Sangre: del circo romano a Manhattan

POR Alfredo C. Villeda
Una multitud presta a presenciar no sólo duelos propios de la mitología entre feroces especies enloquecidas, cuya única coincidencia era ser esclavas de una bestia más sanguinaria, sino a los propios hombres lanzados a ese antiquísimo ruedo
La foto es de Kevin Carter. Un buitre, en tierra, acecha a una niña sudanesa, exhausta, esquelética, que reposa a medio camino de su marcha hacia un refugio de Naciones Unidas en el que recibirá alimento. El reportero sudafricano ha esperado 20 minutos con su ojo detrás de la Canon a que el ave de rapiña extienda las alas. Se desespera. Comienza a temer que emprenda el vuelo, porque la pequeña no deja de respirar. Presiona el disparador. Espanta al demonio alado y se interna en la maleza. Al pie de un árbol, llora. Contará la anécdota al año siguiente, en 1994, cuando su instantánea, en la portada del New York Times, le da el Pulitzer. Meses después se suicida.
Quizá por deformación periodística, el fusilero se resiste a poner a Carter en el papel de “depredador” o de “otro buitre” en la polémica que aún genera su gran foto. De zopilotear lo que se dice zopilotear, sin embargo, sobran episodios. El circo romano, por ejemplo, del que abjuraban sus contemporáneos Cicerón y Séneca. Una multitud presta a presenciar no sólo duelos propios de la mitología entre feroces especies enloquecidas, cuya única coincidencia era ser esclavas de una bestia más sanguinaria, sino a los propios hombres lanzados a ese antiquísimo ruedo.
Al menos sobre uno de estos rufianes lanzados a la arena para ser devorados consta en la historia que un león se negaba a atacarlo. Para complacer el frenesí de la concurrencia, el gobernante ordena se suelte a un leopardo, pero el felino melenudo acaba con el moteado. Frente al público estupefacto, el inverosímil gladiador se lleva como recompensa, de mascota, a su fiera salvadora y, se decía, agradecida, porque alguna vez el hombre le sacó una espina y el animal lo recordaba. Escena propia de filme, como la de 10,000 años AC (Roland Emmerich, 2008) en la que el héroe libera a un tigre dientes de sable de una trampa y el prehistórico depredador le perdona la vida.
De vuelta a nuestra era, vayamos a un episodio de 1897 narrado por un personaje de Umberto Eco en su reciente Cementerio de Praga (Lumen 2010): “Son malos. Matan por aburrimiento. Es el único pueblo que ha mantenido ocupados a sus ciudadanos durante varios años en eso de cortarse la cabeza unos a otros, y suerte que Napoleón consiguió canalizar su rabia hacia otras razas, movilizándose para destruir Europa. Están orgullosos de tener un Estado que dicen poderoso, pero se pasan el tiempo intentando que caiga”. El sujeto habla así en el segundo capítulo de la novela, en el que se mofa de que los franceses creyeran entonces que todo el mundo hablaba su lengua. “Muchos tomaron por bueno que Calígula, Cleopatra o Julio César se escribían sus cartas en francés, y que en francés se carteaban Pascal, Newton y Galileo, cuando hasta los niños saben que los sabios de aquellos siglos se escribían en latín”.
Ya instalados en finales del siglo XX, hay un personaje de la celebrada Fight Club (Vintage, 1996), del narrador estadounidense Chuck Palahniuk, que bien cumple con ese perfil de buitre al acecho en una historia “hipnótica, sin piedad y delirante”, para usar la fórmula que le atribuye Bret Easton Ellis. El héroe de la novela sólo puede dormir, relajarse y sentirse de vacaciones acudiendo a terapias de grupos de apoyo, así que reparte su semana en reuniones con pacientes con parasitosis cerebral, leucemia y pérdida de testículos. Cuando una desconocida, Carla Singer, comienza a aparecer en esas sesiones, se revuelve de ira y le lanza todo tipo de epítetos: “Falsa, extraña, mentirosa, oportunista”… Para él era tan ajeno el sufrimiento de esos entes, que ignoraba por qué su amigo Bob llamaba güevos a los güevos, así que recibe incluso una lección de español mexicano.
Sed de sangre del circo romano al centro de Manhattan.