Gilles Deleuze: de lo firme a lo fragmentario

POR Gabriel Ríos
El autor de ¿Qué es la filosofía? nos permitió mirar el apocalipsis colectivo, popular, rencoroso y salvaje de las décadas de los setenta a los noventa, pues colocó en el mismo panel el terror y la muerte cósmicos
(Gerard Uferas, artportraiture.blogspot.com)
Dios sólo se expresa, no avisa ni aconseja, no se cansó de decirnos Gilles Deleuze a lo largo de su obra, de manera placentera, obtusa y ociosa. La sensación siempre fue como la de escuchar al jazzista Karl Berger: lo más inexpresivo del viento.

Con una filosofía práctica, Deleuze sigue activando el núcleo que conforman las relaciones de fuerzas, pliegues y dobleces. En su escritura se avivan las cosas visibles, brillando un rayo de luz en las palabras. Por ejemplo, en Lógica del sentido se posesiona de sus borradores y reivindica a Nietzsche, el verdadero creador de la tragedia.
En la lectura de Deleuze se descubre otro juego, que va de lo firme a lo fragmentario. Para hablar de Nietzsche elabora una síntesis de las conversaciones entre Calicles y Sócrates. En otro contexto, el pensador francés comentaba que el arte tiene el efecto de un calmante sexual, una manifestación de las esencias y diferencias, ampliamente retribuidas por En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.
El autor de ¿Qué es la filosofía? nos permitió mirar el apocalipsis colectivo, popular, rencoroso y salvaje de las décadas de los setenta a los noventa, pues colocó en el mismo panel el terror y la muerte cósmicos, ese estado de luminosidad aérea como lo concebía Spinoza en la Ética, pero con más fluidez en el Tratado de la reforma.
A la par que Baruch Spinoza, su maestro, Deleuze pertenece a esa categoría de pensadores que invierten los valores y filosofan a martillazos. La potencia de Deleuze nos hace creer que pudo aislarse en muchos momentos del odio y la culpa.
De importancia vital fue su propuesta, como lo hizo Spinoza en su tiempo, de adoptar el cuerpo y sus pasiones, uno de los modos de la extensión. Lo que nos queda de Gilles Deleuze son sus brillantes intervenciones en el corazón de la literatura, pues en su papel de crítico no nada más calificó lo nuevo, lo amorosamente imaginario, sino incluso recreó piezas neoexpresionistas para que exudaran lo insulso y protocolario del poder. Nos acercó de lleno a lo posmoderno desde el grado cero de la conciencia o auscultando la caja de herramientas de su entrañable amigo, Michel Foucault.