Cada quien su avatar

POR Alfredo C. Villeda
En la tradición literaria, el doble es el otro en nosotros, a nuestro lado. Para el psicoanálisis, el miedo a la muerte favorece la creencia de un doble que asegura la vida eterna una vez que el primer yo muere, creencia milenaria, desde tiempos inmemoriales
(en.wikipedia.org)
Hay palabras que caen inevitablemente en desuso, ya sea por los avances tecnológicos, ya sea por evolución, ya sea por decreto. Pasa lo mismo con algunos autores. Y obras. De la Divina comedia sucedió que fue olvidada no años ni décadas, sino siglos. Pero volvió. Friedrich Nietzsche casi pasó desapercibido en vida, entronizado después de su muerte, olvidado y recuperado. Con el uruguayo-francés Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont o Maldoror, como se guste llamarlo, resultó que su ya de por sí enigmática vida había sido enterrada cuando los surrealistas lo reencontraron y, quizá sea exagerado decirlo, lo reinventaron para hacerlo uno de los suyos, rasgo este de la apropiación tan singular y característico de la comunidad de André Breton.

Una de esas palabras que prácticamente era ya un arcaísmo es avatar. Cuando el poeta Arthur Rimbaud escribió “Yo es otro” sabía, en sus palabras, que sólo estaba hurgando en la antigua literatura hindú y el concepto de la encarnación terrestre de un dios. Otro escritor francés, Guy de Maupassant, creó el término Horla para su célebre novela breve, y que puede designar una cosa, un animal o un ser pensante. Su origen se ubica a partir de los vocablos franceses hors, fuera o exterior, y , algo presente.
En la tradición literaria, el doble es el otro en nosotros, a nuestro lado. Para el psicoanálisis, el miedo a la muerte favorece la creencia de un doble que asegura la vida eterna una vez que el primer yo muere, creencia milenaria, desde tiempos inmemoriales, compartida por múltiples pueblos y culturas. En su forma demoniaca, la tradición es larga: Frankenstein, Mefistófeles, Drácula… Aunque Sartre acudió al otro como la forma del infierno en A puerta cerrada y Dostoievski como la pesadilla en vigilia en El doble.
En inglés la voz avatar remite como primera acepción a la encarnación del dios Visnú y sólo como cuarta entrada se refiere a una imagen electrónica que representa y es manipulada por un usuario de computadora. El diccionario Merriam-Webster marca su origen en la voz del sánscrito avatarah y fija primer uso en 1784. En español, en cambio, su primera definición es fase, cambio, vicisitud, y en segundo lugar alude a la tradición hindú. Sin duda la Real Academia Española debe ajustar sus significados, porque no contiene el cibernético, que sin duda ha revitalizado la palabra al grado de ser el nombre de una taquillera película de James Cameron exhibida en 2009.
Guy de Mauppasant (whataboutclients.com)
Por eso cobra relevancia otro francés, el gran Théophile Gautier, quien tituló “Avatar” su cuento sobre un desdoblamiento literal, ya que los dos protagonistas intercambian sus almas, en tanto la figura que uno puede pensar diabólica se contenta con dirigir el peculiar canje gracias a la ciencia importada de la India. Debe considerarse que en esa época el término era por lo menos de la lengua culta y sus propios contemporáneos, Rimbaud y Mauppasant, lo evadieron con meritorios ardides propios.
Hoy el concepto ha evolucionado. De la deidad hindú a la electrónica, de la metafísica a la realidad virtual, avatar es más que una película. Hoy todo niño en edad escolar sabe qué significa y, más aún, tiene uno. El asiduo a las redes sociales ya habrá estrechado lazos con los avatares de sus vecinos y, en algunos juegos en tiempo real, vía internet, hasta pueden competir en las más inverosímiles justas. Si alguien soñó con tocar la guitarra como Ritchie Blackmore, puede bajar Guitar Hero por 36 pesitos a su iPhone y sentirse, asumirse y hacer vibrar al respetable en las botas del legendario líder de Deep Purple a ritmo de “Smoke on the Water”.
Valga, para culminar este soliloquio sobre el avatar, citar a Borges: “¿Por qué persistes, incesante espejo?/ ¿Por qué duplicas, misterioso hermano,/el menor movimiento de mi mano?/ ¿Por qué en la sombra el súbito reflejo?/ Eres el otro yo del que habla el griego /y acechas desde siempre. En la tersura /del agua incierta o del cristal que dura/ me buscas y es inútil estar ciego./ El hecho de no verte y de saberte/ te agrega horror, cosa de magia que osas/ multiplicar la cifra de las cosas/ que somos y que abarcan nuestra suerte./ Cuando esté muerto, copiarás a otro/ y luego a otro, a otro, a otro, a otro…” Cada quien su avatar.