Mundo de juguete (sexual)

POR Óscar Garduño Nájera
A buscar y lograr un bello lugar
donde siempre brille el sol
Un mundo de juguete
vamos a encontrar.

Anillo vibrador. Paraíso edificado bajo distintas texturas para aquellos hombres que padecen peor chinga que la arritmia no sólo del corazón. Míralo abrirse entre la carne, como parece devorar todo al paso de su circunferencia, mientras con sus terribles pasos de baile te susurra una predicción: el día de mañana habrás de servir sexualmente para un reverendo carajo.

Látigo. Una garra de cuero atraviesa velozmente el aire y en ocasiones obliga a hacer del dolor placer, sobre todo cuando los perversos, hijos de algún ignoto demonio, abren un poco más los ojos para admirar lo bien que se puede estar en el infierno. Ejemplar herramienta de castigo desde tiempos inmemoriales, compadre ebrio de las parejas que hacen de los placeres sexuales algo más que sacrificios.
Máscaras. Aquí no hay límite de tiempo y en esta arena sobran sábanas. Nietzscheaneamente, sobrevive el enigma. Tras su hueca mirada todavía adivinamos ese que somos cuando, al igual que los luchadores transforman su personalidad al colocarla, a nosotros consigue modificarnos por algo más que el sexo, quizás por la pasión.
Fundas para pene. Gracia y honra de algunos reyes es cambiar de atuendo según lo aconsejen los protocolos y las circunstancias adversas o favorables; y si las sensaciones extraoficiales para con nuestra pareja obligan también a recurrir a un disfraz, se deberá seguir no sólo la textura en turno sino lo que más convenga a los dos.

Bolas chinas. Desde las delicias del sushi, siempre los orientales. Me quedó con la leyenda que asegura fueron inventadas (algún ocioso, seguramente) para consuelo de las esposas mientras los hombres se batían en cualquier deleznable guerra. También se me ocurre pensar, acaso como complemento a la ficción, que al regresar, si es que lo hacían, muchos esposos solitarios deambularon por las calles lanzando maldiciones contra aquellas tiranas bolitas y refugiándose en lo prohibido de abandonados labios masculinos.
Condones de sabores. Cualquier chef de alta cocina lo sabe: no hay fronteras para colocar delicias en el paladar, y si a lo anterior le agregamos una que otra mordida o chupada, la misma Francia se pondría de rodillas ante la pareja que tenga a bien entregarse a las generosas artes amatorias.
Muñecos inflables. Ante la siguiente afirmación pongo por testigo a los Salmos aun cuando éstos siempre me ofrecen desdicha y no consuelo: fue Adán quien confeccionó, tras modelos fallidos, la primer muñeca inflable para satisfacer sus bajos instintos (pues satisfacerlos con animales nos llevaría a otra historia). Únicamente así se entiende que las sagradas escrituras, la iglesia, la liga de padres de familia y provida (minúsculas, por favor) consideren a la mujer como un ser de plástico sin capacidad para decidir y hacer de su vida lo que bien le venga en gana.
Disfraces. A final de cuentas todos portamos uno y nos comportamos de acuerdo con sus exigencias, sin atender que ya en el ocaso éste será de madera o de cenizas. Anodinos y exiliados de las tierras de los ciudadanos felices, cuando una pareja opta por cambiar de disfraz para arrancar suspiros y comprobar que las fantasías de vez en cuando se hacen realidad.
Columpio sexual. ¿Decoración o juguete? Son muchos los hoteles que ya cuentan con uno en sus habitaciones y al parecer cada día son más los dueños que se suman a colocar tal aditamento. Ya sea que usted se encuentre por los aires o por el suelo, de pie, la embestida casi infantil y torpe será inminente.
Vendas para los ojos. Yo debería proclamarme inventor de tal juguete tras realizar experimentos con las más variadas telas; no obstante, en cuanto quise poner la patente a mi nombre una mujer puso una venda sobre mi recién operada vista; luego recorrió con tantos besos mi cuerpo, con tal intensidad, que mande al diablo la adjudicación del invento y quedé imposibilitado para este texto contin…