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Robert Crumb: imágenes de la Generación del Amor

POR Opera Mundi
Tras salir de la secundaria, Crumb obtuvo empleo como ilustrador para la American Greetings Corporation. En 1965 tragó su primera tableta de LSD: la American Greetings Corporation perdió un ilustrador y la Generación del Amor ganó a su vocero oficial

Las imágenes de Robert Crumb difícilmente pueden desprenderse de la conciencia contracultural de los años 60. Crumb fue el caricaturista más famoso y provocativo de la época hippie. Fue también el mejor y el más divertido, con un estilo contrastante de trazos sumamente meticulosos y personajes ridículos, además de facilidad para los diálogos y un cerebro bien enchufado con las obsesiones sexuales más deliciosas.

Fritz el Gato es quizá la creación más notoria de Robert Crumb, debido principalmente a que el felino fue la estrella de un largometraje homónimo que no satisfizo en nada al cartonista, al grado de que éste solicitó que su nombre fuera retirado de los créditos. Los productores –que habían comprado los derechos del personaje para dos cintas— regresaron a Fritz de la tumba para una secuela, la cual resultó peor que la primera. Afortunadamente no todas las creaciones de Crumb han corrido la suerte del gato Fritz. Para muestra bastan varios botones: Mr. Natural –un gurú anciano y barbudo— fue un personaje de culto entre los hippie hoy setentones, además de Flakey Foont y la pléyade de féminas heroicas como Angelfood McSapde, Honeybunch Kaminsky, Cerril Borck, la Chica Diabólica y Lenore Goldberg, la vaquera judía, entre muchas otras.
Todas las heroínas compartían esencialmente las mismas características: especímenes saludables con traseros enormes e inflados, muslos de acero, pezones como roblones industriales y rostros radiantes de lujuria, verdaderas valquirias que contrastaban con los personajes masculinos, casi siempre enanos, quienes, no obstante su desventaja física, perseguían a las mujeres con pasión enfermiza, como debe ser, pues. Generalmente, para no ir en contra del final feliz, los hombres alcanzaban sus trofeos no sin antes hacer cosas verdaderamente monstruosas, cosas que, mención aparte, las mujeres disfrutaban hasta el éxtasis.
Blanco de los censores

Nacido en Filadelfia en 1943, Robert Crumb se interesó en las figuras de la historieta prácticamente desde el momento en que vio reír a sus hermanos mayores mientras leían. A los ocho años empezó a dibujar sus propios monos, afición que se incrementó durante la adolescencia. Tras salir de la secundaria obtuvo su primer empleo como ilustrador para la American Greetings Corporation. En 1965 tragó su primera tableta de LSD: la American Greetings Corporation perdió un ilustrador y la Generación del Amor ganó a su vocero oficial.
Las ilustraciones de Crumb han permeado la cultura del comic de Estados Unidos con la misma fuerza de las bufonadas sádicas del Pato Lucas y de Bugs Bunny. No obstante, los guardianes morales de Cartolandia han puesto su mirada en la obra de Crumb. Aunque la mayoría de los ilustradores afinó probablemente sus habilidades dibujando tetas y traseros, fue a Bob Crumb a quien los censores eligieron para cebarse.
Culminada la Revolución Cultural de los 60, Crumb –modestamente próspero, felizmente instalado con su primera y única esposa, Aline— se sumió en un silencio intencional, alternando sus estancias en Estados Unidos y el sur de Francia, donde actualmente vive su hija Sophie. Siempre conservador, sin haber asumido nunca la indumentaria y el lenguaje hippies, Crumb no evade las entrevistas. En una de ellas, al inquirírsele acerca del optimismo –ahora al parecer perdido— que caracterizó a los años 60, el dibujante respondió: “Ve los 50 y tienes una prosperidad increíble después de la Segunda Guerra Mundial, la más grande de la que se tenga memoria. La generación de los 60 no asumió la conformidad de las chaquetas militares, las arrojó muy lejos, demandó los derechos sociales, cosas que la gente relacionaba con las doctrinas de izquierda. La respuesta a ese movimiento fue traumática: los elementos conservadores estaban tan asustados que en los 70, una década después, se produjo una reacción al nivel más alto. Fue ahí donde creo que verdaderamente se causó toda la confusión en la que ahora vive Estados Unidos. Lo único por lo que podrían culpar a los hippies y a la actitud de los 60 es por aquella idea de `queremos el mundo y lo queremos ahora´”.
Tímido e introvertido

Crumb nunca negó su membrecía al club de los 60 y todo lo que eso significaba: grandes cantidades de marihuana y LSD. Sin embargo, en un fugaz vistazo retrospectivo, opina que las drogas son buenas cuando se es joven, puesto que es una etapa experimental; pero la gente no puede andar con su estructura mental completamente quebrada cuando está por arriba de los 40.
Tímido, e incluso introvertido, Crumb, con sus lentes de fondo de botella, bigote y sombrero, posee una personalidad poco acorde con los iconos de grandes cabelleras que desfilaron por el escenario hippie. Janis Joplin, por ejemplo, decía al caricaturista: “Crumb, ¿qué pasa, no te gustan las mujeres? ¿Cuál es tu problema? Déjate crecer el cabello, hazte de una buena playera, unos buenos pantalones y ve al parque”. El consejo no fue escuchado. Por tal razón resulta difícil relacionar la introversión de este caricaturista con las imágenes sexuales que lo hicieron internacionalmente famoso. Crumb echa la culpa de sus inclinaciones a la atmósfera que se respiraba en los 60, arguyendo que en aquella época los artistas colocaban en el papel lo que en verdad tenían en la cabeza. La autocensura no funcionaba en ese entonces.
Lo que siempre ha funcionado es la fama y para Crumb no fue la excepción. La notoriedad tocó la puerta del caricaturista en 1968. Antes de ese año hacía viñetas que no tenían otro destino que el de un círculo pequeño de amigos. De repente una gran cantidad de gente se interesó por sus dibujos y la notoriedad, como asegura el artista, se convirtió en un verdadero afrodisiaco.
Familia peculiar

La infancia de Robert Crumb se desarrolló en varios lugares. Su padre fue oficial de la marina estadounidense y, junto con su familia, era transferido continuamente de un lugar a otro. No fue una infancia feliz, ha dicho el caricaturista, sobre todo porque el padre era muy estricto y perdía el control de sí mismo con mucha facilidad, al grado que en una ocasión fracturó de un golpe la clavícula del pequeño Robert. Por si la dosis de disciplina hogareña no hubiera sido suficiente, Robert y sus hermanos pasaron gran parte de su infancia en colegios católicos, hecho que quizá tuvo que ver con la (de) formación sexual de los hermanos: “Toda mi familia –dice Crumb— es sexualmente peculiar. Mi hermana es una lesbiana separatista. A mi hermano mayor le gustaban los niños. Nunca se cargó a alguno, pero era su mayor fantasía. Eso es lo que en parte lo orilló al suicidio. Mi hermano menor está más loco que yo. Le agrada el sexo bizarro”.
El crítico estadounidense Paul Bolle ha descrito a Robert Crumb como “un patólogo de la fantasía del progreso estadounidense”. Sin embargo, el caricaturista señala que su punto de vista no es tan oscuro. ¿Quién sabe? Sus trabajos narran también un universo de ghettos, de pobreza, afín con los frutos que crecen en los terrenos abonados por el Apocalipsis.