La Belleza

POR Óscar Garduño Nájera
Quería encontrar algún lugar donde localizarla, alguna pista. La dirección de su trabajo, ¿trabajo?, al salir del café me había señalado el lugar donde pensaba poner su estética
(glamour.com)
1
Si contabas un buen chiste, soltaba una risita curiosa. Apenas llegó, se sentó a mi lado. Dijo beber cerveza y alguien trajo dos caguamas más. Media hora después ella permanecía en silencio, con el gesto adusto y la mirada fija en la botella de cerveza ya caliente. Yo llevaba cinco cubas al hilo, sudaba en exceso y jalaba impaciente del cuello de mi camisa. Los demás bailaban afuera, en el patio. No recuerdo quién entró, pero la invitó a bailar. La forma en que lo hizo fue graciosa: contó un chiste acerca de las piernas de los malos bailarines. Aquí fue donde descubrí su risita. Se negó diciendo que le dolía la cabeza y repentinamente volteó y me miró. Nunca he sido bueno para el baile. Una vez que empiezo no sé cómo diablos seguir. Con Josefina era diferente. No, no es cierto: siempre dijo que éramos la pareja más arrítmica de las fiestas.

2
Yo ya estaba borracho y mi respiración se escuchaba agitada, como de caballo cansado; hacía esfuerzos sobrehumanos por levantarme del sillón y no podía: mis piernas estaban duras, adheridas al suelo; las luces brillaban con mayor intensidad mientras mi cabeza giraba del lado izquierdo al lado derecho. En una de ésas, justo cuando estaba a punto de perder el control y acabar con la fiesta de una maldita vez, la miré de reojo y ridículamente sonreí. Fue entonces cuando me pareció atractiva, sensual, casi idéntica a Josefina… ¡pero con mucho menor encanto! Ella desvió su mirada, probó la cerveza, se dio cuenta de que estaba ya caliente y se levantó del sillón para servirse más. Cuando regresó ya la esperaba con la cajetilla de cigarros abierta. Fumó con la delicadeza de Josefina, aun cuando no hizo bolitas en el aire ni echó el humo por la nariz. Nos dimos  un beso y me sacó de la mano un anillo que mi padre me regaló una semana antes de morir.
3
Tengo media hora sentado en esta pinche banca. Cada que pasan parejitas tomadas de las manos pongo cara de estúpido. Hace 20 minutos dejé de mirar el reloj. ¡Basta! Si no llega en diez me voy, ¿es ella?
4
—¿Te imaginas?, ¡mi propia estética!
—¿Sabes?, eres muy atractiva.
—¡Mi propio negocio!
—Te digo que eres hermosa.
—¿Puedo pedir otro café?
5
Se paró para ir al baño. Un pantalón de mezclilla sobrepoblado por unas redondas y bien dispuestas nalgas; unas caderas, perfectas en sus líneas, delineadas por una blusa ajustada con botones dorados al frente, como si toda ella fuese producto de una fantasía tierna y erótica.
6
Eran los 15 años de una prima de Josefina y su madre nos obligó a bailar. Ya en medio de la pista vi cómo su tío se burlaba de nosotros. Escuchaba su risita dentro de mi cabeza y su sonido me torturaba. Solté a Josefina, me acerqué hasta él y le solté un chingadazo. “¡Chingate, cabrón!” Todos se alarmaron y voltearon a verme cuando la música cesó. Me agarraron por los hombros y la mamá de Josefina me invitó a retirarme de la fiesta. La puerta se cerró tras de mí y yo esperé sentado en la acera. Sabía bien que Josefina iba a salir a mi encuentro, me pediría perdón en nombre de toda la familia. Pasaron dos horas y sólo alcancé a escuchar las carcajadas de una Josefina borracha… sufrí como nunca. Cuando el tío salió me escondí atrás de su automóvil. “¡Chingate, cabrón!” Lo último que recuerdo es la sangre en mis manos.
7
Ella regresó.
—¿Nos vamos?
Miré el anillo de mi padre en su dedo índice. Le quedaba grande. Para sujetarlo lo había rellenado con un masticado chicle. Pensé decirle que me lo regresara. No lo hice porque me tomó de las manos y nuevamente me besó. Toqué por última vez el anillo: desde su tumba, mi padre sabría entender.
(essence.com)
8
Pasó mucho tiempo y no volví a tener noticias de ella. Cuando llamaba por teléfono contestaba una voz del que seguramente era su padre. Quería saber por qué buscaba a la jovencita de la casa. La última vez me hice pasar por el locutor de una radiodifusora que hablaba para entregar un premio de miles de pesos. Cuando escuché que gritó de emoción le dije que era un pendejo y colgué.
Quería encontrar algún lugar donde localizarla, alguna pista. La dirección de su trabajo, ¿trabajo?, al salir del café me había señalado el lugar donde pensaba poner su estética.
9
Trató de reconocerla. Su cabello estaba mal pintado de rubio apenas amarillento; en su rostro había tantas plastas de maquillaje que el contraste con sus brazos era espeluznante; por las comisuras de sus labios se levantaban blanquecinas ampollas hirvientes a punto de reventar. Ella avanzó; él iba detrás. Las nalgas le colgaban aguadas, como globos llenos de agua. Sintió asco de besar esos labios, de masturbarse mientras imaginaba tocar (reventar) esas nalgas. La gente alrededor se asustó cuando escucharon el grito: “¡Josefina!” Ella se espantó y corrió. Al llegar, él abrió la puerta de vidrio de la estética y se acercó lentamente. Entre los dos se hizo un silencio apenas interrumpido por la televisión encendida.
10
Recargado en el tocador apreté los puños. Me daba gusto comprobar su fealdad porque así era inferior a Josefina. Había sido una pendeja por alejarse, por no volver a buscarme después de aquel día. Sin embargo, repentinamente la lástima se apoderó de mí al verla llorar tan tiernamente, tan inocente, casi igual a Josefina. Mis manos comenzaron a temblar y sentí nuevamente el extraño impulso. Mi cabeza comenzó a aguijonearme y todo se convirtió en una dolorosa tortura. Tomé unas tijeras y sin pensarlo las hundí varias veces en el abdomen gelatinoso de ella. Poco a poco me libraba del pasado y me volvía a librar del cuerpo sin vida de Josefina, de su tío, de papá; también terminaba con el dolor de ella, con su sufrimiento, con la fealdad extrema de un cuerpo en ruinas; daba final, por fin, a una belleza que yo siempre creí eterna. Una y otra vez clavé las tijeras. La sangre caliente escurría por mis manos y una especial satisfacción se iba apoderando de mí. Estaba por salir, presuroso, con los nervios deshechos, cuando recordé…  regresé, recogí el cuerpo, saqué el anillo, embarrado todavía de chicle, y lo besé. En el espejo alcancé a ver mi rostro: sudaba nuevamente en exceso, tenía las mejillas rojas y estaba despeinado. Al salir escuché un quejidito, un nombre que no volvería a escuchar jamás: ¿Josefina?