Caín, de José Saramago

POR Fernando Montoya
La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con Dios,
ni Él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a Él.
José Saramago
(sergiolemos.blogspot.com)
Es de todos conocido que a José Saramago no le es indiferente la figura de Dios. A lo largo de su carrera literaria, el autor se ha dedicado a reclamarle sus injusticias, a cuestionarle sin temor alguno su crueldad y arbitrariedades; en pocas palabras, a retratarlo con un rostro más humano que divino. Nos podemos remitir, por ejemplo, a su más laureada novela: El evangelio según Jesucristo (1991), donde el Nobel portugués nos ofrece una visión del hijo de Dios muy contraria a la de su padre, ya que mientras éste exige sacrificio y hace de la muerte su principal bastión, aquel defiende la vida y la felicidad en la Tierra.

En su más reciente novela, Caín, el autor no se queda callado y nos hace llegar su propia versión del Antiguo Testamento.

En primer lugar, este Caín no es, con todo, una sencilla repetición de las viejas ideas, ni es, siquiera, una ampliación de las ya conocidas posturas morales. El Caín de Saramago se muestra como un hombre profundamente racional y complejo que, aun arrastrado por el sentimiento de culpa a causa del asesinato de Abel, encuentra la firmeza suficiente para llevar cargando tanto la autocrítica por su atroz acto, así como la parte de responsabilidad atribuible a aquel Dios que, consciente de todo cuanto sucede, dispuso la causa de la envidia, a través de su acción divina, permitiendo la consecuencia del fratricidio.
Diálogo interminable
(cavemengo.blogspot.com)
Un diálogo sempiterno entre Caín y Dios. Un diálogo que hasta la fecha, no ha terminado. Un reconocimiento de culpas y responsabilidades, y el compromiso asumido por ambas partes de cargar y aceptar con sus respectivas expiaciones, sirve de motor para guiarnos a una historia que, con el característico estilo lúdico de tiempos y espacios de Saramago, refleja los equitativos errores y la humanidad de ambas entidades, esto es, la terrenal y la celestial. La identificación de naturalezas tan supuestamente contrapuestas, de creador y creación que, aunque en apariencia parece negar la existencia de una divinidad, propone, por el contrario, que dicha realidad no es sino una proyección trascendente de la conciencia humana. Una divinidad dibujada como la penitencia adoptada a una naturaleza capaz de combinar con desalmada frialdad las mayores bondades y sacrificios.
En la obra, la prueba de fe de Abraham, la destrucción de Sodoma y Gomorra, o el arca que mandó construir Dios a través de Noé, no buscan derribar la credibilidad de una deidad amable y dedicada completamente al bienestar de sus creaturas; para cuya contraparte Caín se basta y se sobra. La relación de ellos con Dios, a través de su experiencia directa, nos hace ver que la concepción de la inocencia y de la generosidad es posible tanto en ausencia, como en competencia con la voluntad divina. Es decir, la bondad del ser humano tanto es capaz de trascender las fuerzas del Todopoderoso, como puede anidar en un Caín popularmente concebido como la encarnación absoluta de la maldad.
Mucho de la palabra de Saramago me ha recordado a la obra Temor y temblor (1846) de Søren Kierkegaard, el cual se centra en el mandamiento de Dios según el cual Abraham ha de sacrificar la vida de su hijo Isaac, esto es, un acto que viola las convicciones éticas de Abraham. Éste da muestra de su fe al someterse al mandato de Dios, incluso aunque no lo pueda comprender. Esta “suspensión de la ética”, como lo llamaba Kierkegaard, es descubierta por el Caín de Saramago, con la finalidad de quitar el disfraz de cordero y mostrar al león que adentro se escondía.
Así, Saramago elabora un Caín no a la usanza crónica de un desencuentro personal con la religión, sino una alegoría de comprensión humana que defiende la aceptación de sus peores potencialidades, y la orgullosa defensa de una capacidad igualmente ilimitada y todopoderosa para crear el bien y sembrar la felicidad.
Se es dicho que nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. En la lógica del Caín de Saramago, el capricho, la arbitrariedad y la crueldad humanas son también propiedades de aquel que se dice nuestro creador.