La analogía de los insectos

POR Gabriel Ríos
Se debe tener en mente que la inmigración en masa, lo que se nombra como la resurrección de los dioses reprimidos, sea liberado de las reservas mentales, para que participen en nuestra vida cotidiana
Jules Michelet (artilim.com)
Cualquiera que disfrute con la naturaleza le pondrá nombre a las cosas y figuras, será de una personalidad múltiple, en tanto tenga visiones, escuche voces, enloquezca y opine con dulzura mefítica, con respecto a la variedad de drogas que se consumen hoy en día sólo para besarle la cola al código. Sepultar el resto de teoría materialista, y convertir a ese anciano llamado ego en algo imitativo e irónico, imagen en sepia, con sonrisa original, o bien, araña de las Antillas, nos hará mantener nuestras casas, libres de bichos nocivos.

La razón que asiste a Jules Michelet a “vomitar” analogías e intertextos es con la pretensión de advertir mediante la creación de una suerte de enciclopedia popular, que si los insectos tomaran el lugar del hombre, todo pasaría al gran crisol y se purificaría; que los imperceptibles constructores del globo, los animálculos, seguirían de cualquier manera devorando, o en el caso de las fraternales hormigas, organizando orgías, de una manera libérrima una vez al año.
En ese sentido, los insectos son inmorales, maquiavélicos y perversos, fuertes y guerreros y a veces débiles para alimentarse solos. Las avispas las dibuja Grandville en el aire como atisbando el instante, por el deseo de perpetuar lo que aman. Ese infinito viviente, odia, domina, se rebela ante la tiranía e innova, dice Jules Michelet, quien nació en 1798 en París.
Michelet escribió en su madurez, de 1856 a 1868, El ave, El mar, La montaña y antes de que se publicara El origen de las especies de Darwin, El insecto. Editó en su momento una enciclopedia de sesenta volúmenes de la historia francesa.
Al inclinarse siempre por las ideas republicanas, reflexionaba que las abejas, que mantienen en su vida un prodigioso esfuerzo de improvisación, son las mejores artistas del planeta. Decía que difícilmente encontraríamos en la naturaleza criaturas más poderosas, o que tuvieran derecho a estimarse tanto a sí mismas. En el libro se cuenta de aquellos insectos que se funden con una gran variedad de flores, despidiendo aromas como pensamientos.
A esta joya literaria la recorren innumerables anécdotas de un gran impacto. Jules Michelet observa que la reina, la madre de todas las abejas, es de una belleza dorada de pies a cabeza, es tímida, pero al mismo tiempo de carácter voluble por la sencilla razón de que no tiene muchas cosas en qué ocuparse. Curiosamente, Roland Barthes opinaba que Jules Michelet, amante de lo femenino, se acomodaba a la vida, por su debilidad física, como la de un parásito.
(athousandshades.typepad.com)
El insecto es un ensayo literario con destellos de gran poesía que se refracta en una gran variedad de públicos, lectores de su época y de la nuestra. De pronto comenta Michelet, que el hombre tiene razones de sobra para soñar, o que la realidad más lúcida la tienen las aves volando sobre las montañas, y en las siguientes páginas, los insectos son fotografiados y recordados como los primeros animales con alas que aparecieron hace 300 millones de años, que los escarabajos son una mayoría constante; les siguen avispas, abejas y hormigas.
¿Qué haríamos los seres humanos si fuésemos hormigas? Como en el cuento de Juan José Arreola El prodigioso miligramo, sólo desarmaríamos la imagen de quienes adoran el caos, pues ese mar de leche, es la casa de los devoradores, de termitas constructoras de palacios orientales con una capacidad insaciable del alma para diversificarse en la gran membrana prolifera, cosa que comparten en el mar, arenques, esturiones, bacalaos y tiburones, recorriendo cada quien en su terreno, una serie de galerías con varios niveles, ventanas, añadidos, súbitos callejones sin salida y agujeros que deponen ecos.
Se debe tener en mente que la inmigración en masa, lo que se nombra como la resurrección de los dioses reprimidos, sea liberado de las reservas mentales, para que participen en nuestra vida cotidiana. Para esto es necesario aguzar suficientemente en las metáforas originales; en otro orden de ideas, de plano enfermarse, consumir drogas, para encontrar dichas ficciones, mediante un retorno al infinito o al paraíso, según el maestro Amara: todo para hacer esotéricos los acontecimientos silenciosos del mundo de la noche, del fondo de la tierra y el océano, donde anida el primer indicio de personificación.