Kafka: cuando la palabra transmuta en pensamiento

POR Gabriel Ríos
El despotismo de los sentidos, como se lee tácitamente en la literatura de Kafka, constituye la fuente de la tiranía: en esa irrisión ocurre algo inesperado, pues el pensamiento queda a expensas de la autolibertad de manera obligada
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El pequeño Franz Kafka, en un acceso de ira, destruyó su topo amarillo de peluche, como si la cosa fuese la bestia que hubiera violado a su madre. Al descargar su libido, a través del suceso, seguramente escuchó –sin razonarlo, claro—, el regreso irresoluto de Ulises, que se la pasó una eternidad ventilando el movimiento sin retorno. El escritor checo usó de manera casual en su obra la palabra blosser Wunsch, con la cual logró impedirse afectar al otro. Desde la perspectiva descrita resulta interesante saber de la propensión de Nietzsche a la nostalgia, particularmente cuando discute acerca de la coincidencia de la felicidad en el destierro.

Tal vez en esa entrega se apersone el pasado, apunta Emmanuel Levinas en el libro La huella del otro, cumpliéndose así la paradoja de la irreversibilidad del tiempo en la eternidad y desmesura de aquello que se va develando con el tacto.
El despotismo de los sentidos, como se lee tácitamente en la literatura de Kafka, constituye la fuente de la tiranía: en esa irrisión ocurre algo inesperado, pues el pensamiento queda a expensas de la autolibertad de manera obligada.
Corremos el riesgo de refrendar lo anterior al pensar en Dios como lo femenino, un poco para acusar la interrogante ¿quién puede conocerse más que un ciego? El ensayista Jaime Moreno Villarreal reexplica la historia de Tiresias, en el libro La leyenda de Edipo el Mago: el vidente que fue una niña, avivó al andrógino, sólo para después recobrar su virilidad, separando literalmente a dos serpientes que copulaban.
Levinas nos hace saltar del mito a la realidad, al ejercer la ética basada en la libertad del hombre, que por su propio bien no debe excederla. Franz Kafka “asesinó” al topo, causando desterritorialización y esquizofrenia. Su obra no permite el conflicto permisivo del psicoanalista, pues se le mira casi inmemorial.
El adiós efusivo de la danza de las serpientes es el movimiento al modo de Abraham, quien al dirigirse a Ur marca su ruptura con el paganismo, o mejor, con el conocimiento como asimilación o posesión. Dice Gilles Deleuze que Kafka al no reconciliarse con lo lúdico de la literatura, la ejerce en la huída y en la defección.
Si la mirada a la madre que sale desnuda del estanque guarda cierta ausencia, mitificarla desde la resurrección le da un sentido trágico a la vida, más allá de la carta al Padre. En este contexto, nada es comparable a la escritura sostenida por el autor de El proceso y El castillo, que navega sobre argumentos de quienes asumen la presencia del extraño en infinitas imágenes que emanan de él y penetran en el interior de los hombres.
Constelación de arquetipos
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Explica Emmanuel Levinas del ser que lleva la posibilidad del idealismo; que la comprensión y la epifanía es humildad; que la solidaridad aunada a la responsabilidad es el edificio de la creación que mantiene nuestras almas.
El filósofo nos habla del poder obedecer una orden de suprema suavidad. Mediante la figura del silencio de los amantes prescribe el pensamiento de los personajes que deambulan por la obra de Kafka necesitados de vulgaridad, en el contexto del mundo del hastío: exigen más allá del placer de su permanencia.
En el libro La huella del otro se despacha la prioridad del porvenir al incorporar al extranjero en nuestras vidas. El deseo sin condiciones atrapa la imagen de la mariposa girando alrededor del fuego, sin quemarse. Para Levinas aún es prioritario lo ético sobre lo ontológico, aunque prefiere exponerlo con amplitud en algunos otros ensayos, como en “Le dialogue”, en el cual desmitifica el lenguaje, sólo para recordar lo que decimos de nosotros y a los otros: un acontecimiento del espíritu. Sugiere que antes habría que pensar detenidamente en la obra de Rosenzweig, quien discute sobre la distancia refractaria de la síntesis.
Manifestándose en la irresponsabilidad y la súplica del protagonista de El proceso se provoca una intencionalidad vacía, el derecho de ser a su salud. Paradójicamente en la obra de Kafka se genera la enseñanza de Levinas: los rehenes sustituyen al otro hombre, y en este sentido su unicidad interrumpe la espontaneidad de la ingenua perseverancia, ese aguijón del que no podemos sorprendernos y que de alguna manera nos obsesionamos en llamarle miedo.
La literatura de Kafka obedece a la constelación de arquetipos, que según Carl Jung, son las diferentes categorías del saber. Con paciencia y deseo excesivo de Dios, se consagra al otro en igualdad de circunstancias. Llevando a cuestas el sufrimiento, el ser se convierte en el elegido de la aventura única y exclusiva de la palabra que se transmuta en mandamiento.