Lucian Freud: te ves como te sientes

POR Iván Ríos Gascón
Influido por su colega Francis Bacon, Lucian Freud fue el artista de la carne. La diferencia entre sus obras radica en la ira y en la amargura: Bacon solía desfigurar a sus criaturas a través de atrabiliarias ondas expansivas de color; en Lucian la amargura germinaba de la impasibilidad de las figuras que se desparramaban en el silencio luminoso

Hubo un hombre que pintó a sus modelos no sólo como eran sino como se sentían. Nieto del padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, Lucian inauguró la escuela figurativa de la plástica inglesa, junto con Francis Bacon y otros secuaces como Frank Auerbach, Leon Kossoff, Robert MacBride y Reginald Gray, una corriente que eligió mostrar la realidad de los rostros, la desnudez y la incompatibilidad somática de las especies, en obras nimbadas por la estridencia del color que en vez de entronizar la belleza o la naturalidad de sus figuras, remarcaba las deformidades que cabrían en un espejo

: Lucian Freud fue un exhaustivo observador de la decadencia epidérmica, anímica y emocional de la condición humana, un taxidermista armado únicamente con un pincel y una paleta, que utilizaba para ensalzar todos los detalles que exhibía la piel, la expresión, la genitalidad de los detritos ambulatorios que se abrían ante el caballete.

La mirada de Lucian Freud no excluía absolutamente nada. Era capaz de mostrar los forúnculos, las grietas, la blandura, las rugosidades de un pellejo en deterioro. Su talento, la enormidad de sus pinturas, germinaba de una belleza caída en la desesperanza: con sólo contemplar esos magníficos trabajos, podemos reconocer que el cuerpo se desgasta irremisiblemente, que somos limitados, y que hay algo mucho más palpable de lo que creemos que mostramos. El cuerpo se desgasta, se marchita, somos células que nacen, mueren, retoñan, se deforman y se enferman. La obra de Lucian Freud es, quizás, un paralelo ilustrativo de la novela de Michel Houellebecq, Las partículas elementales pero, sin lugar a dudas, fue la inspiración de escritores emblemáticos como William S. Burroughs, quien en vez de exaltar a su amigo Francis Bacon, prefirió mencionar a Lucian en sus cartas a Allen Ginsberg, Jack Kerouac y en otros textos de sueño y de vigilia.

De Lucian Freud se dicen muchas cosas. Que tuvo 40 hijos. Que se casó con una de sus sobrinas, que coleccionó infinidad de amantes y que nunca presumió las exorbitantes sumas que pagaron por sus cuadros, pero esas murmuraciones podrían conjurarse fácilmente. Bastaría con ver sus autoretratos. Genuinas radiografías de un hombre atormentado, un tipo perdido en el embrollo del olfato representativo o, tal vez, un testigo insobornable de la esencia corporal. Quizá, las serpenteantes líneas que ensamblaban su miseria gestual, fueron las claves de una cartografía para descifrar el secreto de sus trazos.
Parejas reuniendo su fealdad en un abrazo (Ib and Her Husband, 1992); criaturas que agonizan en desmayos apacibles (Blond Girl On A Bed, 1987; Lying By the Rags, 1989-1990; Leigh On A Green Sofa, 1993) o la que fue una de sus telas más exitosas, Benefits Supervisor Sleeping (1995), donde se contempla a una mujer mórbidamente obesa roncando en un diván y que, en mayo de 2008, la galería Christie’s de Nueva York vendió en 33.6 millones de dólares, batiendo el récord de ventas de un artista vivo.
Bajo la óptica de Freud, los modelos perdían el aura de poder o la sublimidad de su apariencia, para convertirse en muestras temperamentales de los ciclos de la vida. Su retrato de la reina Isabel II o las imágenes de Jerry Hall y de Kate Moss, por ejemplo, reivindicaron la insignificancia epidérmica, esa fragilidad que el tiempo o la naturaleza arrasan sin misericordia alguna.
Influido por su colega Francis Bacon, Lucian Freud fue el artista de la carne. La diferencia entre sus obras radica en la ira y en la amargura pues, si Bacon solía desfigurar a sus criaturas a través de atrabiliarias ondas expansivas de color, como un desgajamiento producido por la furia de una mano insatisfecha, en Lucian la amargura germinaba de la impasibilidad de las figuras que se desparramaban en el silencio luminoso: en sus cuadros no hay oscuridad sino franqueza; expresiones hieráticas, conmovidas, como sucede en el intenso Girl With A White Dog (1951-1952), donde Kitty Garman (su primera esposa), observa a su creador desde la cama. Cubierta con una bata amarilla de la que asoma uno de sus pechos, Kitty luce meditabunda, mientras un pequeño perro blanco reposa en su regazo. Como ella, el can también observa el caballete. Dueña y mascota parecen trasmitirnos la idea de que el tiempo ha escindido su cruel fugacidad.
Lucian Freud murió en su casa de Londres el pasado 20 de julio. Dicen que falleció tranquilamente, pero quizás no fue así. Tal vez lo hizo dibujando mentalmente su cadáver. Ajado, reblandecido y carnalmente ignoto.