Coco Chanel: ¿fashionista o fascista?

POR Michael Korda
Mujer fascinante, exasperante, egoísta, brillante y encantadora, una amiga leal, astuta en los negocios, sólo así se entiende por qué André Malraux exclamó: “A partir de este siglo en Francia, sólo tres nombres se mantendrán: Gaulle, Picasso y Chanel”

Cuando la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin en Europa, mi tío Sir Alexander Korda fue el primer cineasta en reabrir oficinas en Alemania y Austria. No sólo se mudó rápidamente para establecer un despacho de cine de Londres en ambos países sino que también se las arregló para hacer la primera gran película la posguerra, El tercer hombre de Carol Reed, con un reparto de actores en Austria, en lo que hasta hace poco había sido el Reich. Una vez alguien le preguntó si no le preocupaba que algunas de las personas que trabajaron para él hubieran sido nazis. Levantó una ceja y suspiró con hastío. “La mayoría de ellos”, dijo. “Quizá todos ellos. Mi política es simple. Yo no les pregunto qué hicieron durante la guerra, y ellos no me lo dicen”.

La respuesta de Alex Korda se adelantó por varias décadas a la política de Bill Clinton en torno a los gays, pero no debe suponerse que mi tío era un inocente. Había nacido como judío húngaro, que sobrevivió “El Terror Rojo” de Bela Kun, al convertirse en diputado comisario para la producción de películas; vivió primero en Europa el “terror blanco” antisemita cuando la administración fascista de Miklos Horthy tomó el control de Hungría; e hizo películas en Viena y Berlín durante el ascenso del nazismo. Leni Riefenstahl y el general Ernst Udet de la Luftwaffe eran amigos suyos, aunque durante los años 30 Korda también ayudó a los viejos amigos que eran judíos a escapar a París, Londres, Hollywood o Nueva York. Sabía perfectamente lo que pasaría con ellos si no podían abandonar Alemania. Por otro lado fue un europeo, un cosmopolita, un realista, así como amigo de Winston Churchill y un agente secreto del MI6. Estuvo, sin embargo, dispuesto a pasar por alto la mayoría de las cosas, incluyendo las conexiones nazis, en las personas que amaba, en la gente con talento y en la que necesitaba; fue un húngaro que comprendía que en tiempo de guerra la gente suele hacer cosas de las que más tarde puede avergonzarse o que les resultarán difíciles de explicar.
Ferozmente antisemita

Por lo tanto yo no soy de los que están conmocionados o sorprendidos al enterarse de que Coco Chanel, la icónica innovadora de la moda de Francia y gran couturière, colaboró, se acostó con un agente alemán, incursionó en la política exterior nazi o compartió las opiniones que tenía sobre los judíos a su ex amante el Duque de Westminster. Coco se une a una distinguida lista de artistas franceses colaboracionistas, como Maurice Chevalier, Jean Cocteau, Sacha Guitry, Serge Lifar y Edith Piaf, por no hablar de los dueños y camareros de los grandes restaurantes de París, tiendas como Cartier y Hermès o los propietarios y los conserjes de los grandes hoteles de lujo de París. “Il faut vivre” bien podría ser el lema nacional de la Francia de 1940 a junio de 1944, pero ¿quién puede decirnos que habría sido diferente si los alemanes hubieran desfilado victoriosos por Londres y el Generalfeldmarschall Von Runstedt hubiera puesto su cuartel general en el Claridge? Después de todo, incluso el general de Gaulle, cuando dijo que alguien era un Pétainiste, enfatizó despectivamente que el hombre en cuestión era peor que un Pétainisant, una distinción que, para quienes no hablan francés, marca la diferencia entre alguien que creía en el régimen de Pétain, y alguien que simplemente consideraba prudente no decir nada malo de él por el momento.
Por desgracia para Chanel, ella cae en la primera categoría. Ferozmente antisemita mucho antes de que tratara de complacer a los alemanes, se hizo rica por atender a los más ricos y compartió su disgusto por los judíos, los sindicatos, el socialismo, la masonería y el comunismo, así como la creencia, a partir de 1933, de que Hitler era un gran europeo. Mucha gente decía “mejor Hitler que Stalin”, y asumió que ésa era la única opción, por lo que Chanel tenía muchos simpatizantes tanto en Francia como en Estados Unidos, donde Joseph P. Kennedy, entre otros, tenían exactamente la misma opinión y la gritaba con firmeza.
Políticamente ingenua

Tres cosas son muy claras acerca de Chanel: en primer lugar, que era una genio que cambió completamente la forma en que las mujeres vestían y lo que ellas pensaban de sí mismas; en segundo lugar, que era una empresaria brillante y despiadada, en una época en que esto era inusual; en tercer lugar, que era políticamente ingenua para darse cuenta cuándo le daba su respaldo a la parte perdedora, o para distinguir entre la colaboración plena, la colaboración renuente, o el entusiasmo por De Gaulle y los Aliados. No ayudó en nada que durmiera con el enemigo, corporizado en el barón Hans Günther von Dinklage (apodado Spatz), un hombre bien parecido, con fluidez en el francés, encantador, sofisticado, y como afirma el escritor Hal Vaughan, un “espía maestro” alemán, un nazi, un hombre con estrechos vínculos con la SS, agente del Abwehr, aunque no particularmente experto o eficaz, pero bien cultivado, bien vestido, quien, de Lisboa a Kiev, y de Oslo a Atenas, tenía a cargo el negocio de la explotación de la Europa ocupada en beneficio del Tercer Reich. Como agente alemán antes de la invasión de Francia, espió a la flota francesa en Toulon, aunque es difícil saber qué información enviaba a casa que no pudiera ser interceptada por los buques de guerra, pero entonces, como le gustaba decir a Graham Greene, la primera persona a la que un espía tiene que engañar es aquel a quien le envía información. La especialidad Dinklage era llevar agua a su molino en la sociedad francesa como un homme du monde, para lo cual sí tenía un don.
Hija de campesinos pobres

Hal Vaughan, en su libro Sleeping With the Enemy: Coco Chanel’s Secret War, ha hecho un trabajo estupendo de investigación, pero debido a que Chanel fue interrogada por su presunto colaboracionismo por un tribunal francés después de la guerra y se salió con la suya, los detalles exactos de su tonta participación en los planes turbios de Dinklage para utilizarla como una forma de negociar una paz separada –cientos de alemanes tenían planes y esperanzas no menos fantástico que ésta en 1944—, no son de gran interés. Lo que interesa es Chanel en sí misma, y en este tema Vaughan elabora un retrato brillante. Desde su nacimiento como hija de campesinos pobres, su educación en manos de las monjas, su primer paso como costurera en París y su ascenso meteórico como amante de hombres ricos y atractivos, al mismo tiempo que fijaba sus pequeños y brillantes ojos en la idea de crear una forma más simple, más elegante en la moda para las mujeres, que cada vez se emancipaban más, Vaughan cuenta una historia terrible y fascinante. Chanel sacó a las mujeres de los corsés y las colocó en un “sencillo vestido negro”, el traje de corte perfecto, los pantalones de marinero de campana y el jersey subido. Las despojó no sólo de los corsés, sino de todos los lujos y frou-frous de moda –la simplicidad y la elegancia constituían su estética, y es lo que ella llevó a todas partes, a Londres, donde ella estaba mucho más en casa que en París; a Nueva York, donde era la favorita de los editores de moda; e incluso a Hollywood, donde a pesar de su antisemitismo, trabajó durante un tiempo para Sam Goldwyn, tratando de acercar la moda al vestuario de cine.
Un nombre, una marca

Ella fue la primera diseñadora en poner su sello no sólo en los vestidos sino en todo lo que una mujer podía usar: bolsos, zapatos, bisutería y joyería real, sombreros. El toque de Chanel fue admirado en todas partes entre las dos guerras, al igual que su brillante idea de inventar su propio perfume, Chanel No. 5, que se convirtió en el perfume emblemático de los años 20, 30, y 40, con su inconfundible y elegante botella. Cuando se le preguntó a Marilyn Monroe qué se ponía para ir a la cama, ella respondió: “Chanel No. 5”, y cuando Jackie Kennedy acompañó a su marido a Dallas, llevaba un traje de Chanel color rosa y un sombrero pastillero. Chanel se convirtió en una marca mucho antes de que la idea fuera un lugar común en los negocios, y la historia de cómo ella lo logró, cómo negoció con su socio judío Wertheimer Pierre, en una relación de amor-odio, que sin embargo la hizo una mujer rica, y cómo no sólo sobrevivió a la ocupación sino que salió triunfante al expandir su marca al punto de que su solo nombre era un activo en todo el mundo, todo esto es una gran historia, maravillosamente contada y llena de grandes personajes: su amigo Winston Churchill; su amante, el fabulosamente rico Bendor; el duque de Westminster; su amiga y fiel colaboradora Vera Bate, y muchos otros. El libro de Vaughan alcanza su mejor momento en el mundo de los años 20, lleno de deliciosos chismes –Misia Godebska “no era la princesa dibujada por Proust; en sus tres matrimonios, ella fue la señora Thadée Natanson; Madame Alfred Edwards (una empresaria muy rica y famosa coprofilica que obligó a renunciar a Misia Natanson en el pago de una deuda), y, por último, la esposa del pintor español José María Sert”—, grandes escenas sociales entre los ricos y famosos cuando el mundo afloró después de la masacre horrible de la Primera Guerra Mundial y, sobre todo, una visión real de la mente, aunque quizá no el corazón, de la propia Chanel.
Esencia de Francia

Coco Chanel siguió siendo una mujer fascinante, exasperante, egoísta, brillante y encantadora, una amiga leal, astuta en los negocios, una amante apasionada de los hombres y las mujeres, la esencia misma de lo que Francia es, y que la hace diferente de, por ejemplo, Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos. No sólo fue prodigiosamente elegante y sexy de toda la vida, incluso en la vejez, sino también cautivadora, entregada al amor, y viviendo sin ofrecer disculpas en una escala emocional en la que pareciera que no tuvo momentos de aburrimiento o de holgura; siempre fue capaz de resarcirse después de un retroceso o un desastre, y pasar al siguiente hombre, a la próxima fortuna. Fue tan francesa como Marianne, y Hal Vaughan habla de ella tan vívidamente que entendemos por qué André Malraux exclamó que “a partir de este siglo en Francia, sólo tres nombres se mantendrán: Gaulle, Picasso y Chanel”. Un héroe nacional, un español y una colaboracionista, una extraña mezcla, pero uno entiende, al leer Sleeping With the Enemy: Coco Chanel’s Secret War, por qué Malraux tenía razón y por qué Maurice Chevalier se quitó el sombrero ante ella.
Tomado de: Daily Beast. Agosto 12, 2011.
Traducción: José Luis Durán King.

María Tudor: una reina olvidada

POR Fernando Montoya
Sed testigos donde pueda estar María, fallecida reina de raro renombre./
Muerto su cuerpo, viven sus virtudes y proclaman su fama,/ en quien tales dones de oro se engranaron, de gracia y de naturaleza./ Nunca cerró los oídos para escuchar al buen hombre angustiado,/ ni jamás detuvo la mano para ayudar cuando el mal o el poder oprimían./ Cuando todo era ruina, ella fue el tránsito del peligro al gozo;/ cuando todo estaba descompuesto, todo lo preservó ella; le dolía destruir./ Tan principesco como su nacimiento, así de principesca fue su vida./Su vida perfecta en todos los extremos mostró su paciente corazón,/porque en este mundo ella nunca halló sino días de tristeza y dolor.
An Epithaphe upon the Death of Marie, 1558.

Muchos han sido los años desde que comencé a convivir con textos, estudios y biografías sobre la dinastía Tudor. Desde mi infancia las figuras de María e Isabel (más la segunda que la primera) cobraron un especial interés y mística. En esta ocasión quisiera ocuparme de María, a quien de modo imperceptible la figura de esta reina ha ido tomando vida, energía y actualidad en mi pensamiento; no como heroína de un romance o una tragedia, sino como presencia de su circunstancia histórica, la más crítica de Inglaterra.

Visualizo a María sufriendo la acometida de injurias, menosprecios y sarcasmos, muchas veces gratuitos, al compás de la historiografía inglesa, cerrada en prejuicios negativos, rotundos, inamovibles: Bloody Mary por siempre. Corriente histórica que sufre un quebranto cuando John Henry Newman comienza a preguntarse por qué en una nación tan inteligente como Inglaterra y en un siglo tan racional como el XIX los católicos eran tan despreciados y odiados.
Newman propondría que, junto a la visión protestante de la versión isabelina, se conociera la católica: “Ninguna conclusión puede ser fidedigna si no ha sido probada por los enemigos, tanto como por los amigos”.
La visión de la Iglesia católica en Inglaterra no podía ser más negativa: “Tiznadla; convertidla en Cenicienta; no escuchéis una palabra de lo que dice. No la miréis; desfiguradla a vuestro antojo; conservad la enseña de esa vieja representación, que sea un león rampante, un grifo, un dragón alado, o una salamandra. Será roja o negra, siempre absurda, siempre imbécil, siempre maliciosa, siempre tiránica.”
La comparación de las reinas
Dibujo de Fernando Montoya
Claro está que este rechazo se agudiza notablemente cuando se alude a María Tudor, porque además de ser católica ha tenido que soportar una permanente comparación con el ídolo del Establishment, la Reina Virgen. Como si la grandeza de la una estuviera necesariamente vinculada a la humillación de la otra. Inteligencia, sensibilidad, gracia, magnificencia, belleza, cultura, misticismo, valor, patriotismo, prosperidad, son los atributos de Isabel; obtusa, simple, ineficiente, retrógrada, terca, grotesca, tiránica, poco agraciada, fanática, vengativa, sangrienta, así aparece María.
No es de extrañar que cuando Newman analice los fundamentos del Establishment los resuma en este axioma: el reinado de Isabel es áureo, el de María, es sangriento. Y así como la existencia del Establishment exige la aniquilación del catolicismo, la reputación de Isabel parece necesitar el despojo y aplastamiento de cualquier factor de signo positivo en María, dejándola siempre postrada y maldecida.
Pero todo alarde excesivo de fuerza en un contendiente traiciona su propia debilidad y manifiesta la potencia y el derecho de su adversario; así, el blanco vulnerable de los mantenedores del Establishment es su imposibilidad de enfrentarse con la luz de los hechos: “Si ellos sometieran sus afirmaciones a la ordalía de los hechos, su causa estaría perdida”, porque se apoyan en una tradición artificial, falseadora de hechos históricos: “Trazad la tradición desde sus auténticos comienzos, sus raíces y sus fuentes, si tenéis que formular un juicio sobre la naturaleza de esa tradición ¿De qué aprovechan a una cadena noventa y nueve eslabones si falla el primero? Por ello no dudo en afirmar que esta tradición protestante, de la que pende la fe inglesa, carece, justamente, de un primer eslabón”.
En el trono y en la tumba

María Tudor es ese primer eslabón, el que rompe el peso de esa cadena. De ahí la necesidad de fulminarla, vaciar su realidad, calumniarla.
En efecto, la imaginación del pueblo inglés lleva más de cuatro siglos alimentándose con voces, escritos e imágenes que producen un latente aborrecimiento a María Tudor. Panfletos, sermones, piezas literarias, interpretaciones históricas y películas han ennegrecido y deformado su recuerdo. Ha sido implacable y continua la persecución suscitada contra esta reina a la que no cesan de presentar como perseguidora.
Son factores que imposibilitan la discusión. Habrá que esperar a que su irrealidad interna se manifieste y desmorone cuando el poder del Establishment deje de cobijarla e imponerla. Sólo entonces “la Verdad surgirá; la Verdad es poderosa y prevalecerá” incluso en plena contingencia temporal, tan proclive a la confusión de los hechos. Ante esa posible realidad, Newman no puede por menos de exclamar: “Siento intensamente en mi ser el poder y la victoria de la Verdad. Tiene una bendición de Dios. El mismo Satán sólo puede demorar su ascendencia, no puede evitarla”.
Se produciría el simple y frontal encuentro de la Verdad y la Mentira subyacentes en toda coyuntura histórica. Y, no por casualidad, esa vivencia había alentado a María Tudor cuando optó por la divisa Veritas Temporis Filia, así como a Tomás Moro cuando le formuló en momentos de creciente oscuridad y mortal amenaza: El tiempo siempre clarifica la Verdad.
“En la muerte del justo, como la última perfección de una obra de arte, en ese sueño divinamente transfigurado, como de victoria, ved –si podéis— la confluencia del Tiempo con la Eternidad y algún vislumbre de ella asomándose”, escribió Carlyle. Aquí está la más válida comparación entre las dos hermanas, María e Isabel, su auténtico retrato.
Al visitar la Abadía de Westminster pude constatar, en todo su esplendor, la valoración de Isabel sobre María. En una capilla se encuentra la estatua inerte de Isabel, recostada con corona y cetro en mano. Bajo ella, quedan los restos de María, aplastados por la voluminosa estatua de su mortal enemiga. Frente a sus tumbas se reza la siguiente inscripción: “Compañeras en el trono y en la tumba, aquí descansan dos hermanas, Isabel y María, en la esperanza de la Resurrección”. Y, quizás, de un eterno abrazo.