John Crutchley: encuentro con el vampiro

POR José Luis Durán King
Una mujer escapa en medio de la noche de una casa maldita, donde casi muere succionada. Su declaración condujo hasta un hombre que se cree asesinó al menos a 30 víctimas más

Una noche de noviembre de 1985, el chofer de un tráiler manejaba por una de las arterias de Malabar, condado de Brevard, en Florida. De repente, a cierta distancia, a la orilla del camino, vio que alguien le hacía señas para que se detuviera. El hombre redujo la velocidad de su unidad para observar bien la escena. Se trataba de una mujer esposada de los tobillos. En primera instancia, el conductor pensó que la joven había sido arrojada desde un auto.
Sin embargo, cuando ayudó a subir a la mujer, ésta, aterrorizada, le suplicó que se marcharan, que no quería regresar “a esa casa”. El chofer observó alrededor, pero sólo había noche, sin ninguna casa cerca. Apuntó la locación, llevó a la chica a su casa y, desde ahí, llamó a la policía y a una ambulancia.
El médico determinó que la mujer había perdido entre 40 y 45 por ciento de su sangre. Además de las marcas que le dejaron las esposas en muñecas y tobillos, la víctima mostraba huellas de haber estado amarrada del cuello. Una vez estabilizada, tocaba el turno a la policía para saber qué había sucedido.
La narración fue extraordinaria. El día anterior, un hombre le había dado un aventón. Cuando ella estaba a bordo del auto, él le dijo que, antes de continuar, necesitaba pasar por algunas cosas a su domicilio. La mujer sintió desconfianza y le dijo al individuo que detuviera el carro para que ella se bajara. En lugar de eso, el tipo la golpeó hasta dejarla inconsciente.
Al despertar, la mujer estaba en una cocina, amarrada a una silla. Su agresor había dispuesto una videocámara y unas luces que apuntaban hacia ella. Cuando el hombre apareció en escena fue para violarla varias veces, mientras todo quedaba registrado en la cámara. El abuso sexual fue sólo el preámbulo de la pesadilla. El individuo colocó unas agujas y sondas en brazos y muñecas de su presa. Cuando la sangre comenzó a drenar, el hombre succionó el líquido por las arterias de hule. Su expresión era de placer mientras bebía, al tiempo que la mujer gritaba como un animal que sabe que es sacrificado.
Cuando el vampiro quedó satisfecho, esposó a la mujer a la tubería del baño y dijo que regresaría después por más sangre. Le advirtió que si trataba de escapar, su hermano la mataría. La mujer no creyó el cuento del hermano y, en cuanto supo que su captor se había marchado, tiró con todas sus fuerzas y todo su dolor para arrancar el tubo al que estaba sujeta. Lo logró y, a rastras, llegó hasta la carretera donde el trailero la rescató. En un solo acto de succión, la víctima había perdió el porcentaje de sangre al que el médico se refirió.
¿Hubo más?

El caso del vampiro ganó espacio en los medios impresos y electrónicos de Estados Unidos. Con los pormenores aportados por la mujer y su salvador, la policía determinó la casa maldita, donde encontró la videocámara y parte de la grabación a la que se refería la víctima. En cuestión de días fue capturado John Crutchley, un tipo blanco, enjuto, de 39 años, nativo de Pittsburgh, con dos maestrías, una en física y otra en ingeniería. Por su conocimiento en sistemas había viajado por varios estados de la unión americana.
La peculiaridad del caso llamó la atención del perfilador criminal Robert Ressler, quien de inmediato se convenció que, de no haber escapado aquella noche, la mujer habría sido succionada hasta la muerte en una segunda sesión, lo que también lo llevó a concluir que, casi seguramente, Crutchley ya había asesinado por lo menos en una ocasión.
Los “trofeos” encontrados tanto en el domicilio como en la oficina del hombre reforzaban la hipótesis de Ressler. Sin embargo, con excepción de los objetos rescatados por la policía, no había nada más que vinculara a Crutchley con algún homicidio, por lo que el detective concluyó que el hombre era un asesino serial del tipo organizado.
Los casos fríos de mujeres desaparecidas o asesinadas que se han reabierto en Virginia, Maryland, Ohio y Washington, D.C., parecen dar la razón Ressler, ya que, al menos en lo que corresponde a los cadáveres hallados en los lugares por los que caminó Crutchley prácticamente estaban drenados de sangre en su totalidad.
John Crutchley siempre se mantuvo ajeno al caso que lo llevó a prisión y ya no podrá confirmar si asesinó a las 30 mujeres que las autoridades le achacan: murió en 2002, cuando en un acto homosexual fue asfixiado por otro interno.