Hombre lobo: la orfandad de la bestia

POR Kit Whitfield
Lejos de cualquier romanticismo, las comarcas deben haber sufrido una profunda agonía ante la idea de que un hombre lobo apareciera para atacarlas; los arrestos, la tortura y la quema viva de los cambiantes añaden sus propios detalles a uno de los episodios más horribles de nuestra historia colectiva

El hombre lobo literario es como un huérfano. A diferencia de otros grandes monstruos de la tradición occidental, no existe una obra seminal para rastrear su sombra: no es Drácula, no es Frankenstein, no hay ninguna obra que marque el origen de todo. Se han escrito libros, algunos de ellos muy buenos, pero ninguno ha tomado la estatura en la imaginación del público de la que disfrutan los primos sobrenaturales del hombre lobo. Mientras que esto puede ser liberador para un escritor –que no exista un parámetro— también tiene sus contras.

Compare, por ejemplo, la condición perdida del hombre lobo con la aristocracia del vampiro. En el siglo XIX, los cuentos populares y obras menores como Varney el Vampiro o El Vampiro de John Polidori dieron a ese mito algunas divisas en el inconsciente colectivo, no muy diferente a la posición actual del hombre lobo, que se mantiene vivo gracias a un puñado de historias diferentes sin que un líder de manada las mantenga a raya. Con el nacimiento de Drácula, sin embargo, se impuso un patriarca, que marcó la pauta para todos los vampiros que llegarían después. Esto puede parecer opresivo, condenando a sus descendientes a la mera imitación, pero en realidad el género ha florecido bajo su herencia.
Los elementos de un vampiro pueden ser variados, pero hay elementos suficientes –ajo, luz del día, estacas, espejos, cruces, niebla, animales, ataúdes, esclavos y mesmerismo, entre muchos otros— que cualquiera que aborde el género tiene mucho, y no es un juego de palabras, donde hincar sus dientes. Como resultado, las historias de vampiros de hoy son ricas, diversas y, lo más importante, no pueden ser de otra cosa que de vampiros. Tome cualquier historia buena de vampiros e imagine cómo se leería si se sustituye el vampiro, por ejemplo, por el monstruo de Frankenstein o el de una momia. No funcionaría. La colección de atributos populares vampíricos es absolutamente esencial, y los escritores siempre los utilizan a fondo en el tejido de las historias.
El hombre lobo es una entidad con un tejido más flojo, y como resultado, puede venir deshilachado. Me he sentado frente a películas de hombres lobo que funcionarían igual de bien si el monstruo fuera una alienígena, un super robot, un espíritu chocarrero o cualquier otra bestia de miedo con el poder de su disfraz. Historias escritas que carecen de los beneficios y las exigencias de un departamento de efectos especiales no degeneran generalmente su línea de acción. El paralelo obvio al contar la historia es la bestia interior, y eso es lo que muchos escritores deciden hacer. La bestia interior por sí misma, sin embargo, es un tema limitado. Aceptamos nuestro lado oscuro y aprendemos a vivir con él o lo conquistamos y expulsamos aquello que desea hacer suyo; sin otros hilos en la trama, no hay mucho que decir al respecto. Los otros elementos del hombre lobo son a menudo vagos; en ocasiones tenemos pentagramas y garras, pero no cobran gran importancia en nuestra psique. Los elementos definitivos son las balas de plata y la luna llena… y eso es todo. No son suficientes por sí mismos para construir una tradición.
Rapacidad primitiva

La mejor historia de hombres lobo es probablemente El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson. A Hyde no le crecen los colmillos o aúlla a la luna. Sólo un bestial alter ego posee al sujeto y controla sus acciones; tiene todo del hombre lobo, excepto el pelo. En la novela de Stevenson hay un arsenal similar al de las historias de vampiros: la ciencia, la intrusión en el dominio de Dios, las decisiones irreversibles, la individualidad, las limitaciones sociales de una adicción. Sin embargo, ¡ay del hombre lobo!, porque el señor Hyde tomó su bastón y caminó con firmeza fuera del territorio licantrópico para entrar a un dominio diferente, dejando a nuestra pobre bestia una vez más sin amo.
Al considerar la novela de Stevenson como la mejor historia de hombres lobo sé que menosprecio a varios autores –a Angela Carter y a Saki (H.H. Munro), en particular—, pero hay un por qué. El magnífico cuento de hadas de Angela Carter (filmado por Neil Jordan como En compañía de lobos, que recomiendo a cualquier persona interesada en el género) es un fascinante estudio de las implicaciones psicosexuales del mito. También Saki ofrece historias brillantes, urbanas, inquietantes, que presentan el tema de los hombres lobo como la imagen perfecta de la rapacidad feroz y primitiva que subyace en la superficie frágil del mundo, especialmente su cuento Gabriel-Ernest. La razón por la que no los propongo como líderes en el terreno de las historias de hombres lobo es porque sus obras no tienen en absoluto la misma talla que la de Mary Shelley o de la progenie de Bram Stoker. Por un lado se trata generalmente de libros imperfectos que marcan una tendencia: otros escritores y directores de cine se inspiran con los pensamientos de lo que ellos podrían hacer para mejorar el original. Saki y Carter son demasiado buenos para aparecer en ese elenco –están solos, y abordar su obra pareciera que es algo inútil.
Además, ambos han logrado algo que en ocasiones no apreciamos en los escritores convencionales: un autor escribe una historia, de un determinado género, y produce algo tan bien elaborado e inteligente que la gente termina por no pensar en él como un miembro de ese género en absoluto, sino más bien como una obra literaria, que incluye elementos de un género particular, pero, por así decirlo, crece por encima de ese género. Escribir una historia suficientemente buena del género y no ser considerada dentro del mismo. Es una tendencia que se perpetua, porque si todas las mejores obras fueran sublimadas oficialmente, por ejemplo, la categoría de horror, entonces sólo quedarían las obras menos avanzadas, y cualquier autor que escribe otra buena historia de horror sería también sublimado por una especie de cortesía crítica, para no confundirlo con las obras que oficialmente no trascienden su género y que son simplemente de terror normal, romance o lo que sea. Con todos los mejores ejemplos etiquetados como algo más, una reputación de género naufraga, los escritores ambiciosos e innovadores comienzan a evitarlo, y se mantiene la percepción de mala calidad entre el público, incluso donde no existe ninguna razón artística de por qué esto tiene que ser así.
El lado salvaje

Más recientemente, los autores de fantasy han intentado abordar el mito, pero no es tan fácil como parece. Todos los géneros tienen sus fallas, y una de las fallas de fantasy es el personaje de Mary Sue: la chica es imposiblemente especial y de un talento único (y sobre quien hay mucho material de entretenimiento que puede encontrarse en Internet, para aquellos que estén interesados). Esta dudosa joven puede fácilmente trastocar la historia del hombre lobo si el escritor no tiene cuidado. Sin mencionar nombres, el hombre lobo de los sueños de Mary suele ser salvaje con un toque de glamur, es decir, audaz, fuerte y directo, pero los aspectos menos atractivos de lo salvaje no siempre merecen una aproximación. Ella puede tener un sentido de dominación “tipo lobo”, pero nunca ataca a alguien más débil que ella. Puede ser feral, pero nunca se masturba en público o muestra una cerrada carencia de conciencia sobre la existencia de los demás. Al igual que Tarzán, ella se impone a la naturaleza, y su estancia en el bosque funciona más como un viaje interior que un paseo por el lado salvaje. Como tal, ella es más una fantasía de empoderamiento generalizado con piel de lobo que un signo de reflexión seria acerca del mito, más una hiena alimentándose de la matanza perpetrada por un líder que alguien que pueda llevar el paquete en una dirección diferente. Mary puede tener sus momentos de diversión, pero no es lo que el género requiere.
Algunas novelas recientes han evitado caer en esta trampa. Second Nature de Alice Hoffman utiliza una hermosa prosa lírica para hablar de un hombre salvaje. Él es, de hecho, una criatura de la naturaleza –pero ser natural incluye tener miedo, hambre, aislarse; sus experiencias en el frío del exterior son reales, gráficas, y tienen una influencia permanente en su vida que van más allá de un comienzo atractivo. The Wolf Hunt, del siempre inteligente Gillian Bradshaw, hace recuento del medieval Bisclavret de Marie de France; tiene un protagonista cuya licantropía es curiosamente menos una representación de su lado salvaje que una extensión de su introversión. Ambas son obras admirables que muestran una impresionante integridad de pensamiento y sentimiento. Sin embargo, los estudiantes de la licantropía no parecen percatarse de esas virtudes, y es sobre todo por mi propia investigación que los puedo citar, aunque sin duda las recomendaría a todas las personas interesadas en la buena ficción con sabor licantrópico.
Así, las obras de Carter y Saki se mantienen como ficciones literarias más que interconexiones con el hombre lobo y no han generado imitadores; y los más contemporáneos Hoffman y Bradshaw tienen lectores fieles, pero, de nuevo, no han merecido la atención de los mitólogos.
El monstruo perdido

Es imposible señalar con certeza por qué algunos libros adquieren una dinámica propia y otros no, pero por alguna razón no forman parte del inconsciente colectivo, y muy poca gente los aborda. Hay otras historias clásicas del hombre lobo, como The Werewolf of Paris de Guy Endore, que no son ampliamente conocidas. Esto nos deja a Stevenson, cuyos pies de hombre lobo ya bailan con su propio estilo, y eso es todo. El monstruo no figura en el canon del hombre lobo.
Creo que hay dos razones principales para este vacío literario. Uno de ellos es que el hombre lobo, casi exclusivamente, entró en las pesadillas contemporáneas no a través de una novela sino a través de una película. The Wolf Man de George Waggner es una gran cinta, y estableció casi todo lo que conocemos del hombre lobo. Creó sus propias tradiciones, algunas de las cuales (como el pentágono en la mano de la víctima), simplemente hemos olvidado. La maldición contagiada mediante una mordedura, por ejemplo, no es algo que encontramos exclusivamente en los cuentos medievales, sino que todos ahora creen que es así. ¿Por qué los descendientes de Waggner no florecen como los de Stoker?
Las películas tienden a encontrar tradiciones míticas menos complejas que los libros, no porque sean una forma de arte menor, sino sobre todo porque son más cortas: simplemente no hay espacio para adentrarse en las complicaciones y los detalles que prosperan en las adaptaciones. Los filmes que tienen éxito en crear sus ambientes propios, como The Wicker Man (no hay monstruos, sino un conjunto de creencias y detalles), trabajan a menudo en el aspecto de la cultura: tienen que sortear los límites del tiempo. También es posible que la fuerza visual haga más difícil apartarse de lo que se ha visto. Si uno tiene que imaginarse lo que parece es más probable que termine en un lugar diferente a la creación original que si se tiene la pantalla frente a uno.
El mayor obstáculo del género, sin embargo, ya está presente en The Wolf Man, y continúa hoy. Haciendo a un lado la poca acción de las películas de bestias, ¿qué tienen en común los hombres lobo de las cintas más importantes del género? Todos ellos, en definitiva, pertenecen a una categoría diferente de aquella a la que deben su nacimiento. Larry Talbot (The Wolf Man), Leon (Curse of the Werewolf), David Kessler (An American Werewolf in London) y Ginger Fitzgerald (Ginger Snaps): protagonistas interesantes que se mueven a la sombra de en un error fatal que a final de cuentas los llevará a su caída. En otras palabras, héroes trágicos. El hombre lobo ha tenido que refugiarse en una sub-sección de un género más poderoso para contar su tragedia. Aunque todas esas historias son obras finas en sí mismas, al final se vinculan en la narrativa ineludible del hombre lobo: de una u otra manera van a caer. Su espacio de maniobra es muy limitado.
Hay pocos hombres lobo decentes que llevan una vida más variada, pero suelen ser las excepciones que confirman la regla. Siempre voy a tener una palabra de elogio para Howling VI: The Freaks, tan pulcra y con la atmósfera de una película de serie B, donde el héroe no termina asesinado a tiros por la figura paterna: se marcha en un amanecer melancólico después de haber vencido a su enemigo, salvar a su amigo y renunciar a la chica. Sin embargo, la cinta original de la saga, Howling, es considerada como la que ha más ha contribuido al género. Al parecer si eres un hombre lobo de cine y quieres ser tomado en serio no hay manera de huir: la bala de plata es para ti.
Sin embargo, no podemos culpar a las películas. Ha habido algunas cintas excelentemente hechas. La verdadera razón por la que el hombre lobo es una especie de perro callejero tiene que ver con la historia.
Espíritu social

Frankenstein vio la luz a finales del siglo XVIII, Drácula en el siglo XIX. Aunque la cultura ha cambiado desde entonces, ambos pertenecen sólo a unas cuantas generaciones atrás. Las historias fueron escritas en un mundo que podemos visualizar con bastante facilidad, aunque quizá no exactamente reconocer; fueron concebidas como novelas, un formato que todos conocemos y amamos; la idea de una tradición literaria fue establecida lo suficientemente bien que una gran cantidad de información se ha conservado sobre sus autores; lo más importante, quizá, es que fueron escritas en inglés moderno y como ficción. En otras palabras, son accesibles. Sólo tenemos que retroceder una docena de décadas más o menos y las historias se encuentran a nuestro alcance.
El hombre lobo es viejo. El culto a los animales se remonta a la prehistoria, decenas de miles de años atrás: la evidencia más antigua proviene de los altares de culto al oso que, se estima, fueron construidos hace unos 75 mil años a.C. Las pinturas rupestres de los hombres leopardo se han datado ya en 6000 a.C. El primer relato escrito que incluyó a un personaje hombre-animal fue la Épica de Gilgamesh, con su feral Enkidu, que se remonta al 2000 a.C. Son 4 mil años, 40 veces la distancia entre nosotros y el vampiro seminal. La imaginación simplemente no pueda afianzarse en esa vastedad, las diferencias son inimaginables.
La idea de un hombre que a través de la magia se transforma en bestia es común en cada cultura. La creencia en los hombres cocodrilo y los hombres leopardo existe en África, por ejemplo: tenemos hombres lobo, porque los lobos fueron los predadores dominantes en Europa. Hay una diferencia, sin embargo, entre estos cazadores precristianos y en los que se han convertido en nuestros monstruos. Enkidu, primero pidió obstaculizar y más adelante ayudó al héroe Gilgamesh; los soldados berserker vestían pieles de lobos para asumir la ferocidad de esas bestias; el héroe del siglo XIII, Völsungsaga; se convertía en un hombre lobo como parte de su entrenamiento de guerrero; los rastreadores nativos de Norteamérica apelaban a los espíritus del lobo por sus habilidades en el seguimiento de una pista: todos estos hombres lobo eran diferentes a nuestros demonios al acecho. Eran soldados y cazadores, miembros de una comunidad que se retiraban temporalmente de ella y hacían un esfuerzo para asumir algunas de las cualidades del lobo con el fin de servir a un propósito socialmente útil. Hombres lobo responsables, de espíritu público, de hecho.
Brujas y bestias

Sin embargo, el hombre lobo, tal como lo entendemos, carece de una conciencia social, más allá de sentirse culpable por las cosas que hace su lado animal. La imagen predominante es la de un bruto grande y peludo que salta y te devora de pie. Es una amenaza sin reservas al orden y a la seguridad, tanto en propios como en extraños. También sufre una aflicción que es en sí misma demoníaca: no es una condición natural ni una habilidad aprendida, sino una maldición, algo que sólo puede provenir de una fuente del mal. De esas ideas medievales derivaron los juicios contra las brujas.
Los juicios contra las brujas –que no se limitan a la Edad Media sino que sus llamas alcanzaron al supuestamente ilustrado Renacimiento— fueron los hijos de la primera Inquisición, en un intento por acabar con las herejías que amenazaban la seguridad de la Iglesia católica. La bruja, en ese entonces, no era la del sombrero negro que lanzaba hechizos. Una mejor palabra para definirla sería “satanista”, es decir, alguien que había brindado todo su ser al diablo (voluntaria u obligadamente) y que, a cambio, obtenía la posibilidad de invocarlo. Los juicios contra los hombres lobo son un tema más oscuro, y hubo menos “hombres lobo” que “brujas” condenados. Por extraño que parezca ahora, la gente iba a la hoguera sólo porque un tribunal los declaraba culpables de ese crimen. Fueron poco comunes al principio de los juicios por brujería –de hecho, en la Alta Edad Media se consideraba herejía creer en los hombres lobo, pero las acusaciones ganaron en frecuencia conforme creció “la actividad” de las bestias. Esto se debe, probablemente, al hecho de que los interrogadores sabían de antemano lo que esperaban oír, y tendían a preguntar a los sospechosos un sí o un no –un sistema eminentemente práctico si consideramos cuánto puede hablar una persona atormentada. Cada nuevo caso se añadiría al edificio de las creencias –no al de la superstición sino al de la creencia teológica, sostenido por algunas de las mejores mentes de la época— que rodeaban brujas y hombres lobo; cada nueva confesión lo reforzaría.
La realidad detrás de esos casos está por ahora perdida para nosotros. Los hombres lobo que confesaron generalmente lo hicieron bajo tortura; qué habrían dicho si no se les hubiera atormentado sólo se puede conjeturar. El expediente del juicio de Peter Stubbe, un hombre condenado en 1589, quien conjuró al diablo para que le concediera el poder de disfrazarse como un lobo, dejándolo en libertad a la violación y el asesinato, sin temor a ser detectado, por ejemplo, señala que “poco después de ser aprehendido fue colocado en el potro de la ciudad de Bedbur, pero, por temor a la tortura, confesó voluntariamente toda su vida”. Algunas de las pruebas de lobomanía, de acuerdo con los estándares contemporáneos –una de las fuentes (Discours de Sorciers de Henri Boguet, escrito de 1590 a 1611, por si alguien está interesado) hablan de:
“…tres lobos que fueron vistos el 18 de julio de 1603, en el distrito de Douvres y Jeurre una media hora después de una tormenta de granizo que arruinó de manera extraña todos los frutos de ese país. Estos lobos no tenían cola, y, por otra parte, mientras corrían en medio de los rebaños de vacas y cabras no tocaron a ninguna de ellas, excepto a un niño, que uno de los lobos llevó a cierta distancia sin hacerle ningún daño. De esto se desprende que no se trataba de lobos naturales sino de brujas que habían contribuido a causar la tormenta de granizo y habían venido a presenciar el daño causado.”
Asesinos en serie

Parecería una tenue lógica a los oídos modernos: después de todo ya no creemos que el diablo camina entre nosotros, y somos más propensos a culpar a Dios si nuestra vida se destruye. Esto, sin embargo, fue una discusión académica, escrita por un prominente juez que dictó sentencia contra los hombres lobo acusados en su corte. Es difícil ser totalmente crítico de los locales que informaban esta noticia: una comunidad que acababa de perder su cosecha entera puede ser excusada por estar desesperada por encontrar las razones de semejante desastre.
Entre los hombres lobo más famosos que fueron condenados destacan Stubbe en 1589; la familia Gandillon, en el mismo año, que fue enjuiciada en masa después de que uno de sus integrantes, Pernette, atacó a dos niñas; Jacques Roulet de Angers, en el norte de Francia, que fue sorprendido una mañana de 1598 cuando aún devoraba el cuerpo de un muchacho de 15 años (y fue encerrado en un asilo, para su fortuna), y Gilles Garnier, quien atacó a unos niños, y fue condenado en 1573. Sin embargo, todos ellos, de acuerdo con las evidencias disponibles, sólo fueron asesinos.
Los podríamos llamar asesinos en serie: la depredación y, a veces el sadismo sexual, eran una parte esencial de su lobomanía confesa. Con la escasez de comida, la pobreza abundante y con el canibalismo –un temor siempre presente— es fácil explicar por qué la paranoia del hombre lobo entró en vigor, especialmente en las zonas donde los lobos reales asolaban.
Los escritores de True Crime, con un verdadero interés por lo oculto, en ocasiones agrupan a todos los sádicos sexuales o caníbales bajo la etiqueta del hombre lobo –una aproximación a grandes rasgos que en ocasiones nubla más el tema de lo que lo ilumina cuando se aplica sin cuidado. Hoy en día, con un poco de investigación en Internet aparecen foros de debate para los ciudadanos modernos que se autodenominan “hombres lobo”. Algunos parecen utilizar al hombre lobo como una metáfora, en línea con la espiritualidad de la Nueva Era; algunos describen rabias violentas o trastornos por déficit de atención, y consideran que se trata de interpretaciones mundanas, incorrectas, de su naturaleza, que la verdadera razón de esas furias o las dificultades está en lado animal; otros hablan de los “humanos” como si la categoría los excluyera.
Historia olvidada

Con o sin inquisidores que creían que los hombres podían convertirse en lobos, la gente sufría. Las comarcas que veían desaparecer a sus hijos deben haber sufrido una profunda agonía ante la idea de que un hombre lobo apareciera para atacarlas; y los arrestos, la tortura y la quema viva de los hombres lobo convictos añaden sus propios detalles a uno de los episodios reales más horribles de nuestra historia colectiva. Si atendemos a los cuentos medievales, que parecen tener un final tradicional predilecto, como los cuentos de hadas lo tienen, en lugar del “y vivieron felices para siempre”, nos encontramos con algo que se repite una y otra vez: “Fue llevado ante el juez y posteriormente quemado”.
Reinventamos al hombre lobo en el siglo XX. El germen de la idea estaba demasiado lejos y apestaba tan fuerte en la pira como para darle cabida en nuestra cultura popular. Como resultado, los atavíos tradicionales del hombre lobo, que pudieron dar lugar a una tradición rival de Drácula, están en gran parte olvidados. El cinturón o la correa de lobo, elaborada con la piel de un lobo o de un hombre ahorcado, que podía transformar al usuario a voluntad (que es lo que Stubbe afirmó que el diablo le dio); el ungüento mágico que también da el poder de transformación de día o de noche; el hombre lobo que, como el Bisclavret de Marie de France, no puede cambiar a menos que tenga acceso a su ropa; el vagabundo excomulgado que renegaba de su maldición: estas extrañas y fructíferas imágenes no aúllan más. Se ha sugerido que la razón por la que la luna llena, la diosa de nuestra tradición, originalmente aparecía en las historias del hombre lobo es muy simple: en una época en la que no había luz en la calle se requería de una luna brillante con el fin de ver cómo la transformación tenía lugar. Nada más.
Tomado de: The Journal of Mythic Arts.
Traducción y edición: José Luis Durán King.