Hemingway: “La mejor vida que hayas visto”

POR James Salter
Su estilo fue influenciado por Sherwood Anderson, Gertrude Stein, Ezra Pound, el periodismo y por la economía de los cables transatlánticos, pero él tenía su propio don poético y el intenso deseo de dar al lector la sensación de saciedad y de verdad de lo que sucedía
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Ernest Hemingway, el segundo de seis hijos, nació en Oak Park, Illinois, en 1899, y vivió hasta 1961, lo que representa la primera mitad del siglo XX. Él, más que representarlo, lo corporizó. Fue un héroe nacional e internacional, y su vida fue mítica. Aunque ninguna de sus novelas la ubica en su propio país –éstas tienen lugar en Francia, España, Italia o en el mar entre Cuba y Cayo Hueso— es el escritor estadounidense por excelencia. Su padre, Clarence Hemingway, fue un médico de altos principios, y su madre Grace no desmerecía en inteligencia al lado de su marido. Eran religiosos, estrictos, tanto que incluso se tenían prohibido bailar.

De su padre, Hemingway aprendió en la infancia a pescar y a disparar, dos actividades que lo acompañaron toda su vida, junto con una tercera: la escritura. Casi desde el principio su voz fue distinta. En su diario de campamento que realizó con un amigo cuando Hemingway tenía 16 años, escribió sobre la pesca de truchas: “Fue muy divertido luchar contra ellas en la oscuridad en los rápidos profundos del río”. Su estilo, alguna vez lo dijo, fue influenciado por Sherwood Anderson, Gertrude Stein, Ezra Pound, el periodismo y por la economía forzada de los cables transatlánticos, pero él tenía su propio don poético y el intenso deseo de dar al lector la sensación de saciedad y de verdad de lo que sucedía. Comparaba los hechos. Hacía a un lado lo que podía ser fácilmente comprendido o que se daba por sentado y se entregaba al resto con exactitud salvaje. Hay una tensión nerviosa en su escritura. Una palabra parece casi desafiar a la otra. El poderío de las primeras historias, elaboradas de declarativas simples parecía de alguna manera a abrirse paso en un nuevo lenguaje, un genuino lenguaje de Estados Unidos que por fin era descubierto, y con él, una visión distinta del mundo.
Romanticismo duro
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Hemingway escribió casi siempre sobre sí mismo, al principio con cierto desapego y un toque de modestia, como Nick Adams en las historias de Michigan con su hermana enamorada de él, como Jake Barnes con Lady Brett enamorada de él, como el herido Frederic Henry con Catherine Barkley enamorada de él, como María en Por quién doblan las campanas, y Renata en Al otro lado del río y entre los árboles. Además del amor, abordó la muerte y el estoicismo, tan necesarios en esta vida. Era un romántico, pero no de manera suave. En el cuento “Campamento indio”, después de rodear la bahía llegan a una choza indígena cerca de la carretera:
El padre de Nick ordenó un poco de agua, que colocó en la estufa y mientras se calentaba, le habló a Nick.
“Esta mujer va a tener un bebé, Nick”, dijo.
“Lo sé”, dijo Nick.
“No lo sabes”, respondió su padre. “Escúchame. Lo que le está sucediendo se llama estar en labor. El bebé quiere nacer y ella quiere que nazca. Todos sus músculos están tratando de conseguir que el bebé nazca. Eso es lo que está ocurriendo cuando ella grita”.
“Entiendo”, dijo Nick.
Justo en ese momento la mujer gritó.
“Oh, papá, no puedes darle algo para que deje de gritar?”, preguntó Nick.
“No. No tengo algún anestésico”, respondió su padre. “Pero sus gritos no son importantes. No los escucho porque no son importantes”.
El marido, en la litera de arriba, se dio la vuelta contra la pared.
El nacimiento, la agonía, la cesárea, y las secuelas son brillantemente descritos en un diálogo breve y con frases simples. Sin embargo, cada palabra, cada inversión u omisión es importante. Con esa misma sustancia fueron elaboradas las primeras historias. “Mi viejo” fue elegido para Los mejores cuentos cortos de Edward O’Brien en 1923. “Up In Michigan”, otra historia corta, fue –para su tiempo— tan franca y perturbadora que Gertrude Stein la llamó “impublicable”.
Días de audacia
(thepamplonapost.wordpress.com)
Hemingway fue una figura hermosa y popular en el París de los años 20; ahí está su imagen caminando por el Boulevard Montparnasse, con su forma atlética pasando por los cafés, donde los amigos lo llamaban en voz alta o con un gesto para que se uniera a ellos. Estuvo casado con Hadley, su primera esposa, con quien tuvo un hijo, Bumby. Escribía –a lápiz, en un cuaderno— líneas de firmeza excepcional, cuidadosas. Su verdadera reputación, sin embargo, comenzó en 1926 con The Sun Also Rises, escrito en ocho semanas, basado en sus experiencias en Pamplona y en su fascinación por las corridas de toros. Los personajes se inspiraron en personas reales. Por ejemplo, Brett Ashley, en la vida real, era Lady Duff Twysden:
Brett estaba condenadamente guapa. Llevaba un jersey y una falda de tweed, y su pelo estaba peinado hacia atrás como el de un niño. Y ella estaba consciente de eso. Estaba construida con curvas como el casco de un yate de competencia, y no te perdía de nada con ese jersey de lana.
Está escrito con exuberancia —“yate de competencia”, con su connotación de rápido, deportivo, galante, con el aura de los días de audacia. Palabras monosílabas que impactaban contundentemente. A Lady Duff Twysden le gustaba que escribieran de ella. Harold Loeb, que fue Robert Cohen en el libro, no lo disfrutaba. Lo representaron como un judío que quería pertenecer a la multitud, aunque nunca comprendió que no lo lograría. La descripción que hizo Hemingway de Loeb molestó a éste toda su vida. Él había sido amigo de Hemingway y ahora se sentía traicionado. Hemingway era generoso con el afecto y el dinero, pero tenía una vena mezquina. De Scott Fitzgerald, que era un par de años mayor, que alcanzó el éxito antes de Hemingway, y que le había recomendado a éste a Scribner, Hemingway dijo que había escrito “novelas de árbol de Navidad”, y que era “un compañero de habitación mentiroso y deshonesto con el dinero”.
De pocos amigos
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Hemingway rompió con casi todos sus amigos literarios –Archibald MacLeish, Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, John Dos Passos, Ford Madox Ford y Sherwood Anderson— aunque se mantuvo fiel a Ezra Pound y nunca tuvo la oportunidad de romper con James Joyce. Casi la totalidad de sus gustos y disgustos, sus evaluaciones, opiniones y consejos se encuentran en sus cartas. Se estima que escribió seis o siete mil en toda su vida a una gran variedad de personas; largas cartas con descripciones, afectos, amarguras, quejas, y una gran autoestima: es difícil no admirar al hombre –sean cuales fueran sus defectos— que tan audazmente escribió.
En 1929 llegó Adiós a las armas, lo que marcó la ascensión completa de Hemingway. El gran Gatsby, la novela de Fitzgerald, había sido publicada cuatro años antes, pero tuvo ventas un tanto decepcionantes. La novela de Hemingway estalló como un cohete. Había aparecido en forma de serie en la revista Scribner y la primera impresión de 31 mil copias se duplicó rápidamente.
En los años 30 Hemingway escribió dos libros de no ficción: Muerte en la tarde, en la que explica y glorifica a las corridas de toros, y Las verdes colinas de África, basado en un viaje largamente esperado a África Occidental Británica en 1933-1934. Son obras en las que Hemingway como el escritor está muy presente y ofrece diferentes opiniones y sentimientos. Los libros no fueron particularmente bien recibidos. Los críticos, que alguna vez lo elogiaron y a los que ahora Hemingway detestaba –piojos, eunucos, cerdos y mierdas, los llamaba— lo despreciaban.
Por razones que no puedo explicar, algo espantoso parece que sucedió a Hemingway tan pronto como comenzó a escribir en primera persona. En su obra de ficción, los elementos conflictivos de su personalidad, las situaciones emocionales que le obsesionan, se externalizan y objetivan, y el resultado es un arte severo, intenso y profundamente serio. Pero tan pronto como habla en primera persona, parece perder toda su capacidad de autocrítica y es desagradablemente fatuo y sensiblero…. En su propio personaje de Ernest Hemingway, El Viejo Maestro de Cayo Hueso, tiene una manera de parecer tonto. Tal vez se está imponiendo en él la leyenda mercantil estadounidense que ha creado a su alrededor.
Esto fue escrito en 1935.
(jfklibrary.org)
Estaban comenzando a aguijonearlo para intentar que inclinara la cabeza. Las cartas de indignación que él escribía eran infantiles y violentas. Él creía en sí mismo y en su arte. Cuando inició era fresco y sorprendente. Con el tiempo, su escritura se hizo más pesada, casi una parodia de sí mismo, pero mientras vivió en Cayo Hueso en los años 30 escribió dos de sus mejores cuentos, “La breve vida feliz de Francis Macomber” y “Las nieves del Kilimanjaro”, ambos publicados en Esquire. Y en 1940, su gran novela, Por quién doblan las campanas, basada en sus experiencias como corresponsal en la Guerra Civil Española, redimió su reputación y restauró su eminencia.
El rico y fascinante Hemingway’s Boat de Paul Hendrickson, que abarca los últimos 27 años de la vida de Hemingway, entre 1934 y 1961, no es, como queda claro al principio, una biografía convencional. Es de hechos, pero al mismo tiempo intensamente personal, impulsada por una gran admiración, pero también llena de sentimiento, especulación y lo que podría llamarse de interés humano. Hendrickson puede escribir una apreciación de una fotografía de Hemingway, su esposa Pauline, y un mando de bote llamado Samuelson sentados en una mesa de café en La Habana como si se tratara de un retablo, y puede dar a la misma Habana –sus bares, cafés, el Hotel Ambos Mundos, la facilidad de esa vida y la dedicación a los vicios— un resplandor del pasado, una ciudad desaparecida antes de la limpieza puritana de Castro.
Paul Hendrickson. Hemingway’s Boat: Everything He Loved in Life, and Lost, 1934–1961. Knopf, 531 pp.
Tomado de: The New York Review of Books. Octubre 13, 2011.
Traducción y edición: José Luis Durán King.