Hitler: tiempo de vacaciones en la prisión

POR Jan Friedmann
Nuevos documentos históricos muestran que Hitler no pedía nada durante su corta estancia en la Prisión de Landsberg en 1924. En el encierro fue capaz de mantener sus contactos políticos, todo con el consentimiento de la administración penitenciaria

Un jefe de personal no pudo haber hecho una mejor descripción bien intencionada del connotado interno. “Siempre fue razonable, frugal, modesto y amable con todos, especialmente con los funcionarios”, escribió el 18 de septiembre de 1924 el director de la prisión Otto Leybold. El prisionero, añadió, no fuma ni bebe, “respeta voluntariamente todas las restricciones”.
El preso al que el director se refería con reverencia no era otro que Adolf Hitler. Aunque todavía era un agitador de cervecería en ese momento, Hitler cumplía una estancia en la prisión en Landsberg Castle por haber intentado un golpe de Estado contra la República de Weimar en noviembre de 1923, junto con otros extremistas de derecha.
Fue un periodo decisivo para la historia de Hitler y de Alemania. De acuerdo con su biógrafo Ian Kershaw, la estancia del ulterior Führer tras las rejas fue la génesis “de su más absoluta preeminencia en el movimiento völkisch y su ascenso al liderazgo supremo”.
Es del conocimiento general que las condiciones del encierro de Hitler en Landsberg am Lech fueron confortables y que utilizó su tiempo allí para escribir Mein Kampf (Mi lucha). Sin embargo, documentos históricos ofrecen ahora nuevas pistas sobre cómo fue capaz de seguir organizando su red frente a los ojos de la administración penitenciaria.
El libro de visitas

El material, que probablemente perteneció a la antigua oficina de registros de la Prisión de Landsberg, se subastó el pasado 2 de julio de 2010 en la Casa Behringer, en la ciudad bávara de Fürth. El paquete de documentos incluyó 300 tarjetas llenadas por los visitantes de Hitler, así como la extensa correspondencia de la administración penitenciaria.
Algunos de los papeles eran previamente desconocidos, mientras que otros son transcripciones de documentos que ya han sido analizados. Incluyen una copia de la sentencia excesivamente leve impuesta por el Tribunal Popular de Munich: cinco años de prisión en Landsberg Castle, con la posibilidad de libertad condicional.
Uno de los documentos recién descubiertos es el “Libro de ingresos” de la prisión, que contiene una entrada que dice: “Hitler, Adolf. Fecha de ingreso: 1 de abril de 1924. Resultados de los exámenes médicos: Salud, con fuerza moderada. Altura: 1.75 metros. Peso: 77 kilogramos”. Asimismo, entre los fieles seguidores que visitaron a Hitler en Landsberg se encuentran, en la misma página: Friedrich Weber, Kriebel Hermann Emil Maurice, y el que sería su adjunto, Rudolf Hess.
Hitler comenzó a recibir a sus visitas poco después de que fue admitido en la prisión. Erich Ludendorff, el estratega de la batalla de Tannenberg en la Primera Guerra Mundial que, para su indignación, fue absuelto de los cargos de participación en el intento de golpe de Estado liderado por Hitler, lo visitó varias veces. Otros invitados incluyeron al “Capitán Röhm, Munich”, al “Consejero Dr. Frick, Munich” y “Alfred Rosenberg, arquitecto certificado y escritor, Munich”, el círculo íntimo de los líderes del joven Partido Nazi en ese entonces. Röhm, Frick y Rosenberg más adelante se convirtieron en jefe de la SA, del Ministerio del Interior del Reich alemán e ideólogo en jefe de los nazis, respectivamente.
Como una tienda de delicatessen

Otros visitantes pueden ser categorizados más bien como benefactoras ricas, como Helene Bechstein, la esposa de un fabricante de pianos de Berlín, que compartía con Hitler el amor por la música de Richard Wagner. Otra visitante, Hermine Hoffman, del barrio de Solln, Munich, la apodaron “La mamá de Hitler”. De acuerdo con los documentos, la atenta mujer, directora de una escuela, estaba también a cargo de los valores que le enviaban a Hitler.
Como preso, Hitler no pedía nada. Su ala, en el segundo, fue denominada Feldherrenhügel, o “La colina del general”. Su confidente Ernst Hanfstaengl narraría más adelante, después de visitar a Hitler, que se sentía como si hubiera caminado “en una tienda de delicatessen. Había frutas, flores, vino y otras bebidas alcohólicas; jamón, salchichas, pasteles, cajas de bombones y mucho más”. A pesar de haber ganado una cantidad significativa de peso como resultado de su dieta abundante, Hitler rechazó la sugerencia de Hanfstaengl de hacer algo de ejercicio.
Los detalles que surgen ahora es poco probable que alienten una reescritura de la historia. Los archivos estatales de Baviera y los estatales de Munich, donde se resguardan los bienes y registros incompletos de la estancia de Hitler en la Prisión de Landsberg, recién descubiertos, proporcionan “una impresión de los intensos contactos de Hitler y sus oportunidades para estar en cercanía con la gente”. Las autoridades a cargo de los archivos explican que “es incuestionable” la autenticidad del material. Sin embargo, los registros aún no han sido estudiados en detalle.
Mercado de pulgas

La documentación fue vendida por el dueño de una compañía de taxis, cuyo padre, al parecer, la adquirió a finales de los años 70, junto con libros de la Primera Guerra Mundial, en un mercado de pulgas de Nuremberg.
Es posible que los documentos fueron robados cuando los estadounidenses construyeron una prisión para criminales de guerra en Landsberg en 1946, o que fueron sustraídos durante el Tercer Reich, cuando los seguidores de Hitler convirtieron su celda en un lugar de peregrinación y un monumento a su presuntamente duro encierro.
La transcripción de una carta a Jakob Werlin, un concesionario de automóviles de Munich, también revela las verdaderas condiciones de vida de Hitler en Landsberg. Mucho antes de su liberación, el 20 de diciembre de 1924, debido en gran parte a los esfuerzos de Warden Leybold, Hitler ya estaba pensando en qué tipo de coche comprar: un Benz 11/40, “el cual cumple mis requerimientos actuales”; o un 16/50, con un motor más potente. Su color preferido era gris y quería “ruedas de alambre”.
Hitler pidió al concesionario un trato preferencial. Escribió que probablemente tendría que obtener un préstamo para la compra, y que “los costos judiciales y honorarios legales” le estaban poniendo “los pelos de punta”.
En la carta, Hitler pidió a Werlin que preguntara a su jefe “qué tipo de descuento le podía hacer”.
Tomado de: Spiegel Online. Junio 23, 2010.
Traducción: José Luis Durán King.