Mario Bellatin y la recuperación del cosmos de juguete

POR Gabriel Ríos
El entramado de su obra es el tiempo-espacio, desde donde vigila el espectáculo, que al contacto con los “otros” transmite el origen de locuras intemporales

La obra de Mario Bellatin podría ser un cuento solitario que nos asimila a lo que nos va quedando de memoria, identificación o retrospectiva en cuanto al cuadro de Braque que consiste en un clavo con su proyección de sombra, representando al mismo tiempo un artefacto propio.

Sus personajes contemplan el “asesinato del alma” mediante clichés “orientalistas” que nos hacen sentir culpa por alguien que hemos olvidado.
El autor nos aproxima al movimiento de los “ambulantes” del artista visual ruso I.N.Kramskoi, reciclados un siglo después, con la peculiaridad de que demasiada abstinencia provoca angustia.
Bellatin considera la autenticidad de sus protagonistas con las únicas “verdades” que se resumen en símbolos y parábolas.
Leemos en alguna parte “escondida” de su obra que durante miles de años se han producido “cortes” que se “mondan” de risa de sus reyes.
La escritura de Mario Bellatin es emotiva (por lo desmotivante). Diseñar narrativa es un sistema de persecución que nos recuerda el libro Edipo de Friedrich Nietzsche o el ezquianálisis de Guattari.
En sus relatos conspiran sus narradores, que “simulan simular” y buscan que el lector baje la guardia, para dispararnos balas de salva.
A los habitantes de la obra de Bellatin les tocó una porción de tierra yerma, y en ella cultivaron flores fugaces de cactus.
Su obra podría haber sido algo más que la fascinación disociada o el renacimiento de quienes cultivaron la especulación financiera.
Bellatin aplica una especie de Eros como si fuera poeta. El entramado de su obra es el tiempo-espacio, desde donde vigila el espectáculo, que al contacto con los “otros” transmite el origen de locuras intemporales.
Es lo que Walter Benjamín llamó a su soledad, un sufrimiento sordo de sospecha y conjura, una zona colmada de lucidez depresiva, es decir, un entusiasmo inmediato, con sobredosis de insensatez y supuesta vanidad.

El parecido de Bellatin con la literatura de Marthe Robert se debe al escenario que construyen ambos para sus criaturas abandonadas, como sucede con esa tercera persona que pertenece a lo neutro de Blanchot o aquella línea de Deleuze: “…la literatura sólo empieza cuando nace en nuestro interior una tercera persona que nos desposee de decir Yo”.
Es un hecho que la obra va más allá que una serie de libros, y de personajes. Nos habla a los lectores-animales no determinados, impedidos por ciertos impulsos que forman parte de nuestro equipo genético. Ejemplo: el hambre y en un grado menor, el sexo y la agresión defensiva.
El hombre lo que desarrolla es una marco de orientación, un mapa del mundo que le permite encontrar su lugar en relación con él, que le explique su situación, y por lo tanto, debe encontrar un objeto de dedicación, una visión de algo a lo que se pueda dedicar totalmente, dejando de lado el hastío.
En ese artículo excelente de Deleuze, “Lo que dicen los niños”, escribe que el psicoanálisis equivoca una y otra vez la relación del inconsciente con ciertas fuerzas intensivas que sustentan las motrices.
Los personajes de la obra no podrán salvarse de los postulados básicos de Freud, de la resistencia-represión en particular.
Una frase que se repite en el libro mencionado, “todo tiene remedio menos la muerte” es de una mordacidad salvaje.
Y la historia del suicidio más puro: Cristo nunca quiso responder a las expectativas de sus discípulos, no quería quedarse con nada, ni siquiera con la parte correspondiente de sí mismo.
Me pregunto si con esa frase no se ha regado el tepache durante siglos, de miseria y vanagloria.
El amor y el poder entrelazados en la obra. Quizá sin habérselo propuesto, el autor ha recreado la oligarquía de los mártires.
El Yo que prevalece en la obra es una imagen. Con razón decía Lawrence que el resplandor del sol en la hierba no basta para relacionarse con alguien o aniquilarse a la salida de un teatro budista.

El problema al que me ha metido esta obra consiste en que tengo que recuperar el máximo de conexiones de mi cosmos de juguete. Caí en la trampa: el autor me infló el ego y sólo me revolqué en mi enfermedad.
Debo decirlo: la obra es un ejercicio supremo de psicosis y esquizofrenia, el ingrediente perfecto para que sigamos creyendo en las parábolas del evangelio de los demonios cristianos.
Por lo menos cuento con dos amigos desde la literatura: Mario Bellatin y Louis Wolfson, a quienes no les interesa la escritura, sino quitarse la estúpida historia de la resistencia.
Necesito terminar el comentario, pues tengo que echar afuera una serie de contaminantes por el excusado: tenias, oxiuro, lombrices y anquiloformas. Me he alejado del punto de partida. ¿Seré una amándula? Mi cuerpo repta; mi espíritu se avergüenza. El delirio se torna estado clínico.