Mary Frances Creighton: la Borgia de ojos oscuros

POR José Luis Durán King
En la más pura tradición de las envenenadoras, esta viuda negra administró arsénico a la esposa de su novio para que esté quedara libre y se casara con una adolescente de 14 años, que era hija de la asesina
(attrition.co.uk)
Por su protagonismo en los actos criminales perpetrados sobre todo por mujeres desde el siglo XIX, el arsénico es el veneno de venenos. Su presencia puede ser rastreada en la literatura victoriana, convocando, incluso, la participación de los agentes más afamados de la ficción para resolver casos en los que la muerte salió casi repentinamente para reclamar la vida de algún ser querido, que un día estaba bien y a las semanas siguientes ocupaba el papel estelar de su propio novenario.

A las damas que utilizan el veneno para propósitos generalmente económicos se les conoce como Viudas negras. Son asesinas seriales organizadas, disciplinadas y pacientes. Su labor puede tardar años antes de llegar al objetivo que se han trazado. En su mayoría ataca a sus seres cercanos, administrándoles lentamente la ponzoña en comidas o bebidas o en ambas.
El escritor británico George Orwell, en su ensayo La decadencia del asesino inglés (1946), señala que con la disolución de los matrimonios a través de la figura legal del divorcio, la noble tradición de la taza de té envenenada para despachar al incómodo marido quedó atrás en el Reino Unido.
Ejemplo contundente de la Viuda negra británica es Mary Ann Cotton, a quien se atribuyen 18 homicidios mediante arsénico. Entre las víctimas figuraron hijos, hijastros, esposos y uno de sus amantes. La gran cantidad de muertes que circundaban a la mujer despertó las sospechas de las autoridades. Al exhumar los cuerpos de los familiares, la policía halló rastros de arsénico en los cadáveres, por lo que Cotton fue colgada en 1873.
Pese a ser el veneno favorito de las Viudas negras, el uso del arsénico presenta algunos problemas, que no son menores. Uno de ellos es su facilidad de detección en el cuerpo humano, aun después de la muerte y sin importar que se trate de cantidades pequeñas, ya que no se deteriora con el paso del tiempo. Asimismo, requiere una cantidad justa en su administración. Miligramos de más pueden conducir a una muerte prácticamente inmediata, miligramos de menos pueden no surtir efecto.
Veneno para ratas
(ephemera.ning.com)
El fenómeno de la Viuda negra tejió fuertes telarañas en Estados Unidos, donde el crecimiento y el fácil acceso a las pólizas de seguros de vida añadieron un elemento de ambición al delito. No por nada el arsénico fue llamado la “herencia en polvo”.
Mary Frances Creighton es una prominente envenenadora estadounidense, quien extrajo su materia prima de uno de los inventos de la época: el veneno para ratas, cuyo costo en 1935 era de 23 centavos de dólar.
Cuando Creighton llegó a Boston en la primavera de 1924, había librado la prisión por falta de pruebas en una serie de homicidios que incluyó a sus suegros y su cuñado. El perro de la familia también murió en circunstancias extrañas, aunque éste, por supuesto, no se cuenta entre las posibles víctimas de Creighton.
De Boston, la familia Creighton (John, Frances y Ruth, la hija) se movió a Long Island, donde John se asoció con Everett Appelgate para fundar una pequeña compañía. La empresa no ha de haber funcionado muy bien, porque más adelante Everett y su esposa Ada se cambiaron a la casa de los Creighton.
Pronto, Everett y Frances tuvieron relaciones sexuales. Si de por sí eso ya era un problema, las cosas se agravaron cuando Everett cambió a Frances por la hija de ésta, Ruth, de 14 años. De acuerdo con las declaraciones ulteriores, el hombre y la adolescente hacían el amor incluso frente a la obesa esposa de Everett, Ada.
A la postre, Ruth resultó embarazada y Frances, por miedo a que su hija no fuera madre soltera, decidió envenenar a Ada para que Everett se casara con la joven. El arsénico fue suministrado por Frances y Everett en los alimentos y bebidas de Ada, que murió en medio de convulsiones y alucinaciones.
En enero de 1936 comenzó el juicio contra los asesinos. La personalidad de Frances impactó al público y a la prensa de la época, al grado de que la llamaron “La Borgia de ojos oscuros”. Everett, por su parte, fue repudiado por la sociedad.
Ambos fueron condenados a morir en la silla eléctrica de la prisión de Sing Sing. En los meses que mediaron entre la sentencia y la ejecución, la salud de Frances se deterioró de tal forma que cerca de la medianoche del 16 de julio de 1936 fue llevada en silla de ruedas e inconsciente a la cámara de ejecución. Ni la descarga de voltios que recibió la sacó de su letargo. Everett fue ejecutado minutos después.
Para no dejar en la miseria a su hija, Mary Frances Creighton tuvo la previsión de vender su historia y confesiones a una revista de crimen. Al terminar sus relatos, la oscuridad se apoderó de su mente.