Las mujeres de Fitzgerald

POR Óscar Garduño Nájera
Todos sus personajes femeninos incurren en los excesos, clave básica de su obra, por eso van de allá para acá, enamoradas etílicas y flotantes entre nubes de humo que acaso hacen de cortinas para esos paraísos artificiales
(myliteraryquest.wordpress.com)
Bajo las melancólicas notas de “St. James Infirmary”, del disco Let Them Talk: Photobook, de Hugh Laurie, trepo sobre el recuerdo de ellas. Señalarlas, hacerlas presente, conjugar verbos entre sus piernas es una obligación cuando de mujeres en la literatura se trata. Y si impulsado por circunstancias ajenas el pertinaz olvido consigue morder mi memoria, queda la certeza de los libros, pues acaso ellas habitan ahí, en medio de un inexplicable tiempo que corre paralelo al nuestro: tipografías de oscuras aguas donde cada borde hace de embarcación para aliviar nuestra ausencia en el suave vaivén de sus olas, ahí donde andamos al lado de ellas, colgados de sus mágicas cinturas, cuales putas majestuosas de cualquier burdel, cuya última lección será aprender a odiar o a amar dejando el alma entera no ya en las paredes, sino en cualquier excusado que tenga a bien recibir nuestro llanto o nuestras carcajadas, que se irán tras jalarle con fuerza a la palanca.

En uno de los tantos primeros lugares pongo por delante a las mujeres de F. Scott Fitzgerald: hermosas de vestidos largos, y tiernas de miradas flotantes entre el humo de esos largos cigarrillos sempiternos. Estimables, como puede ser cualquier mujer común y corriente, y malditas, como pocas mujeres realmente consiguen serlo. Brujas que parecen brincar sobre nosotros con las personalidades más complejas estructuradas a espaldas de cualquier honesto psicoanalista, ya que hacer análisis frente a ellas no es nada fácil, pues camaleónicamente siempre cambian de acuerdo con las circunstancias. Pasajeras de una vida inclinada a los excesos (blakenianamente) e hijas negadas de la conocida época del jazz, apestosas a ginebra y humo que saben muy bien utilizar la ingenuidad de los hombres (y muchos de los personajes masculinos de Fitzgerald lo son: The Beautiful and Damned, 1922; The Side of Paradise, 1922) para fugarse libremente en los labios entreabiertos del alba, ahí donde para muchos la fiesta concluye y para ellas es tan sólo un descenso por una perfecta espiral de autodestrucción.
Homenaje a su heroína mayor
Zelda Sagre (flapperjane.com)
Mucho se ha dicho acerca de si los personajes femeninos de Fitzgerald son un velado homenaje a su heroína mayor, su amada Zelda Sagre, la fiel top girl, cuyo retrato más preciso, quizás, viene a encontrarse en la bella y caprichosa Nicole Driver, mujer protagonista de Tender Is the Night, novela publicada en 1934, y quien terminó sus días en el hospital psiquiátrico de Asheville, Carolina del Norte, atormentada por los embates de la esquizofrenia y lanzando maldiciones contra aquel escritor estadounidense portavoz de la llamada “Generación Perdida”, padre del desencanto del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, con quien apenas 11 años atrás se había comprometido y del cual ahora sólo obtenía derrotas aderezadas de amargura y resentimiento.
¿Cómo era esta primer mujer que acaso inspiró a Fitzgerald para retratar a muchos de sus personajes? Una mirada casi extinta en cuanto a su moribundo brillo de grisáceo amanecer tras torpes pensamientos, tras dejar de ser la niña mimada hija de un juez y nieta de un senador, amante incondicional del joven Fitzgerald, que incluso llegó a llevar a rastras, y botando whisky por todos los poros, hasta la máquina de escribir para obligarlo a poner punto final a aquel relato corto que les diera unos cuantos dólares tras ofrecerlo al Saturday Evening Post o a cualquier periódico o revista que tuviera aún un poco de compasión por aquella extraña pareja que únicamente dejó a su paso la última de las derrotas, el derrumbe de un talento que se forjó a costa de sostener un éxito que vino a ser fugaz tras publicar, en 1925, The Great Gatsby, la que para muchos es considerada la mejor de sus novelas.
Por eso todos los personajes femeninos de Fitzgerald incurren en los excesos, clave básica de su obra, por eso sus mujeres van de allá para acá, enamoradas etílicas y flotantes entre nubes de humo que acaso hacen de cortinas para esos paraísos artificiales, construyendo, siempre al límite, en una arquitectura con prosa de certero pincelazo, su propia sensualidad, carentes de cualquier moral que no sea la que ellas mismas descubren a través de procesos iniciáticos y rebelándose contra cualquier orden establecido.
Frente a ellas cualquier reacción es probable. Pero lo interesante es que lo que menos se hace es permanecer indiferente. Nos toman de la mano y nos conducen por caminos donde el amor parece inagotable, o bien por infiernos adorables donde cualquier derrota, por mínima que parezca, desencadena un proceso de autoconocimiento. Y también es inevitable no enamorarse de ellas, perseguirlas entre las páginas donde acaso aguardan las mujeres que durante tanto tiempo hemos hecho nuestras, despreciándolas en ocasiones, tal y como ocurre con algunas de las mujeres de Isaac Bashevis Singer. Pero esas faldas, sin duda, pertenecen a otro burdel…