James Mitchell DeBardeleben: gorrión de plaza comercial

POR José Luis Durán King
Al revisar el auto de un falsificador de billetes, la policía tropezó con imágenes y audios de varias sesiones de tortura

A principios de los años 80, el Servicio Secreto de Estados Unidos seguía el rastro a un elusivo criminal, al que denominaban Mall Passer (algo así como “gorrión de plaza comercial”). El individuo viajaba por varias ciudades, visitaba centros comerciales, donde pagaba con billetes falsos. Hasta ese entonces, los agentes calculaban que había incorporado al flujo monetario unos 30 mil dólares por lo menos.

Desde su fundación en 1865, el Servicio Secreto de ese país ha trabajado en la investigación de fraudes, entre los que figura la falsificación de billetes. En 1883, esa rama judicial fue asignada al Departamento del Tesoro y, entre sus nuevas tareas, estuvo la vigilancia del presidente en turno. Algunos de sus agentes fueron transferidos al Departamento de Justicia para crear el FBI, que se encarga de delitos federales además de labores de espionaje.
El 25 de abril de 1983, Mall Passer entró a un centro comercial. El gerente de un almacén observaba cómo el individuo iba de una tienda a otra, adquiría cosas de poco valor y pagaba con billetes de 20 dólares. El periplo quedó registrado en las cintas de algunas cámaras de vigilancia. El 25 de mayo, el hombre paseó por una plaza comercial de Knoxville, Tennessee, donde repitió su modo de operar. Sin embargo, lo que el presunto criminal ignoraba es que el Servicio Secreto llevaba un mes siguiéndolo muy de cerca, a la espera de echarle el guante sin que tuviera un resquicio para evadir la justicia. Además de que los billetes con los que pagó de inmediato fueron analizados y catalogados como falsos, el sospechoso viajaba en un auto robado en Virginia, con placas de circulación también falsas. Antes de salir del complejo, los agentes detuvieron a James Mitchell DeBardeleben, alias Mall Passer.
Después de varios años de investigación, un falsificador prominente era retirado de la calle. Los agentes del Servicio Secreto respiraron aliviados y ahora sólo correspondía hacer la revisión del auto de DeBardeleben y encontrar elementos que contribuyeran a fortalecer el caso. Dentro de la unidad, los uniformados encontraron billetes falsos, varias placas de circulación, una insignia de policía falsa e incluso una pequeña prensa para imprimir. Pero había algo más, algo que salía de la jurisdicción del Servicio Secreto: una cantidad sustancial de fotos pornográficas, lo que en sí no era un delito, salvo que las modelos, en poses masoquistas, eran mujeres, por decirlo de alguna manera, cotidianas: amas de casa, estudiantes y oficinistas. Y algunas de ellas se notaban sumamente maltratadas. También recuperaron unas cintas de audio.
La investigación fue turnada a la autoridad correspondiente y ahora DeBardeleben tenía que responder varias interrogantes adicionales al tráfico de billetes falsos.
Naturaleza sádica

Nativo de Little Rock, Arkansas (Marzo 20 de 1940), DeBardeleben era hijo de un militar y de una madre alcohólica, con quien el individuo siempre mantuvo una relación de amor-odio. Con el tiempo, él también se aficionó a la bebida y a vivir de los fraudes. Su inestabilidad emocional la reflejaba el hecho de que estuvo casado en seis ocasiones antes de caer a la cárcel de por vida. Una de sus esposas declaró que era muy difícil que DeBardeleben lograra la erección. Requería películas porno y humillar a sus parejas para excitarse.
El agente Greg Mertz, del Departamento de Policía de Washington, fue el encargado de escuchar las cintas que habían recuperado del auto de DeBardeleben. Se trataba de varias sesiones de tortura, en las que se escuchaban lamentos y gritos de terror de las víctimas. Eran decenas las voces. Lo más inquietante es que muchas de ellas pedían entre sollozos que no las matara. Las fotos también fueron cuidadosamente analizadas y en algunas podía sugerirse que las mujeres estaban muertas.
El perfilador John Douglas, que participó en el caso, señaló que DeBardeleben establecía una relación de dominio total con sus presas; para lograr su propósito era necesario degradarlas totalmente. Para el también perfilador de conducta criminal Roy Hazelwood, las fotografías, junto con las grabaciones hechas por DeBerdeleben, constituyen “el mejor documento de sadismo sexual desde el Marqués de Sade”.
Las autoridades sólo pudieron comprobar la participación de James Mitchell DeBardeleben en dos asesinatos, aunque hay motivos suficientes para especular que el número de víctimas mortales fue mayor. Por fraude y los dos homicidios fue condenado a 375 años de encierro, que cumple en una prisión del FBI en Carolina del Norte.