Octubre 30, 1938: la noche que los marcianos invadieron la Tierra

POR Yahoo Noticias
Ahora sabemos que en los primeros años del siglo XX, seres más inteligentes que el hombre, y sin embargo mortales, vigilaban atentamente a nuestro planeta. Que mientras los hombres se dedicaban a sus quehaceres, otros hombres los examinaban y estudiaban con minuciosidad, al igual que el hombre, valiéndose del microscopio, examina a las criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua

 Así comenzaba el programa, emitido por la CBS de Nueva York y repetidoras en todo el país, el anochecer de aquel domingo. 
Orson Welles
La noche del 30 de octubre de 1938, Orson Welles puso en el éter la primera adaptación para radioteatro de la novela de Herbert G. Wells, La guerra de los mundos. La dramatización de la invasión marciana —acaso el programa radial más famoso del mundo— recreaba hasta el más mínimo detalle el clima de una cobertura noticiosa. Su realismo fue tan perturbador que, hasta hoy, creemos que aquella noche de brujas “una ola de terror se apoderó de los Estados Unidos”. Sin embargo, pocos saben que aquella noche nació, en realidad, el increíble mito del pánico a la invasión desde Marte.

“Ahora sabemos que en los primeros años del siglo XX seres más inteligentes que el hombre, y sin embargo mortales, vigilaban atentamente a nuestro planeta. También sabemos que mientras los hombres se dedicaban a sus quehaceres, otros hombres los examinaban y estudiaban con toda exactitud y minuciosidad, al igual que el hombre, valiéndose del microscopio, examina a las criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua…” Así comenzaba el programa, emitido por la CBS de Nueva York y repetidoras en todo el país, el anochecer de aquel domingo. Muchos se perdieron la presentación y no se enteraron de que todo era una adaptación para radioteatro dirigida y protagonizada por un joven de 23 años. “La Columbia Broadcasting System y sus estaciones afiliadas presentan a Orson Welles y al Mercury Theatre en La guerra de los mundos, de H.G. Wells”, decía el locutor.
Desde entonces pasaron 73 años. Pese al tiempo transcurrido, las creencias alrededor del episodio instalaron un resistente lugar común que muchos siguen utilizando: “Los gobiernos ocultan la verdad (sobre los extraterrestres, artefactos secretos para controlar el clima o… lo que sea) para evitar la histeria colectiva”.
 H.G. Wells
Por décadas, la emisión de Welles se usó como ejemplo sobre cómo los medios son capaces de afectar a la sensibilidad pública. Se llegaron a dar cifras sobre las personas que, presas del terror marciano, se quitaron la vida. Se habló de calles anegadas de automóviles pujando por salir de la ciudad. De ciudadanos corriendo en busca de sus familiares. De líneas telefónicas saturadas. Sin embargo, ninguna de aquellas afirmaciones descansaba en evidencia alguna.
Durante una hora, Welles reconstruyó la noticia de la caída de un extraño artefacto en la granja de Wilmuth, cerca de Grovers Mill, en Nueva Jersey. El locutor explicó que se habían detectado una serie de explosiones en Marte. Que habían comenzado a aterrizar una serie de naves cilíndricas. Habló del avance de un conjunto de trípodes tripulados por pulpos con cuerpos “grandes como un oso, brillantes como cuero mojado…” Los marcianos, cuyo aspecto “era indescriptible”, entraban en Manhattan lanzando chorros de fuego.
La obra presentaba una historia asombrosa pero persuasiva. Las calles, los edificios y las rutas eran “muy reales”, familiares para los oyentes. Ellos podían oír el relato creíble y asertivo de cronistas, académicos, militares, testigos y funcionarios. Actores, efectos especiales y la estratégica inclusión de “boletines especiales” que interrumpían la cortina musical confluían en una historia cuya verosimilitud era escalofriante. Cuando empezaron a sonar los teléfonos de la radioemisora, Welles explicó que todo había sido una broma. Pero muchos no esperaron hasta el final. La CBS recibió demandas por daños y perjuicios. Y otros muchos —hasta lo malo tiene su lado bueno— comenzaron a desconfiar de los noticieros.
En un estudio pionero sobre la psicología del pánico, La invasión desde Marte (1942), Hadley Cantril, psicólogo de la Universidad de Princeton, concluyó que 1 millón 200 mil de oyentes, sobre 6 millones, no sólo interpretaron que estaban oyendo un noticiero real sino que sufrieron un ataque de nervios. Según Cantril, sólo 28 por ciento de los oyentes con educación universitaria creyó que era un informativo real, contra 46 por ciento y 36 por ciento que habían cursado estudios primarios y secundarios. ¿Qué los asustó? La mayoría temió que se hubiera iniciado una guerra en Europa. Las heridas de la Primera Guerra Mundial aún sangraban. Fueran japoneses, nazis o marcianos, el temor a una invasión extranjera estaba latente. Tres de cada diez entrevistados admitieron que oír a “científicos” les hizo confiar. Más de la mitad, en cambio, identificó la voz de Welles; había leído La guerra de los mundos (el libro) o sospechó que el escenario fuera tan parecido a “un comic de Buck Rogers”. Más de la mitad sintonizó otras estaciones para verificar si era una noticia o ficción. Y los más asustados asomaron la cabeza por ventana.
El estudio que, según los psicólogos de Princeton, puso los pelos de punta a miles de oyentes también tuvo una notable influencia entre los interesados en la cultura de masas. De hecho, esta tesis sentó las bases para el estudio de la propagación de los rumores y las campañas de desinformación. Y sin embargo…
“Hadley Cantril exageró mucho la magnitud de los acontecimientos”, explicaron los sociólogos William S. Bainbridge y Robert E. Bartholomew en la revista Skeptical Inquirer. No sólo el estudio tenía grandes defectos, que los autores atribuyen a que —por entonces— los estudios sociales estaban en pañales. Los medios que habían creado la ilusión del “pánico” arrastraron a Cantril y a sus colaboradores a cometer el mismo error de sesgo.
Por un lado, es cierto que el estudio cuenta varios episodios perturbadores. Un testigo, dicen, se convenció de que estaba oliendo el gas venenoso y aseguró haber sentido “los rayos caloríficos” que se describía el programa. Otro se perturbó a un punto tal que “tuvo una sensación de ahogo”. Algunos informaron haber observado “marcianos en sus gigantescas máquinas apostadas en las Palisades de Jersey”, y otros juraron haber oído “el ruido de ametralladoras o el sonido siseante de los marcianos”. Un hombre llegó a subir al tejado de un edificio de Manhattan con sus binoculares, desde donde aseguró haber visto “las llamas de la batalla”.
Por el otro, el equipo de Princeton entrevistó, apenas, a 135 personas. “Más de un centenar fueron elegidas porque les constaba que la emisión les había afectado”, escribe Bartholomew. “Sólo hay evidencia anecdótica para sugerir que la mayoría de los oyentes tomaron alguna medida real durante la audición, como empaquetar sus cosas, tomar sus armas o escapar en sus vehículos”, continúa. Bainbridge ha cuestionado que Cantril sólo citara a “unos pocos relatos coloridos de un pequeño grupo de personas asustadas”. Y escribe: “En cualquier noche, entre más de un millón de personas, al menos un millar pueden manejar a excesiva velocidad”.
Mientras al otro día la prensa informaba sobre ataques al corazón entre los oyentes, nada de eso pudo ser comprobado. Tampoco huidas en masa, ni que más de un millón de personas sintieran verdadero pánico. ¿Suicidios? No se informó ninguno.
En resumen, el primer estudio sobre la influencia social de los medios sobre las actitudes de las masas se había vuelto una monumental ironía. Fueran un puñado o un millón, innegablemente los medios influyeron sobre la percepción pública de los hechos. ¿Un medio por sí solo puede desatar una ola de pánico incontrolable? El estudio de Cantril no lo prueba.
El estudio de los sociólogos que revisó la tesis de Cantril enseñó que la espectacular reacción de histeria que se atribuyó a los norteamericanos en 1938 fue pura creación mediática. Las consecuencias reales de la creencia según la cual “es poco conveniente informar a las masas sobre ciertas verdades terribles para evitar la histeria colectiva” no son menores, porque, paradójicamente, creer en tales conspiraciones parece incrementar y propagar temores injustificados.
De hecho, tanto a fines de la década del 30 con La guerra de los mundos, como a fines de los 40, con la invasión de los platos voladores, los norteamericanos siguieron con miedo a ser invadidos por una superpotencia, sea extranjera o del espacio exterior. Quién sabe si eso no explica por qué ahora prefieren invadir primero.