La mañana en que Mona Lisa desapareció

POR Simon Kuper
El robo en el Louvre del retrato más famoso del mundo, hace 100 años, no sólo fue la mayor herejía del siglo XX hacia el arte: confirmó que esa imagen de una mujer sonriente era algo más que una simple pintura
(monalisadocumentary.blogspot.com)
La mañana del lunes 21 de agosto 1911, en el interior del museo del Louvre en París, un plomero llamado Sauvet encontró a un hombre no identificado detrás de una puerta cerrada. El hombre –que vestía una bata blanca, como todo el personal de mantenimiento del Louvre— señaló a Sauvet que el picaporte no estaba. El plomero, solícito, abrió la puerta con su llave y unas pinzas. El individuo salió del museo. Oculto bajo su bata llevaba la Mona Lisa de Leonardo da Vinci.

El robo de arte del siglo ayudó a que la Mona Lisa sea lo que hoy es. Los periódicos más populares del mundo –un fenómeno nuevo en 1911— y la policía francesa buscaron por todas partes al culpable. En un momento dado incluso se sospechó de Pablo Picasso. Sólo una persona fue arrestada por el crimen en Francia: el poeta Guillaume Apollinaire. Sin embargo, la policía encontró al ladrón sólo cuando éste finalmente se mostró.
Robar La Gioconda –la mujer en el retrato es, probablemente, la esposa del comerciante de seda florentino Lisa del Giocondo— no fue particularmente difícil. Lo más importante fue controlar los nervios. Al igual que otras pinturas del Louvre, La Gioconda apenas si era vigilada. No estaba fija a la pared. El Louvre cerraba el lunes. Agosto es el mes más tranquilo de París. En particular, la mañana del lunes, los pocos cuidadores era en su mayoría trabajadores de limpieza.
A la 7.20 horas, el ladrón estaba probablemente escondido en el armario, donde pudo haber pasado la noche. Todo lo que tenía que hacer era esperar a que los maduros ex soldados que vigilaban varias salas se descuidaran, luego quitar el marco de sus ganchos, retirar el marco de la pintura y ocultar bajo la bata el panel de madera en la que Da Vinci había pintado. El ladrón había elegido a Mona Lisa en parte porque la obra era muy pequeña: sólo 53cm x 77 cm. Su único tropiezo fue encontrar la puerta cerrada en su fuga. Había quitado ya el pomo de la puerta con un destornillador antes de que el plomero llegara para salvarlo. A las 8.30 horas, Mona Lisa se había ido.
Doce horas más tarde, escribe el autor francés Jérôme Coignard en Une femme disparaît, uno de los varios libros que existen sobre el robo, el cuidador a cargo informó que todo estaba normal. Incluso a la mañana siguiente, martes, nadie se había dado cuenta de la ausencia de la Mona Lisa. Las pinturas en el Louvre a menudo desaparecían brevemente. Los fotógrafos del museo eran libres de tomar las obras a voluntad, sin necesidad de firmar.
Cuando el pintor Louis Béroud llegó al Salon Carré del Louvre la mañana del martes para hacer un boceto de Mona Lisa y encontró sólo cuatro ganchos de hierro en la pared, pensó que los fotógrafos la tenían. Béroud bromeó con el guardia: “Por supuesto, Paupardin, cuando las mujeres no están con sus amantes, están con sus fotógrafos”. Pero cuando Mona Lisa seguía ausente después de 11 horas, Beroud envió Paupardin a que preguntara a los fotógrafos cuándo regresaría, relata el autor estadounidense R.A. Scotti en su extraordinario recuento Vanished Smile. Los fotógrafos dijeron que ellos no la habían tomado y la alarma fue activada. En la esquina de una escalera de servicio, la policía encontró la caja de cristal que contenía la pintura, así como el marco que dos días antes había donado la Condesa de Béarn.
Nadie creía que pudiera suceder
(monalisadocumentary.blogspot.com)
Los periódicos publicaron la noticia del robo en sus portadas. “Todavía tenemos el marco”, advertía el diario Petit Parisien con tono sarcástico. El periódico de extrema derecha Action Française culpó a los judíos.
Los críticos habían señalado la falta de seguridad, pero el museo optó por tomar sólo unas cuantas medidas correctivas un tanto excéntricas: por ejemplo, enseñó judo a los viejos guardias. Jean Théophile Homolle, director de los museos nacionales de Francia, había asegurado a la prensa antes de salir de sus vacaciones de verano que el Louvre era seguro. “Es lo mismo que pretender que se puede robar las torres de la catedral de Notre-Dame”, declaró. Después del robo, el periodista francés Francis Charmes afirmó: “La Gioconda fue robada porque nadie creyó que algo así podía suceder”.
“Algunos críticos la consideran la pintura más hermosa existente”, apuntó The New York Times. Pero antes de que la Mona Lisa desapareciera ya era algo más que una pintura. La hazaña de Leonardo fue convertirla en casi una persona. “La Mona Lisa fue pintada a nivel del ojo y casi de tamaño natural, tanto desconcertantemente real y trascendente”, escribe Scotti. Muchos románticos respondían ante la imagen como si fuera una mujer. Mona Lisa recibía cartas de amor y le fue otorgado un toque más de vigilancia que a otras obras del Louvre, debido a que algunos visitantes miraban la “afrodisíaca” imagen y se mostraban “visiblemente emocionados”, expresó Coignard. En 1910, un enamorado se pegó un tiro frente a la obra. Después del robo, un profesor de psicología francés sugirió que el ladrón podía ser un psicópata sexual que deseaba “mutilar, apuñalar y profanar” a Mona Lisa.
Pero nadie sabía quién era el ladrón ni cómo iba a sacar provecho de su fechoría. Monsieur Bénédite, el curador asistente del Louvre, declaró a The New York Times: “Por qué se cometió el robo es un misterio para mí, porque considero que la imagen carece de valor en manos de un particular”. Si usted tuviera a Mona Lisa, ¿qué podría hacer con ella?
El Louvre cerró por una semana. Para cuando volvió a abrir, el martes 29 de agosto, la fila llegaba por primera vez al exterior. Las personas corrían para ver el espacio vacío donde Mona Lisa estuvo colgada. Sin quererlo –Coignard escribió—, el Louvre montó la primera instalación conceptual en la historia del arte: la ausencia de un cuadro.
Una huella en la pared
Franz Kafka (blogs.forward.com)
Entre los muchos que asistieron al Louvre estaban dos escritores de Praga viajando con poco dinero por Europa: Max Brod y Franz Kafka. Durante su periplo tuvieron una brillante idea: escribir una serie de guías (sobre lo barato en Suiza, lo barato en París, etcétera) para los viajeros de bajo presupuesto. Kafka siempre se adelantó a su tiempo.
Mientras tanto, Mona Lisa se convertía en una sensación. “Dentro de mil años”, escribió el devoto de Da Vinci Joséphin Péladan, “la gente se preguntará en el año 1911: ‘¿qué hicieron con La Gioconda’”. Scotti escribe: “Las coristas formaban el rostro de Mona Lisa cuando bailaban en topless en los cabarets de París… Los comediantes preguntaban, ‘¿La torre Eiffel será la próxima?’”
La pintura fue celebrada en canciones populares (“No puede ser robada, la cuidamos todo el tiempo, excepto los lunes”). Las tarjetas postales de Mona Lisa se vendieron en todo el mundo en una cantidad sin precedentes. Su rostro anunciaba de todo, desde cigarrillos (“Sólo fumo Zigomar”) a corsés. De hecho, nunca antes ninguna pintura se había reproducido a esa escala. Como dijo Scotti, Mona Lisa pasó a ser de repente tanto de la “alta cultura” como “un elemento básico de la cultura de consumo”. El pintor holandés Kees van Dongen fue uno de los pocos que puso el dedo en la llaga: “No tiene cejas y una sonrisa divertida. Debe haber tenido dientes desagradables para sonreír con tanta fuerza”.
La policía francesa estaba bajo la presión internacional para encontrar al ladrón. Todo lo que tenía era una huella en la pared y otra en el pomo de la puerta que el ladrón arrojó a una cañería exterior. A Sauvet, el fontanero que había dejado salir al sospechoso, le fueron mostradas innumerables fotografías de los empleados y ex empleados del Louvre, pero no pudo reconocer al ladrón. Trabajadores y ex trabajadores fueron interrogados y tomadas sus huellas digitales –una técnica novedosa en 1911—, pero ninguna coincidió con la del ladrón.
Picasso y Apollinaire
Boceto para Les Demoiselles d’Avignon (artepedrodacruz.wordpress.com)
La policía parisina especulaba que el robo había sido realizado por una sofisticada red de ladrones de arte. A finales de agosto, los agentes pensaron que la habían encontrado. Un aventurero bisexual belga llamado Joseph Honoré Géry Pieret había aparecido en las oficinas de Le Journal para vender al periódico una estatuilla ibérica que había sido robada previamente en el Museo del Louvre. También habló de haber sustraído la estatua de una cabeza de mujer, que vendió a un amigo pintor. Si estos delincuentes habían robado las estatuillas, probablemente también tenían a Mona Lisa, pensaron.
Géry se quedaba a menudo en París con su amigo Apollinaire, el poeta, quien en una ocasión propuso que el Museo del Louvre fuera incendiado. Apollinaire y Picasso eran compinches. Después de las revelaciones de Géry, los dos artistas entraron en pánico. Picasso aún conservaba dos antiguas estatuillas ibéricas, robadas por Géry, en su armario de Montmartre. De hecho, utilizó las cabezas como modelos para una escena de burdel que había pintado en 1907. “Les Demoiselles d’Avignon fue la primera imagen que llevó la marca del cubismo”, contó Picasso años más tarde. “¿Recuerdan el caso en el que estuve involucrado cuando Apollinaire robó unas estatuillas del Museo del Louvre? Eran ibéricas… Bueno, si se fijan en las orejas de Les Demoiselles d’Avignon reconocerán las orejas de las piezas de la escultura”. Tal vez incluso Picasso encargó el robo a Géry teniendo a las señoritas en mente.
En la medianoche del 5 de septiembre, Picasso y Apollinaire se reunieron en el departamento del primero y con las estatuillas dentro de una maleta cruzaron París. Habían acordado tirarlas en el río Sena. Pero, como escribe Scotti, al final no se atrevieron. El 7 de septiembre, los detectives arrestaron a Apollinaire. Se derrumbó y dio el nombre de Picasso. Ambos hombres lloraban durante el interrogatorio. Sin embargo, en la corte Picasso se retractó de todo lo que le había dicho a la policía, y juró que desconocía todo ese asunto. Cuando le mostraron una foto de Apollinaire, dijo: “Nunca antes lo había visto”. Finalmente, la policía los dejó libres.
El mundo la olvida
Museo del Louvre (maddashllc.wordpress.com)
En diciembre de 1912, el Louvre colgó una pintura de Rafael en el vacío que había dejado la obra de Da Vinci. Mona Lisa había sido dada por muerta.
El mundo había olvidado a Mona Lisa cuando el 29 de noviembre 1913 un anticuario de Florencia llamado Alfredo Geri recibió una carta fechada en Poste Restante, Place de la République, París. El autor, que firmó como “Leonardo”, escribió: “La obra robada de Leonardo da Vinci está en mi posesión. Me parece que pertenece a Italia, ya que su pintor era italiano”.
Geri mostró la carta a Giovanni Poggi, director de la galería de los Uffizi de Florencia. Más adelante, Geri respondió a “Leonardo”. Después de algunas dimes y diretes, “Leonardo” dijo que no representaría para él un problema llevar la pintura a Florencia.
La tienda de Geri estaba a pocas calles de donde, 400 años antes, Da Vinci pintó la Mona Lisa. En la noche del 10 de diciembre, “Leonardo” apareció de improviso. Era un hombre pequeño de bigote encerado. Cuando Geri le preguntó si su Mona Lisa era real, “Leonardo” respondió que era la que había robado de la pared del propio Louvre. Dijo que quería “regresar” a su Italia a cambio de 500 liras de “gastos”, aunque en esos momentos no tenía más que 1.95 francos en el bolsillo.
Geri acordó acudir con Poggi al día siguiente a ver la pintura a la habitación de “Leonardo” en el hotel Trípoli-Italia. Subieron a la habitación 20 en el tercer piso. “Leonardo” cerró la puerta, sacó un recipiente de debajo de su cama, revolvió en él, hizo a un lado un poco de chatarra, extrajo un paquete y lo desenvolvió para revelar a Mona Lisa.
Los tres hombres decidieron que Poggi y Geri llevarían el cuadro a la galería de los Uffizi para su autenticación. Al salir, Poggi y Geri fueron detenidos por un empleado del hotel, quien pensó que la pareja estaba robando una pintura del establecimiento. En los Uffizi, Poggi comprobó, a partir de las grietas en la pintura, que la obra era auténtica. Cuando la buena nueva se supo en el Parlamento italiano –“¡Mona Lisa ha sido encontrada!”—, una pelea a puñetazos entre los diputados se transformó en abrazos, escribe Scotti.
Después de entregar la pintura, “Leonardo” decidió descansar unos días en Florencia. Pero, para su sorpresa, fue arrestado en su cuarto de hotel por la policía italiana. Como monsieur Bénédite del Louvre había advertido, la obra probó carecer de valor en manos de un particular.
Un ladrón enamorado
Vincenzo Peruggia (ru.wikipedia.org)
El ladrón resultó ser Vincenzo Peruggia, un italiano de 32 años, que vivía en París. Era  pintor en una casa de vitrales. Sufría de envenenamiento por plomo. Vivía en una habitación en la 5 rue de l’Hôpital Saint-Louis, en un barrio del este, que aún hoy, un siglo después, es en gran parte de inmigrantes y no aburguesado del todo. Mona Lisa había pasado la mayor parte de los dos años en que estuvo perdida sobre una mesa de cocina. “Me enamoré de ella”, dijo Peruggia desde la cárcel, repitiendo el cliché romántico. El psiquiatra designado por el tribunal lo diagnosticó como “deficiente mental”.
La policía francesa siempre lo tuvo a la mano. Peruggia había trabajado brevemente en el Louvre. De hecho, a él correspondió hacer el marco de cristal de Mona Lisa, el mismo que removió aquella mañana de agosto. Incluso un detective visitó a Peruggia en su apartamento, pero nunca vio la pintura. Por otra parte, Peruggia tenía dos condenas penales previas por incidentes menores (una, por reñir con una prostituta) por lo que la policía tenía sus huellas dactilares. Desafortunadamente, el famoso detective Alphonse Bertillon –el verdadero Sherlock Holmes francés— que estaba al frente del caso, sólo catalogó la huella derecha del sospechoso. Peruggia había dejado su huella izquierda en la pared del Louvre.
Peruggia fue encerrado hasta que comenzó su juicio en Florencia el 4 de junio de 1914. Interrogado por la policía, periodistas y luego en la corte, el hombre dio versiones contradictorias de cómo había conseguido entrar y salir del Louvre. Había salido –“con  una gran indiferencia”— caminando, con la pintura en las manos, dijo a la corte. Dijo que había llegado al Louvre en el autobús equivocado, y que finalmente abordó un taxi para llegar a casa.
Durante el interrogatorio, Peruggia emergió como el tipo de inmigrante descontento que en otro tiempo y otro lugar pudo recurrir al terrorismo en lugar del robo de arte. En París a menudo era insultado como “macarrón”. Sentía que el pueblo francés le había robado. Cuando le mencionó a un colega del Louvre que las pinturas más apreciadas del museo eran italianas, aquel se burló.
Peruggia había visto en una ocasión una fotografía de las tropas de Napoleón transportando arte italiano robado a Francia. Dijo que había tomado la determinación de devolver al menos una pintura robada –la cómodamente portátil Mona Lisa— a Italia. Sin embargo, había vivido a la sombra de un error gigantesco: los franceses no habían robado la Mona Lisa. Da Vinci pasó sus últimos años en Francia. Su patrón en ese entonces, el rey francés Francisco I, compró la pintura, al parecer legalmente, por 4 mil coronas de oro.
El clásico perdedor
(imageshack.us)
Después del arresto de Peruggia brotó un incipiente patriotismo peruggisme en Italia, aunque pronto se apagó. Al final, la mayoría de las personas se sintió decepcionada del poco calibre de Peruggia. “Era, claramente, el clásico perdedor”, afirma Donald Sassoon en su libro Becoming Mona Lisa. Pese a los clamores patrióticos de Peruggia –“Soy italiano y no quiero la imagen de vuelta al Louvre”— quedó de manifiesto durante juicio que había visitado Londres para intentar vender la pintura al dealer Duveen, quien se rió de él.
La mención de este episodio desató la ira de Peruggia durante el juicio. Previamente, él mismo había descrito el intento de venta, pero en la corte lo negó en voz alta. Un juez dijo: “Al parecer su generosidad no fue total. Usted esperaba un beneficio por la restauración”.
“Ah, beneficio, beneficio”, suspiró Peruggia. “Ciertamente, algo mejor de lo que me sucedió aquí”. La Corte rió.
Sin embargo, Peruggia había compilado una lista de comerciantes y coleccionistas de arte, que, al parecer, podían comprar la pintura. También había escrito a su familia en Italia anunciando que pronto sería rico. (“Palabras románticas, su señoría”, exclamó Peruggia en la Corte.) Joe Medeiros, un cineasta estadounidense que trabaja en un documental sobre el robo, cree que Peruggia fue motivado principalmente por el orgullo de un inmigrante. “Era un tipo que en general nadie respetaba”, explica el cineasta, “y creo que él pensó que era una forma de que se le reconociera, por lo que salió a probarlo. Y supongo que de alguna manera extraña, perversa, lo demostró. No era tan tonto como la gente pensaba”.
Peruggia tuvo la suerte de ser juzgado en Italia y no en Francia. En Italia, dijo su abogado en su alegato final, ante el aplauso de los espectadores y las lágrimas de la parte demandada: “No hay nadie que desee la condena del acusado”. Nadie ha perdido nada en este robo, expresó el abogado. Mona Lisa había sido recuperada. Ahora era más famosa que nunca. Había hecho un breve y alegre recorrido a Italia antes de regresar al Louvre. Las relaciones entre Italia y Francia mejoraron.
Cuento con final feliz
(taramtamtam.com)
Peruggia fue condenado a un año y 15 días de cárcel. Unas semanas después, el 29 de julio, su castigo se redujo a siete meses y nueve días. Fue puesto en libertad una vez que cumplió su condena.
De cualquier forma para entonces el mundo tenía cosas más importantes de qué preocuparse. Mientras Peruggia fue a juicio, el archiduque austríaco Francisco Fernando fue asesinado en Sarajevo. El 28 de julio de Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia. La Gran Guerra comenzaba. El robo y la devolución de la Mona Lisa fue uno de los últimos cuentos felices de Europa.
El sentimiento general era que Mona Lisa mereció un ladrón más impresionante. En 1932, el famoso periodista estadounidense Karl Decker presentó su teoría. Decker, en su juventud un inventivo periodista de la cadena de William Randolph de Hearst, publicó un artículo en el Saturday Evening Post titulado “Por qué y cómo la Mona Lisa fue robada”.
Decker dijo que había esperado mucho tiempo para publicar, ya que había prometido que revelaría todo después de la muerte de su fuente. En 1914, en Casablanca, escribió Decker, se había topado con un viejo amigo, un estafador argentino conocido como el Marqués de Valfierno. Después de varios tragos, el Marqués dijo a Decker que Peruggia había sido sólo un agente en el crimen perfecto del propio Marqués. Éste tenía un maestro falsificador francés, Chaudron, quien pintó seis copias de Mona Lisa. El Marqués las embarcó hacia Estados Unidos. A continuación se las arregló para engatusar a Peruggia para que sustrajera a la Mona Lisa. Después de eso, Valfierno vendió en secreto seis copias a igual número de coleccionistas estadounidenses, en millones de dólares cada una, argumentando cada vez que la copia era la verdadera Mona Lisa. El único fallo en el plan –el Marqués explicó a Decker— fue que el tonto de Peruggia intentó colocar la pintura original.
He aquí por fin un cerebro criminal digno de Mona Lisa. El único problema es que Decker casi seguro que inventó la historia. No hay evidencia externa para sustentar la hipótesis de Decker, ni siquiera de la existencia del Marqués. Un siglo más tarde ninguno de los seis presuntos ejemplares ha surgido. Lo más probable es que Vincenzo Peruggia robó la Mona Lisa con una sola mano, sobre todo porque la pintura es pequeña.
Tomado de: The Financial Times. Agosto 5, 2011.
Traducción y edición: José Luis Durán King.

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