Sobre la armonía de las estrellas

POR Fernando Montoya
[…] Mira cómo la bóveda del cielo
está densamente  tachonada con brillantes pátinas doradas;
hasta el orbe más pequeño que podemos contemplar,
hay un ángel que canta en su movimiento,
haciendo coro a los querubines de infantil mirada.
Esa armonía está en las almas inmortales;
Pero mientras estas fangosas vestiduras de decadencia
la encierren groseramente, no podemos oírla.
William Shakespeare, El mercader de Venecia, V. I

Durante siglos, científicos y filósofos han concebido el universo como un sistema o mecanismo matemático, fijo y musical.  Pero, ¿qué significa que exista armonía o música en las esferas celestiales? ¿Es posible concebir que las estrellas y los planetas, en su orden cósmico, sean compositores perpetuos de sinfonías y melodías? Sin duda resulta ser una expresión bastante común en poesía, literatura e incluso en música popular, pero, ¿cuál es su significado real?

Quizás, los que estemos muy interesados en tan críptico tema, podemos remitirnos a un comentario del Timeo de Platón, en el que describe cómo el Demiurgo (que es aquella entidad, que sin ser necesariamente creadora divina, es impulsora del universo) forjó el Alma del Mundo dividiéndola en intervalos armónicos. Diversos autores vuelven a esta idea, una y otra vez, aportándole contenido, cada uno según el estilo de su época. Algunos son personajes conocidos en la historia del pensamiento, como Tolomeo, Kepler o Newton.
A grandes rasgos, todos estos autores comparten aquella intuición fundamental que Platón heredó de la escuela pitagórica: hay algo musical en el cosmos y algo cósmico en la música. La existencia de un vínculo entre música y cosmos presupone una intuición aún más básica, que fue mejor conocida a través de la formulación en La tabla esmeralda de Hermes Trismegisto: «Lo que está abajo es como lo que está arriba; y lo que está arriba es como lo que está abajo, para realizar los milagros de lo único». Es éste el pensamiento de las correspondencias, según el cual cada nivel del ser refleja en su estructura y simbolismo los niveles que están por encima y por debajo de él. Es decir, nuestra armonía musical refleja la armonía cósmica. Hay quienes afirman haber escuchado esta última, aunque sólo cuando el mundo material ha quedado atrás, en la visión o en el sueño.
A pesar de que no tengamos el beneficio de tan raras experiencias podemos captar las armonías de las esferas a través del intelecto, la imaginación y la intuición. Al hacerlo, expandimos la mente más allá de la cosmovisión común en que está atrapada la mayor parte de la modernidad: una visión que refleja los miedos y las aspiraciones de la humanidad en una época en que notoriamente se agota un ciclo del mundo u otro nuevo está en proceso de nacer. Donde en un tiempo se abrían las puertas de los cielos se encuentran ahora los agujeros negros, dispuestos a devorarlo todo en el olvido. Ésa es la visión que muchos tienen de la muerte: la entrada a la extinción permanente de la conciencia. Donde antaño los ángeles de los planetas conducían sus carros astrales, ahora unas fuerzas sin sentido impulsan a las estrellas y planetas hacia un vacío inexorable. Y el canto o la palabra creadora de Dios se reduce a un Big bang mitológico que ni siquiera los científicos logran comprender.

La armonía de las esferas nos invita a participar de la revolución cosmológica, y a llevar a cabo una revisión completa de la manera en que se ha enseñado a las personas cultas a considerar su entorno cósmico. No nos exige que regresemos a las creencias de la Antigüedad o a las supersticiones de la Edad Media, sino que ingresemos en empatía con las mentes más elevadas de cada época, y hagamos el esfuerzo de reformular sus intuiciones de manera acorde a nuestro tiempo.
Esto puede realizarse en dos direcciones, que se corresponden con la doble afirmación de la Tabla esmeralda. Podemos partir de “arriba” y revisar nuestra idea del cosmos a la luz de la armonía que conocemos aquí “abajo”. Para los griegos, la palabra kosmos designaba originalmente algo ordenado, decorativo y pulcro. Esto genera que se abra una ventana a una visión muy diferente del cosmos: una visión que lo revelaba como un ornamento divino. Para las civilizaciones antiguas, los cielos aparecían artísticamente dispuestos, regulares y predecibles, amables a los ojos y a la mente. En latín, la palabra mundus, transmite también ecos de limpieza y elegancia, sugiriendo una situación muy diferente a la de nuestro sucio y desordenado planeta. No sólo el universo es exactamente como se proyectó, sino que un fenómeno tan hermoso e ingenioso sólo puede ser obra de un artista supremo. Si el cosmos parece hostil a la humanidad, es únicamente por circunstancias específicas, conocidas por la ciencia de la astrología. Que sea hostil a la vida es absurdo. Pues, ¿dónde sería la vida más viva y la inteligencia más penetrante que en la atmósfera elevada y sin restricciones de los cielos? ¿Dónde se podría escuchar música más hermosa que la de las esferas y sus ángeles conductores?
Dicho en otras palabras más modernas, esto apoya la hipótesis actual del “diseño inteligente”, que sostiene que el universo no es un producto del azar, sino que está organizado según principios que de alguna manera se asemejan a la inteligencia humana. Podríamos añadir que el cosmos, de las galaxias a las partículas subatómicas, está también lleno de belleza; y, por consiguiente, además de nuestra inteligencia, también nuestro sentido estético puede servir como guía para comprender los principios que subyacen a la realidad.
¿Y si miramos para abajo? Entonces es la música terrenal la que proporciona la clave de las armonías superiores. Esta visión reconoce el tono como el reflejo más verdadero de la realidad, y el sentido del oído, más que al ahora dominante sentido de la vista, como el mejor medio para percibir y captar su naturaleza.

Todo amante de la música sabe intuitivamente que ésta encarna una cierta verdad, pero pocos llegan hasta el punto de obedecer a esta intuición y buscar la verdad por el camino de la música. Casi todo el mundo acepta que la verdad corresponde a la ciencia, la religión o la filosofía, mientras que las artes, por vitales que sean para una vida humana en plenitud, son sin embargo asuntos de opinión y de mero gusto. Muchos, por el contrario, aceptarían literalmente la afirmación atribuida a Beethoven: «La música es una revelación más elevada que cualquier sabiduría o filosofía». En consecuencia, penetrar en los misterios de la música es prepararse para la iniciación en los misterios del hombre y del cosmos.
El sistema de las correspondencias armónicas supone más que tonos y planetas. Muchos autores lo extienden a las esferas del Zodíaco (como Tolomeo), y, por encima de eso, en el pensamiento cristiano, a los nueve órdenes angélicos (Anselmi y Kircher). La cosmología de la Cábala judía va todavía más allá, hasta las diez Sephirot que explican el proceso por el que nace el universo. El número nueve se repite en las nueves musas (Gafori, Zarlino), patronas de las artes y las ciencias, que obviamente invitan a una interpretación musical. Otros autores que miran hacia “abajo”, ven las armonías en la Tierra: en las cuatro estaciones y los cuatro elementos (Jacques de Liège), o bien, en el cuerpo humano (Fludd).
Así considerado, el ser humano es mediador entre los mundos mayores de las estrellas y los ángeles, y el mundo más pequeño de la música real. Aquí radica la explicación del poder de la música sobre el alma y el cuerpo humanos: la música nos conmueve porque, como el cosmos, estamos hechos musicalmente.