provoca el esqueleto con su risa burlona o el cadáver en descomposición; “sombra”, que sobre todo tiene que ver con el vocabulario poético y que recuerda la disolución del cuerpo en el óbito; “espíritu”, que es vago y que expresa la perplejidad humana frente a manifestaciones inexplicadas; “aparecido”, en cambio, sugiere de inmediato el regreso de un muerto.
Invasión de aparecidos

La literatura, que desde hace mil años nos habla de apariciones, manifiesta, a su modo, la evolución de las mentalidades. Cuando Sófocles describe el encuentro de Climnestra con su difunto esposo, cuando Homero narra el de Penélope con su hermana, cuando Esquilo hace surgir el espectro de Argos y cuando Filostrato nos muestra a Aquiles abandonando su tumba para regresar a ella cuando canta el gallo. Constatamos que los fantasmas y aparecidos de la Antigüedad clásica son actores y no comparsas: hablan y actúan, aconsejan o censuran. Ocurre así hasta el siglo XVI. Shakespeare describe al fantasma del padre de Hamlet clamando venganza sobre una plataforma del castillo de Elsinor, y nos muestra el espanto que sobrecoge a Macbeth al ver el espectro de Banquo. Fantasmas y aparecidos, sin embargo, se convierten en meros asuntos literarios, como en El fantasma de Canterville de Oscar Wilde. Sin embargo, detrás de la utilización literaria o no se ocultan creencias que se pierden en la noche de los tiempos, y autores como Hans Christian Andersen y Charles Dickens supieron inspirarse en ellas, el primero en El compañero de viaje, y el segundo en Cuento de Navidad.
¿A qué textos y a qué época dirigirse para seguir la historia de los fantasmas y aparecidos, para presentarlos tal y como los encontraban nuestros antepasados? Partir de la literatura cristiana equivale a hacerse eco de la cultura dominante (que repudia a los muertos que se escapan de sus tumbas), de las tradiciones cultas en las que las creencias populares y paganas son muy ampliamente ocultadas por los clérigos que actúan para mayor gloria de Dios. Además, la literatura clerical es híbrida, pues está muy impregnada de reminiscencias de la Antigüedad clásica. Y es que los autores que trazan la ruta seguida por la invasión de los aparecidos en la literatura se llaman San Agustín, Gregorio Magno, Pedro Damián y Pedro el Venerable.
Infierno o Paraíso

La Edad Media de la Europa del Norte ofrece en nuestra propia civilización occidental, un campo privilegiado para describir el regreso de los difuntos y reseguir el combate que la Iglesia libró contra ellos. ¿Quién regresa? ¿En qué momentos se producen las apariciones? ¿Por qué algunos muertos traen consigo buenas noticias, mientras que otros provocan terrores? ¿Qué fuerza anima al muerto hasta hacerle salir de su tumba, y a qué concepción del más allá corresponden estos fenómenos? Pues, aunque antaño constituyeran manifestaciones temibles, fantasmas y apariciones estaban integrados en la mentalidad colectiva de la época.
Escoger la Edad Media es algo que se impone: hay que captar el fenómeno de los fantasmas y aparecidos lo más atrás posible del tiempo, antes de sus mutaciones y sus transformaciones, debidas en lo esencial a la intervención de la Iglesia. El que haya unos hombres que se aparezcan después de morir es algo que resulta difícil de creer para cristianos nutridos de la Biblia y de los Padres de la Iglesia. Para ellos, y antes de que se asiente la noción de purgatorio, no existen más que dos posibilidades para un difunto: va al infierno o va al paraíso. Enfrentada al culto de los muertos, capital en el paganismo, la Iglesia se ve obligada a reaccionar y a imponer sus propias respuestas a las cuestiones referentes a los estados post mortem. Los dos teólogos que han desempeñado el papel más importante en la historia de los fantasmas y aparecidos son Tertuliano y San Agustín, de cuyas interpretaciones se nutren los comentarios clericales de la Edad Media.
En su tratado Del Alma, redactado hacia 210-211 de nuestra era, Tertuliano debate sobre la suerte del alma después del tránsito y pasa revista a las creencias de su época. Una de las cosas interesantes de su exposición es que nos muestra que estas creencias pudieron pasar a la posteridad, precisamente, gracias a los letrados cristianos que las combatían.
San Agustín, por su parte, justifica la creencia en los muertos que no tienen descanso, y en ese sentido es uno de los “padres” de los fantasmas y los aparecidos. Sigue el mismo proceso intelectual que Tertuliano y plantea el problema de la percepción: ¿son las apariciones cosa de hombres dormidos, soñolientos o febriles?
Fabulación literaria

Los aparecidos son personajes molestos; escapan a toda lógica, transgreden las leyes naturales, pues no alcanzan sensatamente el otro mundo, no se descomponen, y se mezclan en la vida de los hombres. Ponen en tela de juicio una sabia división entre el mundo de los muertos y el universo de los vivos, abren una tercera vía que tiene que ver con la ultratumba, en una palabra, traen trastorno y resultan chocantes en una sociedad cristianizada, que ha instaurado un esquema redentor y punitivo simple que tiene tres caras: infierno, purgatorio y paraíso. Si la Iglesia pone en el índice a los aparecidos, al menos a aquellos de los que no puede sacar nada, es realmente porque no encajan en su dogma.
En definitiva, fantasmas y aparecidos no son más que la fabulación literaria de una fe en la Vida que se ríe de nuestros irrisorios pequeños miedos del siglo XXI.
Una inscripción rúnica, hallada en Dinamarca y que data de hace un milenio, resumirá estas reflexiones. Leemos en ella: “Goza de la tumba”. Goza, es decir: permanece en paz, puesto que estaba en el orden de las cosas el que nos dejaras, o porque tus descendientes han sabido mantener esa paz y ese orden que honraron a tu familia; y también, no regreses, eso sería signo de a que algún fallo ha venido a alterar tu inviolabilidad y la nuestra. Tu tumba: es, por supuesto, el lugar físico en el que reposas, pero también es esa “tumba” que hacen de tu memoria, oralmente o por escrito o por su conducta y sus obras, aquellos que te han sucedido, los supervivientes, como tú vivos.