La protesta homicida

POR José Luis Durán King
De acuerdo con dos estudios, en épocas de depresión económica o de turbulencia social, el asesino pluralista enarbola con sus actividades el descontento general

La pregunta de si los asesinos seriales son o se hacen ha dividido las opiniones por lo menos en dos escuelas dominantes del pensamiento: la médico-psicológica y la estructural-ambiental, como bien se apunta en el artículo “Sample Essay: Are the Actions of Serial Killers Better Explained Through the Medical-Psychological Tradition Or the Structural Tradition?”, publicado en el sitio web http://www.genuinewriting.com el 31 de enero de 2010.

En resumen, la primera corriente, la médico-psicológica, ubica al fenómeno del homicidio serial en el contexto de la mente del individuo, mientras que la tendencia estructural basa sus principios precisamente en estructuras o condiciones sociales particulares como detonantes del homicidio reiterativo.

Me centraré en el aspecto estructural, ya que dos artículos –el mencionado líneas arriba y “The Dark Side of Negative Social Mood: Serial Killers and the Economy”, de T. Harrington— resultan ilustrativos.
Harrington apunta que predadores pluralistas como Jack el Destripador y H.H. Holmes, por sólo mencionar dos, fueron frutos de su tiempo, tanto en su popularidad como en sus acciones.
El investigador ubica la actuación de Jack el Destripador justo a mitad de la llamada Gran Depresión británica. En 1888, señala el académico, el crecimiento de la producción industrial en el Reino Unido no alcanzaba siquiera 2 por ciento, en comparación con 5 por ciento de Estados Unidos y casi 4 por ciento de Alemania. Jack el Destripador deambuló en Whitechappel vaciando el contenido corporal de cinco prostitutas en un momento en que, pese a todo, Londres era el centro del poder del mundo.
Con Jack el Destripador, el homicida serial obtuvo la ciudadanía mundial gracias a un impacto mediático que ganó con una serie de cartas que envió lo mismo a los periódicos que a la policía. La atención pública que alcanzó –y que mantiene— era inédita hasta antes de él, por lo que surge la pregunta: ¿qué crea la popularidad de un criminal en serie, las acciones de éste o el público, que demanda cada vez con mayor urgencia noticias frescas sobre este tipo de proscrito?
El estereotipo empresarial

Del Reino Unido, Harrington viaja a Estados Unidos, específicamente a Chicago, donde, de 1893 a 1894, H.H. Holmes creó el estereotipo empresarial del homicida serial. En el par de años en que Holmes trabajó, Estados Unidos no las tenía todas consigo, el desempleo para 1894 superaba 18 por ciento, las huelgas estallaban en toda la Unión Americana y, particularmente una de ellas, la Pullman, en Chicago, fue tan conflictiva que el presidente Grover Cleveland decidió enviar las tropas a acallar cualquier insinuación de derecho laboral. “Los tiempos eran duros”, dice Harrington, “y otra vez el público volvió los ojos a las noticias de un homicida en serie”.
Y Holmes aportó su granito de arena para satisfacer a las audiencias. Después de construir un laberíntico hotel con cámara de tortura incluida, decidió que sus huéspedes se alojaran permanentemente en el inmueble. Cuando los agentes policiacos ingresaron al edificio encontraron partes humanas disecadas y restos carbonizados de las víctimas de este personaje. Asimismo se supo que el individuo había vendido esqueletos completos a diferentes escuelas de medicina. Ya descubierto, Holmes aprovechó su popularidad para seguir amasando dinero. Vendió su historia al empresario de los diarios de Estados Unidos, William Randolph Hearst, en el equivalente actual de 200 mil dólares.
La aberrante saga de Holmes garantizó por mucho tiempo ingresos millonarios a los diarios de la época y una sobredosis de escalofríos a los lectores.
Desánimo social

El ensayo “Sample Essay: Are the Actions of Serial Killers Better Explained Through The Medical-Psychological Tradition Or the Structural Tradition?” se centra en el Reino Unido. Apoyándose en la investigación de Ellit Leyton, “Hunting Humans: The Rise of the Multiple Murderer” (1986), señala que “el homicidio múltiple no es la provincia del [individuo] mentalmente disturbado y que uno tiene que mirar más allá del individuo a la sociedad y, en particular, a las estructuras sociales en la que él o ella vive para explicarse con mayor claridad el asesinato múltiple.
Asimismo, explica que “los actos de los homicidas seriales no son simplemente el resultado de una personalidad trastornada o peligrosa, sino algo más importante, pueden ser consecuencia de un sistema socioeconómico que no recompensa los esfuerzos de todos, y puede peligrosamente marginar a ciertas personas”.
En épocas de mayor desigualdad económica o de turbulencia social aparecen criminales seriales quienes, precisamente, enarbolan lo que la investigación referida denomina “La protesta homicida”.