Abelardo Castillo y su amor por la poesía

POR Gabriel Ríos
Si la pérdida de la memoria significa por mucho permanecer en el tiempo, este escritor argentino tuvo las agallas para reconstruir múltiples posibilidades, la necesaria pureza para escribir con arte

El sinónimo de miseria puede ser la concentración en uno mismo. Es lo que lleva a Esteban Espósito a la grieta desde donde mira la belleza de un carnero de magnífica ornamenta: el espejo de su ser que conversa en la banca de un parque: el monstruo descrito por la demonología cristiana, la Bestia del Apocalipsis, un demonio con pechos. En una reflexión de Jean Libis sobre el mito del andrógino nos recuerda de la responsabilidad femenina en la decadencia del hombre.

La mujer fálica que confronta a Espósito, protagonista de la novela de Abelardo Castillo El que tiene sed, demuestra el misterio de aterrorizar y atraer a la vez; de la dualidad odiosa y seductora; de alguien que huye fascinado. Otro especialista en la materia, Jean Brun, decía que lo oculto es lo que se exhibe. Espósito aprovecha su embriaguez para soltarnos un golpe demoledor: que la metafísica trágica de la sexualidad es la obsesión desconcertante por el no ser.
La literatura de Abelardo Castillo sorprende a la distancia de cuatro décadas, destacando sus cuentos escritos en los sesenta: “Hombre fuerte”, “La muerte de Piedras Negras” y en especial “Patrón”, que fue llevado al cine en 1995 por Jorge Rocca, Premio Festival de Gramado. Castillo no nada más se involucra con sus personajes, sino pasa a ser uno de ellos. En El que tiene sed se asimila a “ese horror de ser algo, una conciencia, la conciencia de que en ninguna parte había otra cosa que ésta, ella misma, una absoluta partícula de horror a punto de estallar.”
El escritor argentino encontró en el tema al hombre incompleto en el apogeo de su enfermedad mortal. Elementos concomitantes en la novela los encontramos en el cuento “En el cruce”, donde los sueños son poblados de vértigo. Sus recursos técnicos son tantos que sin querer nos hace despreciar toda suerte de canibalismo social; en sentido contrario, nos lanza por el tobogán metafísico. Desde el inicio de El que tiene sed nuestras vidas se han desfondado.
Si la pérdida de la memoria significa por mucho permanecer en el tiempo, Abelardo Castillo tuvo las agallas para reconstruir múltiples posibilidades, la necesaria pureza para escribir con arte. Un ejemplo es la recurrencia de Espósito por pensar en su portafolios, por dejarnos en la memoria lo felpudo de un cepillo de dientes: algunos efectos de ternura protegiendo su enorme egoísmo.
Acotaciones vivas, perturbaciones, desinflamientos, develaciones, estupideces, culpas en un solo paquete, además de una máxima de Edgar Allan Poe, quien atribuía su alcoholismo a la locura que lo antecedía. De la proyección de lo femenino y sus contradicciones podría sustentarse un aspecto eminentemente frío, calculador, de un sabio enclaustrado en un manicomio. Es ahí donde Espósito retoma el humor de la ficción de Castillo, refiriéndose a la enfermera de la clínica como un mántido, platicando con don Jacobo, investigando y adquiriendo un amor implosivo por la poesía.