Amy indómita Winehouse

POR Óscar Garduño Nájera
Que se queden por acá los mismos de siempre, los que viven a plazos, tú no lo haces, mandas a la mierda dinero, fama, espectacularidad, y te conformas con descansar al fin de tus pesadillas
(mirror.co.uk)
Wake Up Alone. Es la hora. Bebes. ¿Acaso sorbes tus lágrimas como idiota? Cuando el whiskey recorre las paredes de cristal realza su sonido cual río desbocado que inunda tus pensamientos. Nada ha funcionado: ni la rehabilitación, ni las sustancias que te han recetado para aliviar el síndrome de abstinencia, ni los consejos de papá y mamá. Maldición, maldición, maldición. Estás cansada. Tienes 27 años y es una buena edad para morir, para mandar al carajo a todos los que quieren alumbrar sus perennes sombras con tu fama. Luego dirán en las revistas y en los periódicos que te sumaste a ese famoso Club de los 27 que recuerda tanto a El club de los suicidas de Robert Louis Stevenson, donde tras sostener reuniones semanales se decidía quién debía morir.

Es 23 de julio de 2011. ¿Cómo te sientes ahora? ¿Cómo estás, pequeña perversa drogadicta? Mejor montar las pesadillas y cabalgar hacia tu propia ruina. Es la hora, ¿recuerdas? Intentas decir adiós con tu mirada. Y tras suspirar, cantas bajito, despacio, alargando cada sílaba como si con éstas pudieses construir un puente que te llevara a otros paraísos igual de artificiales que el que vives ahora. Pero no. Es tu ruina. Y a la vez es tu éxito. Y duelen las sílabas. Nadie te dijo que para llegar tan alto primero se tenía que soltar a los demonios, que no bastaba con inscribirse en la escuela de Teatro de Susi Earnsh ni aparecer en un episodio de The Fast Show, ni tocar la guitarra y escribir canciones a los 13 años, sino cubrir las expectativas de los demás, generar noticias escandalosas de tu vida privada, pues eso y no otra cosa era lo que interesaba a los reporteros que seguían tus pasos con ahínco, esperando que metieras la pata, que cometieras un error más para desatar su estúpida furia desde las páginas de revistas de espectáculos igual de estúpidas.
(googlereader2011.blogspot.com)
Enciendes el radio. Suena Wake Up Alone. Y vuelves a beber. Un poco del líquido escurre por la comisura de tus labios y cuando sacas la lengua para chuparlo te descubres haciendo una sonrisita amarga.
Sólo alguien como tú podía optar por morirse joven y lo hiciste. Ahora mismo piensas en eso y repentinamente es como si hablaras con tu fantasma: regresa desde el más allá para ver en lo que te has convertido: conocida por tu encabronado registro vocal que pateaba el trasero de todo lo que encontraba a su paso, letrista inmejorable de tus discos y ganadora indiscutible de cinco premios Grammy por tu segunda entrega, Back to Black. Eso fuiste hasta ahora. Lo repites: hasta ahora. Chingao.
Qué más da. Mujeres y hombres los hay que al llegar a la vejez no encuentran sino odio, rencor y lágrimas. Así como tú: ángel prematuro de una inesperada potencia en el canto, delgadísima, trepada en una avejentada época de pantalones de mezclilla verde y ajustados, tatuajes en tus brazos como sueños averiados de otros días y peinados beehive que en su altura parecían rozar al mismísimo cuervo de Poe, quien en su afán presuroso por escapar extendía sus alas, oscurecía tu frente.
Rehab. Intentas trazar un círculo con uno de tus pies y este permanece inmóvil. Ya no más ritmo, Amy. Quizás un espejo frente a ti. Quizás una mirada embrutecida de alcohol pero contenta. Y recuerdos. Es tarde. Esta es tu historia y este también es tu micrófono imaginario que tomas entre tus manos (acaso la botella se transforma). Una voz que parecía venir desde las entrañas mismas: placer que explota junto a la canción y consigue hacer volar a quien la escucha en una fiesta que sólo viene a significar la cumbre de cualquier obra artística, y tus canciones lo son, pésele a los que se lanzaron sobre ti cuando moriste, cuando te señalaron como mal ejemplo para la juventud, esa misma juventud que veía de frente a los cadáveres agusanados de la guerra para recibir a papá dentro de un sobre con las condolencias del Estado, una caja con restos, bajo una estúpida bandera. Eso era tu voz: parecía resbalar gustosamente entre las notas y pasar de género en género como soul, jazz, R&B, rock and roll y ska.
(fashionablethings.com)
Fíjate bien: te hiciste más famosa al morirte y más de uno se acercó a tu música al enterarse. En eso sí te ayudó la muerte. Aceptaste frente a las cámaras de televisión tener problemas de depresión, drogas y trastorno de alimentación, y les diste la clave para que ellos, los que se encontraban tras las cámaras, se lanzaran a seguir cada uno de tus pasos, en espera de la nota bien pagada, la popularidad a costa de tu fama. Primera lección: la fama devora.
Tu cabeza cae desvencijada y queda ahí, frente a un huesudo pecho. Sí, son aplausos, ¿los escuchas? ¡Bebe, bebe, bebe, carajo! Hay que verte arriba del escenario: escuálida figura casi de esqueleto que se sostiene con sus bracitos del atril del micrófono para contonear suavemente la cadera, cual aleteo de una perversa mariposa. Inauguraron la exposición de las pesadillas cada uno de tus tatuajes porque el dolor también se ilustra; tu cabello oscuro de ceremonia surrealista envidia de Dalí firme al paso del viento, como si con su altura de pisos cuarteados quisiera alcanzar los nubarrones de la tormenta que ya se avecinaba desde que tu vida comenzó a ser un escándalo; tus labios y el fuego que ahí habitaba proveniente del mismísimo infierno, y esa mirada, rota por delineador, que no sólo partía tu vista sino tu alma, toda tú, temerosa de no ser por esa voz que escapa como cuervo (otra vez Poe) hasta picotear a los demás. Y repentinamente, traspasada por el oscuro relámpago de la fama, la mirada fija en algún punto lejano, la cabeza echada ligeramente hacia atrás y el cielo, porque quién sabe lo que pasaba por tus pensamientos en ese momento, quién sabe si detuviste el tiempo y acaso tu muerte no ocurrió sino que es una mera transfiguración de nuestras propias alucinaciones.
Cierras los ojos. Harás bien en morirte ahora mismo antes de envejecer junto a una espectacularidad decadente. Harás bien en largarte de aquí tras colgar tu encantadora voz. Estás hecha para el canto y para los pesares. Y un poco de alegría en tu última sonrisa. Por eso el alcohol y las drogas: no te resistes a avanzar por sus estrechas calles, sus farolas rotas de luz baja. Ahora sí no más conciertos pendientes. Tampoco sesiones estúpidas de fotografías. Llega la hora. Que se queden por acá los mismos de siempre, los que viven a plazos, tú no lo haces, mandas a la mierda dinero, fama, espectacularidad, y te conformas con descansar al fin de cada una de tus pesadillas, de sellar tu voz para siempre, que otros hagan negocio, para ti, hermosa Amy, es la hora de descansar, es la hora de perpetuar el canto por los siglos de los siglos.