El moderno zoon politikon

POR Alfredo C. Villeda
Atrás quedó la leyenda de que la política sólo es para enterados: hoy un taxista, un obrero, un albañil, un empleado del servicio de limpia, un estudiante preparatoriano o un ama de casa opina y hace llegar su crítica o elogio en forma directa a sus personajes objetivos

Hoy en día la popularidad se mide por amigos en Facebook o seguidores en Twitter. Cualquier ciudadano sensato del siglo XX pensaría, por supuesto, que sólo se aplica a artistas o cantantes: Anahí, Julieta Venegas, Katy Perry, Lady Gaga y miles más que convocan hordas al primer tweet. Si hace 11 años alguien hubiera aventurado que iba a existir una página de fans de Enrique Peña Nieto o una consultadísima cuenta de Manlio Fabio Beltrones, aun de Gerardo Fernández Noroña, todo mundo le señalaría el camino al psiquiátrico.

Que el hombre es un animal político lo dijo Aristóteles en la antigüedad. Él, que igual vislumbraba los principios de la fotografía que de la naturaleza humana, de la lógica a la biología. Atrás quedó la leyenda de que la política sólo es para enterados, para el círculo rojo, para enviarse mensajes entre sus protagonistas. Hoy un taxista, un obrero, un albañil, un empleado del servicio de limpia, un estudiante preparatoriano o un ama de casa opina y hace llegar su crítica o elogio en forma directa a sus personajes objetivos.
Beltrones no resistió la tentación de las redes sociales y su primera vez en Twitter duró un solo día. Como dice el clásico de San Cristóbal: no aguantó vara. Dimitió, empero, para volver. El asunto es que ahora hay políticos y periodistas que son estrellas del ciberespacio. Y sus seguidores se dan con todo con los detractores, que también aprovechan el espacio para emitir su voz.

Esta semana ha sido en especial candente en cuanto a estas lides. Críticos de Javier Sicilia están enfurecidos por sus visitas a Los Pinos y al Congreso. Si el abrazo y la palmada con Felipe Calderón y la sonrisa generosa con Francisco Blake hizo hervir el perol, la explosión no tardó mucho con los besos a los legisladores. En el Zócalo se abstuvo de pedir la cabeza del Presidente, en Morelos se desdijo de las censuras a Genaro García Luna y ahora dialoga, dialoga, dialoga. Para los enemigos del gobierno, error imperdonable.
Viene el detalle de la militancia. Cuando surge Sicilia como líder de un movimiento que censura la lucha contra el crimen, todos los críticos del poder se alinean y unen sus reclamos al poco ortodoxo método del poeta. Facebook y Twitter acogen múltiples expresiones de solidaridad y se desviven en elogios al escritor. Los aliados del gobierno ven con recelo al intruso; él, habitante tradicional del círculo rojo, de pronto en labores de campo. Le dan con todo y argumentan que se cuelga de la tragedia de su hijo para provechos que jamás llegan a definir con palabras.
Cuando ha llegado el momento de asistir a los encuentros que él mismo exigió, con millones de voces apoyándolo, para dialogar, a buena parte de esa multitud ya no le pareció la variable. Hay que marchar, gritar, demandar renuncias. Parece que no leyeron completos los discursos del convocante. Ahora esos ex aliados se le vuelven para golpearlo y ya lo ven como candidato político en un futuro cercano, aunque él diga a cada insinuación que la cosa no va por ahí. Si cambia de parecer, pues ya habrá otro universo de opinión pública que le dará su merecido. No sé por qué el drama de que, por no ajustarse a la línea de golpeteo puro, crean que ha cambiado de opinión o, peor, lo vean como un traidor, palabra favorita entre los avezados en la militancia.
  
El problema con los representantes contemporáneos de eso que Aristóteles llamó zoon politikon es que ni siquiera ahora que pueden seguir en vivo las conversaciones de sus ángeles y demonios se dan cuenta de la trampa. Los políticos y los personajes alrededor de esa práctica se pueden decir de todo, pero comen juntos casi a diario. Periodistas que se lanzan toneladas de basura desde sus columnas desayunan a menudo y siempre se quedan de ver de nuevo. Salud, salud, salud. Provecho. Se rentan departamentos. Van juntos al Mundial. Ahí no ha pasado nada, en ese mundo paralelo, mientras sus tribus (de todos los partidos), afiliadas o no a un membrete, se injurian y destilan odio en cada tweet. Y si se tuvieran de frente, se rompen la madre, en medio de las carcajadas del círculo rojo.

Sigmund Freud: cocaína y diván

POR Howard Markel
Hace casi 130 años, la cocaína era el fármaco más nuevo y milagroso, promocionado como una cura para todo, desde la adicción a la morfina hasta la tuberculosis. Su defensor más grande era el padre del psicoanálisis

Cada vez que las grandes farmacéuticas develan su último medicamento “exitoso”, me transporto de vuelta a la época en que la medicina milagrosa más grande en el mercado era la cocaína. ¡Sí, la cocaína!
A principios de 1880, las casas farmacéuticas la promocionaban como una cura para todo, desde la adicción a la morfina y la depresión, hasta la dispepsia y la fatiga. Estaba disponible en tónicos, polvos, vinos y refrescos, antes de que su consumo masivo creara un grupo de adictos iracundos que requerían de atención médica.
Uno de los principales defensores médicos de la cocaína era un neurólogo vienés Sigmund Freud. Él comenzó a estudiar los efectos de la cocaína en 1884 y sus apuntes clínicos muestran que su sujeto experimental favorito era él mismo.
Al principio, Freud estaba ansioso por emplear la cocaína como un antídoto contra la adicción a la morfina de su mejor amigo, Ernst Fleischl-Marxow, quien era un brillante psicólogo que se lastimó el pulgar al diseccionar un cadáver, lo que resultó en un dolor crónico que sólo se calmaba con grandes dosis de morfina.
La adicción de sus pacientes

Sustituir un fármaco adictivo con otro era una manera común en el tratamiento de abuso de sustancias a finales del siglo XIX, lo que solo creó nuevos y mejorados adictos. Fue así como Freud transformó a su amigo completamente funcional, aunque dependiente de los opiáceos, en un confundido adicto a la cocaína y a la morfina, quien murió siete años después a los 45 años.

A pesar de eso, Freud continuó atrapado en su adicción. Durante los siguientes 12 años, él siguió con los elogios y el consumo de una gran cantidad de cocaína para calmar sus dolores físicos y angustias mentales.
De una forma perversa, Freud adoraba la manera como la cocaína le hacía hablar interminablemente sobre los recuerdos y experiencias que pensaba estaban encerrados en su cerebro y que nadie podía escuchar, y mucho menos juzgar.
El encuentro más inquietante con el fármaco se produjo en 1895, después de que él y un colega de nombre Wilhelm Fleiss casi matan con una operación fallida y demasiada cocaína a una paciente de nombre Emma Eckstein. Varias noches después tuvo un sueño perturbador sobre una fiesta en donde Eckstein culpa a Freud por su negligencia.
Eckstein es mejor conocida como Irma, el pseudónimo que le dio Freud en su obra maestra, La interpretación de los sueños. Al escribir sobre su sueño, Freud pasa por alto su evidente negligencia; en lugar de eso explicó que el sueño significaba que él era un médico generoso, que en todo caso estaba demasiado preocupado por su paciente, Irma.
El mal de Freud

Como muchos otros, Freud sufrió por el síntoma más exasperante de una adicción: el proceso sigiloso por el cual la mente de los adictos conspira para convencerlos de que nada es torcido o peligroso sobre algo que definitivamente lo es.
Uno de los síntomas más malignos de la adicción es la negación, la necesidad de llevar una doble vida: la alimentación de la adicción en privado mientras se lucha por no sentir la necesidad o por lo menos disimular en público durante largos periodos. Hasta que la adicción controla todo por completo, con resultados desastrosos y el engaño público ya no es posible.
Uno supone que sus experiencias clínicas con Eckstein, si no con Fleischl-Marxow, le enseñaron que la cocaína era demasiado peligrosa para cualquier aplicación terapéutica. En el otoño de 1896, un día después del funeral de su padre, Freud afirmó que había dejado de usar cocaína. No existe una evidencia documentada que refute este testimonio.
Sin embargo, los restantes días de su vida, Freud tuvo mayores dificultades para comprender completamente las peligrosas consecuencias de su abuso de sustancias. Decidida y repetidamente malinterpretó su famoso sueño de cocaína. En lugar de eso optó por elaborar un más que halagador y positivo análisis que encarna el poder de la adicción para el subterfugio.
El hombre que inventó el psicoanálisis, una búsqueda revolucionaria del autoconocimiento, sucumbió a la misma “gran mentira” que la mayoría de los adictos se dicen a sí mismos cada día.
Tomado de: CNN México. Julio 26, 2011.